Una promesa se extiende hacia el futuro y hace posible la confianza. También decide por una persona que aún no conocemos.
Cambiar no la elimina por sí solo. Alguien quizá organizó su tiempo y sus elecciones apoyándose en nuestra palabra.
Pero ninguna promesa concede propiedad eterna. La enfermedad, el peligro o una nueva responsabilidad pueden exigir revisarla.
Lo importante es no dejar todo el coste al otro: avisar pronto, explicar y compartir la pérdida hasta donde sea posible.
La fidelidad no consiste en repetir ciegamente un acto, sino en no hacer pagar a solas a quien confió en nosotros.