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Non Dubito
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NON DUBITO · Lecturas de cine · 2 / 3

Cada cual mira solo dentro de su casilla

Han Qin (秦汉) · Edición en español: 8 de noviembre de 2026

En este ensayo

Reescritura independiente en español del original chino

La línea del señor Park

Hay una palabra que el señor Park repite: «línea». Aparece varias veces en la película y siempre la pronuncia él. Nadie más en esa casa la utiliza. Tampoco le pregunta nadie dónde está esa línea.

La dice con naturalidad, sin intención de reñir, y a veces incluso para elogiar. Ki-taek le parece un buen chófer; sobre todo, aprecia que nunca cruce la línea. También comenta que en alguna ocasión ha estado a punto de cruzarla, por ejemplo al interesarse por la relación entre él y su mujer.

Conviene ver qué criterio delimita esa línea. No figura en las normas de una empresa ni en las cláusulas de un contrato de trabajo. Tampoco corresponde a una convención social reconocida por todos. Delimita el espacio en el que ese hombre se siente cómodo: mientras los demás permanezcan dentro de lo permitido, está a gusto; si lo traspasan, deja de estarlo.

Dicho de otro modo, el origen de coordenadas es él mismo. La posición de esa línea depende únicamente de cómo se sienta él. Una sensación que nunca tiene que explicar a nadie y por la que nadie le ha pedido nunca explicaciones.

Cada persona de esa casa mira solo dentro de su propia casilla, y la lógica interna de cada casilla funciona. Juntas, esas casillas componen la casa. La casilla delimitada por la línea del señor Park es la más fácil de reconocer porque él le ha puesto nombre.

La misma lluvia

Aquella noche llueve con fuerza sobre toda la ciudad. El agua cae a la vez sobre dos familias: la misma nube, las mismas horas. Pero, a uno y otro lado, la lluvia es dos cosas por completo distintas.

Para los Park, la consecuencia es que se cancela la acampada. Vuelven antes a la ciudad, entran en casa y se quejan un poco del atasco. Se moja la tienda que el hijo pequeño ha montado en el jardín. A la mañana siguiente se levantan y desayunan como siempre.

Para los Kim, la lluvia llena el semisótano. El agua sube por el inodoro y hace flotar las pertenencias. Ropa, zapatos y cajas de cartón giran en la superficie.

Esa noche, los vecinos de toda una calle duermen hacinados en el suelo de un gimnasio. Ki-jung fuma sentada sobre la tapa del inodoro, que expulsa agua a presión. Es el único punto de la vivienda que todavía queda por encima del agua.

A la mañana siguiente, la señora Park llama a Ki-taek. Está contenta y habla deprisa. Dice que, gracias al aguacero del día anterior, hoy hace un tiempo estupendo: se ha disipado toda la contaminación. El día es perfecto para celebrar el cumpleaños de Da-song.

No está hablando con sarcasmo. Dentro de su casilla, la lluvia de ayer se reduce a esto: se canceló una acampada y a cambio llegó un día de buen tiempo. Al otro lado del teléfono, Ki-taek va respondiendo sin añadir una palabra de más. Acaba de salir del gimnasio y lleva ropa donada por otras personas.

Es la demostración más nítida de este mecanismo en toda la película. Ante un mismo hecho, cada uno ve el fragmento que cabe en su casilla. Ninguno de los dos dice algo falso. Ninguno está fingiendo.

Aquella noche en el gimnasio

En el suelo del gimnasio hay cientos de personas tumbadas, separadas por mantas donadas. Ki-taek habla con su hijo. Es su intervención más larga de toda la película.

Le dice que el mejor plan para la vida es no tener plan. En cuanto trazas uno, las cosas necesariamente se tuercen. Si no tenías ninguno, en cambio, ocurra lo que ocurra, nada ha salido mal. Tampoco tienes por qué sufrir.

Estas palabras suelen leerse como la burla amarga que un fracasado hace de sí mismo. Vistas desde su casilla, son una conclusión exacta. Todos los planes de ese hombre se han venido abajo. Abrió un negocio de bizcochos tradicionales taiwaneses: fracasó. Trabajó como chófer por encargo: fracasó. Ahora también se está hundiendo el plan actual.

Si una persona comprueba una y otra vez, en su propia vida, que los planes no funcionan, no hacerlos es la estrategia más razonable a la que puede llegar. No se trata de pereza ni de una renuncia espiritual al mundo. Es el resultado que arrojan los datos de todos esos años.

Hay que fijarse en el límite de ese razonamiento: solo funciona dentro de su casilla. Esa misma noche, Ki-woo piensa exactamente lo contrario. El hijo sigue haciendo cálculos para ver cómo puede arreglarlo todo.

Padre e hijo yacen en el mismo suelo, separados por una manta. Cada uno hace las cuentas con reglas completamente distintas. Ninguno convence al otro. Ninguno añade nada más.

Las dos personas despedidas

Ki-taek pregunta en una ocasión si el chófer despedido habrá encontrado otro trabajo. Ki-woo dice que es joven, que está sano y que seguro que tendrá mejores oportunidades. Pero Ki-jung los interrumpe y pide a su padre que se preocupe primero por su propia familia. La vida posterior de las dos personas desplazadas no se convierte por ello en algo que los Kim intenten averiguar de verdad.

No se puede decir sin más que nunca lo pensaran. Tampoco basta una frase de preocupación para volverlos inocentes. La idea ha cruzado el límite, pero el consuelo sin fundamento y la urgencia de su propia familia la han hecho retroceder enseguida.

Cuando celebran en un pequeño restaurante que los cuatro han conseguido empleo, hablan de cómo coordinarse a partir de entonces, de cómo evitar que se descubra el engaño. No dedican una sola frase a esas dos personas.

Dentro de su casilla, el problema está completo: hay cuatro puestos; otras personas ocupaban algunos; se las aparta, los Kim entran y el problema queda resuelto. Aunque de vez en cuando se pregunten por el destino de los desplazados, esa incógnita no entra en la parte que deben resolver.

Entonces Moon-gwang vuelve una noche de lluvia y llama a la puerta. Regresa con todo el contenido de su casilla: un marido escondido en el sótano, años llevándole comida, un trabajo interrumpido de golpe y una situación que ya no tiene salida.

Las dos casillas chocan en ese momento. Hasta esa noche, los Kim no habían visto de verdad qué había al otro extremo de su acción anterior. Se habían preguntado brevemente por el destino de otros, sin dejar que ese otro extremo entrara por completo en su encuadre.

La casilla de Moon-gwang

Los límites de la casilla de Moon-gwang son tan claros que casi podrían dibujarse en una hoja de papel. Dentro solo hay una persona: su marido, escondido en el sótano.

Lleva años ocupándose de todo en la casa para sus empleadores. Al mismo tiempo, mantiene a su marido oculto bajo sus pies. Engañó al dueño anterior y después a los Park. Para sostenerlo necesita mentir, organizar y hacer cálculos mentales todos los días. No puede bajar la guardia ni uno.

Mientras lo hace no siente que esté perjudicando a nadie. Cuida de sus empleadores, y los cuida bien: el señor Park solo le encuentra un defecto. Cuida de su marido, y también lo cuida bien.

Para ella, ambas cosas son compatibles, porque en su casilla no existe una categoría que diga: «Los dueños de esta casa tienen derecho a saber quién vive en ella».

Después del despido vuelve con una petición que sigue perteneciendo a esa misma casilla: quiere continuar llevándole comida. Se arrodilla y suplica. Le basta con que la dejen bajar una vez cada dos días; no pide nada más. No quiere dinero, ni recuperar el trabajo, ni vengarse.

Cuando después saca el teléfono y empieza a amenazar, no hace más que prolongar la misma lógica. Por esa única persona puede arruinar la vida de otras cuatro, y a la hora de actuar no vacila.

Que una casilla contenga a una sola persona puede dar al cuidado una solidez extraordinaria y volver casi ingrávido todo lo demás. Es la casilla que encierra más afecto en toda la película. También es la primera en recurrir a la violencia.

La casilla de Geun-sae

El hombre del sótano lleva este mecanismo hasta su extremo. Su casilla es tan pequeña que apenas cabe nada en ella. Y aun así está completa: su lógica sigue funcionando.

Geun-sae lleva años viviendo debajo de la casa para escapar de sus acreedores. No ve la luz del día, no puede salir, depende de la comida que le lleva su mujer y de una vieja radio para saber qué ocurre fuera. Lleva mucho tiempo así y no ha odiado a nadie.

Hay algo que hace todos los días: inclinarse hacia el piso de arriba para dar las gracias al señor Park. Más tarde le dice a Ki-taek que es el señor Park quien lo alimenta y le da un lugar donde vivir. Lo dice con un fervor que otro difícilmente podría imitar. Habla de corazón.

También envía señales hacia arriba. Cada noche, cuando el coche del señor Park entra en el jardín, golpea con la cabeza el interruptor del sótano y hace parpadear las luces con sensor de la escalera. Para él es un saludo, uno que sigue enviando aunque nunca reciba respuesta.

Es una gratitud que solo viaja en un sentido: todos los días se inclina ante alguien que no sabe que existe. El señor Park ignora que hay una persona debajo de su casa y, desde luego, no sabe por qué esa luz parpadea una y otra vez.

Una casilla puede reducirse hasta ese punto: solo queda dentro el hecho de seguir vivo y un benefactor que uno mismo ha colocado allí. Ese benefactor no ha aparecido en la casilla ni una sola vez. Lo único que llega es el ruido de un coche al entrar.

Da-song

En esa casa hay alguien que sigue mirando más allá de su casilla. Ha visto algo dos veces y las dos ha acertado. Tiene siete años y es el hijo pequeño de los Park.

Da-song es el primero en advertir el olor. Una vez que los cuatro Kim trabajan ya en la casa, se acerca, los huele y dice: «Todos huelen igual». La frase los asusta tanto que esa noche, de vuelta en casa, se plantean cambiar de jabón o de detergente.

La respuesta de los adultos es encubrir, no preguntar. Nadie le pregunta qué quiere decir con que huelen igual. Tampoco por qué se ha puesto a olerlos ni por qué ha sido precisamente él quien lo ha notado.

Más adelante repara también en la luz que parpadea. Ha aprendido código morse en los scouts y, de pie en el jardín, anota las señales una a una para intentar descifrarlas. Se equivoca en una letra y no termina la traducción. Pero ha visto la señal y sabe que hay alguien intentando transmitir un mensaje.

Nadie lo escucha. Su madre lo toma por una ocurrencia infantil, y los demás hacen lo mismo. Ni siquiera formulan una pregunta. La única persona de la casa que todavía mira fuera de su casilla tiene siete años, y ningún adulto se toma en serio lo que dice.

La señal vuelve a emitirse más tarde. Esta vez es una petición de auxilio, no un saludo. Tampoco encuentra a nadie que la recoja. En el jardín están celebrando una fiesta.

Los minutos bajo la mesa de centro

Volvamos a la escena de la mesa de centro y reunamos esas casillas en una sola imagen. Cuatro personas están tendidas debajo de la mesa. Encima, otras dos hablan en el sofá. Solo hay una lámpara encendida.

Durante esos minutos hay seis personas en la casa, seis casillas. Las dos del sofá conversan en privado, en su propia casa, sobre el olor de un empleado. Las cuatro del suelo calculan cuándo podrán salir a rastras. En el sótano hay otras dos, esperando a oscuras a que se haga el silencio arriba.

Cada una de esas seis personas tiene motivos que se entienden desde su propia casilla para actuar como lo hace. Ninguna sabe qué están pensando las otras cuatro en ese momento, dónde se encuentran ni qué necesitan. Que podamos entenderlas desde ese ángulo no las exime de las falsificaciones, las acusaciones fabricadas y los ocultamientos anteriores. Solo explica por qué la responsabilidad no trae consigo automáticamente una visión de conjunto.

Fuera llueve cada vez más. Los dos del sofá se duermen. Los cuatro del suelo salen de debajo de la mesa uno tras otro, se arrastran hasta la puerta, la abren, salen y empiezan a bajar la colina.

El camino no deja de descender: escalones, escalones y más escalones; después, la calle anegada; después, el agua. Al final regresan a una casa en la que el agua ya les llega al pecho.

Este ensayo se basa en la versión en color estrenada en 2019, de unos 132 minutos. Existe también una versión en blanco y negro, que aquí no se aborda. El original chino unifica en 基婷 las dos transcripciones del nombre de Ki-jung, 基婷 y 基静; esta edición emplea Ki-jung.

Fuente: ensayo original en Non Dubito