Posponer parece cambiar solo una fecha. En realidad enviamos al futuro presión, menos opciones y trabajo acumulado.
El receptor no siempre es únicamente nuestro yo posterior. Colegas, familiares o clientes pueden tener que absorber la compresión.
No toda demora es pereza. Una tarea confusa, temible o desmesurada quizá necesite dividirse o renegociarse.
Empezar cinco minutos, pedir ayuda o avisar a tiempo cambia ante todo el reparto oculto del coste.
En vez de juzgar el carácter, preguntemos quién recibirá qué carga más tarde. El tiempo se vuelve entonces responsabilidad concreta.