Al escribir, correr o tocar, la acción y la atención pueden coincidir. Quien revisa el reloj retrocede al fondo.

El tiempo no se detiene. Disminuye la vigilancia de uno mismo y el paso siguiente surge de la propia tarea.

La experiencia puede ser valiosa, pero no demuestra que la actividad lo sea. El juego compulsivo y el exceso de trabajo también devoran horas.

Conviene mirar antes y después: ¿qué ocurre con el cuerpo, las promesas, los vínculos y la capacidad de parar?

Olvidar el reloj es libertad si al volver todavía podemos reconocer el tiempo gastado como una elección propia.