NON DUBITO · Lecturas de cine · 1 / 3
Tener motivos no te hace inocente
En este ensayo
El documento falsificado
Ki-woo va a presentarse a una entrevista para dar clases particulares en casa de los Park, pero no tiene un título universitario. Su hermana, Ki-jung, le prepara en el ordenador un certificado de matrícula de la Universidad de Yonsei. La imitación es tan buena que incluye hasta el sello en relieve; una vez escaneada, no se le ve ningún fallo.
La madre, que está a su lado, se inquieta un poco y pregunta si de verdad pueden hacer eso. Ki-woo sostiene el papel y le contesta: «El año que viene voy a entrar en Yonsei, seguro. Lo único que he hecho es conseguirlo por adelantado». Lo dice con toda tranquilidad. No está intentando salir del paso.
La frase suele recibirse como un chiste, o como una prueba de su desfachatez. Es otra cosa. Ki-woo ha encontrado una explicación en la que su acto encaja, y él mismo se la cree. En cuanto termina de hablar, guarda el papel en la mochila.
Desde su casilla, la cuenta es esta: se ha presentado cuatro veces al examen de acceso a la universidad y siempre se ha quedado a las puertas; tiene capacidad para enseñar bien a esa alumna; solo le falta un papel, y tarde o temprano lo tendrá. Con ese modo de hacer las cuentas, falsificar no consiste en fabricar una mentira, sino en adelantar una fecha.
La película da a casi todos sus personajes un motivo que podemos comprender. Si miramos cada acto desde la casilla de quien lo lleva a cabo, encontramos de dónde viene. Pero tener motivos no equivale a ser inocente: una decisión puede resultar comprensible y, al mismo tiempo, hacer daño de verdad. La fuerza de la película está precisamente en que no nos permite dar por terminado el juicio con solo ponerle a alguien la etiqueta de «malo».
El método de Ki-jung
La hermana entra en casa de los Park por un camino más despiadado. Se inventa una identidad y un discurso sobre arteterapia, maneja con aplomo la jerga y los procedimientos e incluso improvisa un término de apariencia muy profesional. La señora Park queda convencida en el acto.
Hay un detalle que importa: el discurso es inventado, pero lo que Ki-jung hace es real. El mayor quebradero de cabeza de la señora Park es Da-song, su hijo pequeño: dibuja de cualquier manera, no para quieto y los profesores anteriores no han podido con él. Cuando Ki-jung se hace cargo, el niño efectivamente se calma.
Sabe muy bien cómo tratarlo. No le hace carantoñas ni cede a sus caprichos. Desde la primera clase impone un ritmo firme, y el niño, lejos de rebelarse, le obedece. Eso no se puede fingir con una estafa. Es algo que ella ya sabe hacer.
Solo carece de un papel que acredite esa capacidad. La película no explica cómo aprendió ni le construye un pasado de talento desperdiciado. Se limita a mostrarnos que tiene aptitudes reales y que, para conseguir que alguien crea en ellas, necesita una identidad ficticia.
Así que se fabrica una credencial. El acto no se sostiene moralmente, pero, dentro de su casilla, resuelve un desajuste que sí existe: ella tiene la capacidad, pero le faltan las credenciales; ese mercado solo reconoce las credenciales.
Las dos personas a las que echaron
Lo más sucio que hace esta familia es conseguir que despidan al antiguo chófer y a la anterior ama de llaves. Hay que detenerse en los dos casos; de lo contrario, este ensayo acabaría convertido en una defensa de los Kim.
Para echar al chófer utilizan unas bragas. Ki-jung las deja en el asiento trasero del coche. Ni siquiera necesita decir nada: la señora Park saca la conclusión por su cuenta.
Para echar al ama de llaves utilizan un melocotón. Saben que Moon-gwang es alérgica a la pelusa de su piel. Se la esparcen encima para hacerla toser y, paso a paso, llevan a la señora Park a pensar en la tuberculosis. Al final, son los propios dueños quienes pronuncian el despido.
Los dos métodos son sucios. Están diseñados al detalle, cada paso prepara el siguiente y la ejecución no falla. Después, ninguno muestra la menor vergüenza. Esa misma noche celebran el éxito con comida y bebida, como si nada.
El motivo se entiende sin dificultad: necesitan cuatro trabajos y esas dos personas ocupan dos de los puestos. Pero ahí es, justamente, donde hay que exigirles responsabilidad. Para entrar en esos lugares, convierten deliberadamente a dos personas concretas en obstáculos que se pueden apartar. No odiarlas no hace desaparecer el daño.
No es que la familia nunca haya pensado en las personas a las que hizo echar. Ki-taek pregunta en una ocasión si el antiguo chófer habrá encontrado otro trabajo. Padre e hijo se tranquilizan con la idea de que es joven y seguro que encontrará algo mejor. Entonces Ki-jung devuelve la conversación a su propia familia: primero tienen que preocuparse por ellos. No siguen preguntando ni averiguan el daño que han causado. El destino de otros entra un instante en su casilla y vuelve a quedar fuera. Haberlo pensado un momento no los exime. Es una forma de ceguera moral que la película pone ante nosotros: resuelto el problema inmediato, ya no hace falta preguntarse por quienes no figuraban en el enunciado.
El señor Park
Para ver con claridad al señor Park hay que dejar a un lado una expectativa que el espectador trae al cine: en una historia así debería haber un rico aborrecible.
No se lo señala como un villano que insulta a sus empleados a la cara o les retiene el sueldo. Su poder es más corriente: puede fijar la distancia que los demás deben guardar con él sin necesidad de saber nada de sus vidas.
Habla con educación a Ki-taek e incluso lo elogia: el chófer sabe estar en su sitio, nunca cruza la línea. En su boca es un elogio sincero, no una advertencia encubierta.
Dentro de la familia tiene un lado amable. Organiza una fiesta especial para el cumpleaños de su hijo pequeño y participa en una escenificación de indios. La película no busca un escándalo privado para demostrar que hay algo problemático en él. Nos pide que veamos la asimetría que también puede mantener un «empleador respetable».
La única frase realmente hiriente la dice a espaldas del interesado. Está en el sofá de su casa, hablando con su mujer del olor del chófer. Dice que ese olor sí cruza la línea. No sabe que, mientras habla, la familia está tendida bajo la mesa de centro.
Esta es la escena más demoledora de la película, y su forma importa: las palabras más duras se pronuncian cuando él cree que está entre los suyos. Dentro de su casilla no hay nadie más en la habitación. Por eso, para él no se trata de una humillación, sino de una conversación privada.
El próximo ensayo desarrollará este punto. Por ahora, retengamos uno solo: nunca ha humillado a nadie a la cara. Ni una vez en toda la película.
La señora Park y aquella frase de Ki-taek
La señora Park es la persona más fácil de engañar de toda la casa. Es crédula, accesible, generosa con el dinero y excesivamente aprensiva con sus hijos. Para contratar a alguien necesita la recomendación de un conocido. Los Kim la engañan de principio a fin sin que sospeche una sola vez.
El juicio que la película emite sobre ella sale de la propia familia de Ki-taek. Los cuatro están bebiendo en el salón de sus patrones. Chung-sook dice que la señora Park es buena y enseguida se corrige: «No es buena a pesar de ser rica. Es buena porque es rica». Ki-taek añade: «Con tanto dinero, yo también sería muy bueno».
Es la valoración más severa de los Park en toda la película, y la hacen los propios pobres, entre risas, sin tono de denuncia. La frase no contiene odio. Enuncia algo mucho más frío: en esa casa, la bondad es barata. Cualquiera que se instalara allí podría permitírsela.
Y quienes dicen eso van a pelearse, pocas horas después, con otros dos pobres dentro de la misma casa. La película coloca los dos momentos muy cerca. Entre uno y otro apenas hay una lluvia.
Lo esencial de este pasaje no es la ironía. La señora Park no finge: cree de verdad que, en términos generales, el mundo es bueno. A lo largo de su vida casi nada ha desmentido esa convicción. Su buena voluntad es auténtica. También lo es el hecho de que no necesita mirar la vida que queda fuera de ella.
Los dos del sótano
Moon-gwang, la anterior ama de llaves, trabaja en la casa desde los tiempos del dueño anterior. Llegó antes que los Park. Después de que la echen, vuelve una noche de lluvia y llama a la puerta: dice que se ha dejado algo en el sótano.
En ese sótano vive su marido, Geun-sae. Lleva años escondido bajo la casa para huir de las deudas y sobrevive gracias a la comida que ella le lleva a diario. Han pasado varios años y dos propietarios, sin que nadie lo haya descubierto.
Conviene darle a este hecho el peso que tiene: es el cuidado más prolongado de toda la película. Una persona le sirve comida a otra, le lleva agua y se ocupa de la limpieza, día tras día, durante años. No interrumpe esa tarea ni una jornada, y todos los días tiene que ocultársela a sus empleadores.
Todo lo que ella hace después resulta penoso de ver: llora, se arrodilla, graba un vídeo para amenazar. Acorralada, es capaz de cualquier cosa, y cada frase suya es más feroz que la anterior. Pero aquello que protege, de principio a fin, es una persona concreta.
Lo que ocurre con Geun-sae es todavía más extraño. Vive en el sótano y cada día se inclina hacia el piso de arriba para dar las gracias al señor Park. Dice que le da de comer y le proporciona un techo. Pero el señor Park no sabe que hay un hombre viviendo debajo de su casa.
Encontrar a un villano tampoco basta
Las dos lecturas más habituales de esta película sostienen, una, que los ricos son hipócritas; la otra, que los pobres son taimados. Parecen apuntar en direcciones contrarias, pero realizan la misma operación: eligen una clase de personas y depositan en ella toda la culpa, como si así ya no hiciera falta mirar la estructura que queda alrededor.
Veamos la primera. Los buenos modales de los Park y el afecto que sienten por su familia no tienen por qué ser fingidos. Pero una cortesía real no equivale a igualdad. Alguien puede abstenerse de humillar a sus empleados a la cara y, al mismo tiempo, no haber necesitado nunca incluir sus vidas en su campo de visión.
La frase sobre el olor no desgarra una máscara de falsa educación. Es algo que él dice en privado, dentro de su casa. Y precisamente porque no intenta humillar a nadie en su presencia, revela con más claridad una frontera jerárquica que lleva mucho tiempo interiorizada.
Veamos ahora la segunda lectura. Decir solo que los pobres son taimados deja fuera la situación de cuatro desempleados que doblan cajas de pizza en un semisótano. Pero reconocer esa situación tampoco permite convertir la falsificación, la fabricación de acusaciones y la decisión de privar a otros de su trabajo en una inocua maniobra de supervivencia.
Las dos lecturas encuentran unos cuantos detalles que las sostienen. Ninguna alcanza a sostener la película entera. La película no dice que nadie haya hecho nada malo. Dice que cada cual solo ve lo necesario desde su propia situación, y que por eso la salida de uno puede convertirse con tanta facilidad en la pérdida de otro que queda fuera de plano.
Hay que mantener a la vista tanto la responsabilidad como la estructura. Los Kim deben responder por los métodos que emplean; los Park viven con la ventaja de no necesitar saber de los demás. Y aunque ajustáramos todas las cuentas individuales, esos puestos escasos y esos espacios que descienden nivel tras nivel seguirían produciendo conflictos.
Debajo de la mesa de centro
La familia dueña de la casa suspende antes de tiempo la acampada por la lluvia y regresa de improviso. En ese momento los cuatro están bebiendo en el salón. Oyen el coche y, en medio del pánico, se esconden bajo la mesa de centro.
Encima, en el sofá, el señor Park y su mujer hablan. La conversación llega al olor del chófer. Tres personas escuchan tendidas en el suelo. Ki-taek tiene la cara vuelta hacia el piso, sin expresión alguna.
En esta escena, los dos del sofá hablan en privado, en su propia casa, sin saber que la persona de la que hablan está a sus pies. Los cuatro del suelo se esconden allí cargando con sus engaños anteriores. Ahora solo esperan una ocasión para salir a rastras.
Cada acto que realizan esas seis personas tiene un motivo comprensible desde su pequeña parcela, pero ninguna posee la imagen completa. La lluvia arrecia. Cuando los dos del sofá se duermen, los cuatro salen de debajo de la mesa, cruzan el salón pegados al suelo y se escabullen por la puerta uno tras otro. Nadie hace ruido.
Fuera, la lluvia ya ha inundado media ciudad. Vuelven por una escalera que baja, y luego por otra, y por otra más. Caminan mucho tiempo. El paso se estrecha a medida que avanzan, hasta que terminan por meterse en el agua.
Este ensayo se basa en la versión en color estrenada en 2019, de unos 132 minutos. Existe también una versión en blanco y negro, que aquí no se aborda. El original chino unifica en 基婷 las dos transcripciones del nombre de Ki-jung, 基婷 y 基静; esta edición emplea Ki-jung.
Fuente: ensayo original en Non Dubito