Al ver un hábito dañino queremos aconsejar. Cuanto más sincera la preocupación, más fácil hacer de la mejora ajena nuestra tarea.

Pero una persona no es un proyecto a la espera de nuestra versión terminada. Su valor no se mide por la cercanía a nuestro ideal.

Si el daño nos alcanza, podemos fijar límites, ofrecer ayuda o alejarnos.

Nada de eso concede derecho a diseñar su interior. El momento y la dirección del cambio deben conservar una parte suya.

Cuidar no se mide por una reforma lograda. Puede ofrecer oportunidades, no poseer el resultado y reconocer nuestros propios límites.