«No te importe la opinión ajena» suena liberador. Pero nuestros actos alcanzan a otros y su reacción puede contener información importante.
Una broma que hiere quizá muestre una consecuencia que nuestra intención no vio. Ignorarlo todo puede convertirse en arrogancia.
Obedecerlo todo también destruye el rumbo. Las expectativas se contradicen y la popularidad no demuestra corrección.
Preguntemos quién conoce qué hechos y quién recibe qué efecto. El peso nace de la posición y las razones, no del volumen.
Las opiniones ajenas son espejos, no tribunales. Aprendemos de su imagen y después regresamos a nuestro juicio.