NON DUBITO · Lecturas de cine · 3 / 3
Dos personas a las que otros han fallado bajan la guardia entre sí
En este ensayo
Una mesa, con papel y lápiz.
Un hombre adulto aprieta el lápiz con demasiada fuerza. Le tiembla la mano. Está escribiendo su nombre. Cuando termina, levanta la vista hacia la niña que tiene enfrente, como si esperara una nota.
Está bastante bien, le dice ella.
Esta escena es el centro de la película. No es la más intensa ni la más emotiva, pero es la única en que cada uno da algo al otro.
Él le enseña a disparar. Ella le enseña a leer.
A ninguno de los dos le había sucedido algo así en toda su vida.
I. Qué significa no dudar del otro
A Léon le sobran razones para desconfiar de cualquiera.
A los diecinueve años alguien le destrozó la vida. Durante los años siguientes, el único hombre en quien confía le retiene el dinero y lo engaña con la misma frase: «Yo te lo guardo». No sabe leer. No puede salir de ese barrio. Duerme sentado, sin soltar la pistola.
Mathilda también tiene todas las razones del mundo para desconfiar.
Su padre le pega, a su madrastra le molesta y su hermana le da órdenes. Han asesinado a toda su familia, no por algo que haya hecho ella, sino porque su padre robó lo que era de otros. Tiene doce años y ya ha aprendido a no llorar.
Dos personas a las que han fallado hasta ese punto deberían vivir a la defensiva.
Y, sin embargo, entre ellas no hay defensas.
Ella le cuenta todo lo de su casa. También que no quería a su padre, que solo llora a su hermano de cuatro años. Son cosas por las que los adultos podrían llamarla insensible. Las dice de todos modos.
Él le cuenta lo de Italia, aquella muchacha, su padre, el hombre al que mató, la huida a Estados Unidos. No podemos asegurar que Tony desconozca toda esa historia. Lo decisivo ocurre ante nosotros: Léon le confía a una niña recién llegada una herida de la que apenas habla.
Ninguno comprueba primero si el otro merece saberlo.
Ese es el peso de no dudar del otro. No es una relación que se haya construido acumulando confianza: la confianza requiere tiempo y comprobaciones. Ellos se conocen y se saltan directamente la comprobación.
II. Protegerla no es decidir toda su vida por ella
Este es el punto más importante de los tres ensayos.
Mathilda quiere vengarse. Planea entrar armada en el edificio de la agencia antidroga y encontrar al hombre que mató a su hermano.
Es un plan que solo puede acabar con su muerte. Léon lo sabe.
¿Qué hace? Cuando ella entra sola en el edificio de la agencia antidroga y cae en manos de aquellos hombres, él va a rescatarla. Eso es protegerla.
Pero protegerla en ese momento no significa que, a partir de ahí, él le haya trazado la vida que a él le parezca correcta.
Sí le ha pedido que no se vengue y le ha dicho que sería mejor olvidar. Pero no le ha elegido una escuela, no le ha dicho que la llevará a casa de algún pariente ni la ha entregado a ninguna institución.
Le enseña lo que ella le pide aprender: cómo sujetar un arma, cómo respirar, cómo buscar un ángulo desde una azotea. Se ha opuesto a su plan de venganza, pero no ha borrado todos sus deseos para sustituirlos por una vida más «correcta».
Eso no convierte todas sus decisiones en responsables. Enseñar a matar a una niña sigue siendo peligroso, no un modelo de cuidado. Lo que importa aquí es algo más preciso: él toma en serio su voluntad y no la abandona cuando está en peligro.
Durante toda la vida de esa niña, los demás han decidido por ella. Su padre decide que debe recibir golpes; su madrastra, que debe pasar hambre; su hermana, que debe hacer recados. Nunca le han permitido querer nada.
Léon es la primera persona que le dice: lo que quieras aprender, yo te lo enseño.
Y cuando ella de verdad se encuentra al borde de la muerte, él no se limita a intentar convencerla. Va a rescatarla. No trata solo de doblegarla con palabras: pone también su propia vida en peligro y consigue salvar la de ella.
III. Va a ver a Tony para dejar arreglado lo que vendrá después de su muerte
Hay una escena que puede pasar casi inadvertida y que, al recordarla, se vuelve la que más pesa de toda la película.
Léon va a ver a Tony. Si me ocurre algo, le dice, dale mi dinero a esa niña.
Tony le pregunta si se ha metido en problemas. Léon dice que no.
Fijémonos en cuándo ocurre: antes de que ella entre sola en el edificio de la agencia antidroga y él vaya a rescatarla.
Aún no ha surgido la necesidad de aquel rescate y él ya ha pensado que podría ocurrirle algo. Por eso dispone de lo único que puede dejarle. No sabe leer y no puede redactar un testamento. Solo puede presentarse ante Tony y pedírselo de palabra.
Tony ha tenido siempre esos ahorros a su cargo. Esta vez Léon habla de ellos con toda seriedad para que, cuando él muera, se los den a una niña.
Eso es todo lo que puede dar. Un hombre sin raíces, sin identidad legal, que no sabe leer, destina todo lo que ha reunido en su vida a una niña a la que conoce desde hace menos de un mes.
IV. El conducto de ventilación
Todos recordamos el final.
El edificio está lleno de hombres armados y preparados para disparar. Léon usa una herramienta para abrir la rejilla de ventilación de la pared y empuja a Mathilda hacia el conducto. Le mete dinero en el bolsillo y le dice que vaya a buscar a Tony.
Ella se agarra al borde y se niega a irse. Entre lágrimas dice que no, le pide que vaya con ella.
Él pronuncia las palabras de más peso de toda la película. Le cuenta que ella le ha dado algo cuya existencia desconocía: antes de que llegara, su vida tenía ritmo, pero no tenía sabor.
Y añade que ahora quiere vivir, quiere ser feliz. Tener una cama. Tener raíces.
El hombre que dijo que era como aquella planta, que no tenía raíces, dice en el último momento que quiere tenerlas.
No se marcha con ella. Esto importa. No sale abriéndose paso con la niña a la espalda ni le deja elegido el camino que deberá seguir. Lo que hace es abrir el conducto para que ella pueda continuar.
Adónde irá después, eso no lo dice.
V. Tony vuelve a hacer lo mismo una última vez
Ella hace lo que Léon le ha dicho y va a ver a Tony.
Tony le dice que, de momento, él administrará el dinero. Le da cien dólares para empezar; cuando necesite más, tendrá que volver a pedírselos. Ella pide trabajo. Él se niega: es demasiado pequeña.
Muchos espectadores ven esta escena como un remate secundario. No lo es. Es el mismo mecanismo poniéndose en marcha una última vez.
Léon ha muerto. El dinero de muchos años sigue en manos de Tony. Ahora Tony le dice a una huérfana de doce años exactamente lo mismo que le dijo a Léon: yo te lo guardo; si necesitas algo, pídemelo.
La misma frase, el mismo tono, la misma persona. Muchos años después, solo ha cambiado quien la escucha.
Mathilda no discute. Toma ese poco de dinero y se va.
Cuando sale no sabe lo que acaba de presenciar. Solo sabe que aquel señor tan cortés ha vuelto a tratarla con cortesía. El espectador sí lo sabe, porque ha visto por lo que pasó Léon.
La película no castiga a Tony ni hace que alguien lo desenmascare. Solo lo deja allí, de pie, repitiendo las mismas palabras.
VI. Ella pone la planta en tierra
La última escena.
Mathilda vuelve al internado femenino del que había huido. La directora escucha lo que tiene que contar y la acepta.
Después sale al césped, se agacha y cava un hoyo con las manos.
Saca la planta de la maceta, la pone en el hoyo, vuelve a echar la tierra y la aprieta.
Le dice a Léon: creo que aquí estaremos bien.
Ese gesto cierra la película. A menudo se interpreta como un homenaje: ella conserva lo que él más quería y, al mirarlo, lo recuerda.
Pero hace algo más que recordarlo.
Volvamos a lo que decía él de sí mismo en el primer ensayo. La planta era como él: no tenía raíces. Una planta en una maceta puede estar muy bien cuidada, pero no puede arraigar en el suelo. En cualquier momento pueden llevársela. Para seguir viva depende por completo de que alguien quiera continuar cargando con ella.
Estaba hablando de sí mismo. En toda su vida no consiguió echar raíces.
De eso trataban sus últimas palabras junto al conducto: quería una cama, quería raíces. No llegó a tenerlas.
Por eso Mathilda no se limita a honrar su memoria. También termina por él lo que quedó pendiente.
Un hombre al que utilizaron durante muchos años, que ni siquiera pudo controlar sus propios ahorros, que murió sin un palmo de tierra que le perteneciera. En vida, lo único que hizo sin obtener nada a cambio fue regar aquella planta y limpiarle las hojas.
Ahora la planta está en la tierra.
Nadie volverá a llevarla de un lado para otro.
Este ensayo se basa en la película El profesional (Léon), de 1994, escrita y dirigida por Luc Besson, y utiliza también la versión larga de 133 minutos distribuida por Gaumont, conocida habitualmente como versión internacional.