El ritual matinal o una compra fija ahorran decisiones. Protegen la atención y algunos compromisos frente al azar.
Con la repetición, incluso las estaciones parecen acortarse. Los cambios reales se disuelven en un guion conocido.
No necesitamos destruir la costumbre, sino distinguir lo que puede seguir automático de lo que debe revisarse.
Lavarse los dientes no exige un voto diario. Una manera de trabajar o amar sí merece una fecha para volver a elegir.
Una buena rutina sostiene la repetición sin fijar toda la vida. Sabe apartarse cuando un hecho importante pide otra decisión.