Al entrar en un grupo aprendemos turnos, bromas y maneras de pedir ayuda. Ese conocimiento permite actuar juntos.

Si solo se premian nuestras partes cómodas, lo demás termina volviéndose inaudible incluso para nosotros.

No todo compromiso es derrota. Ceder una preferencia menor puede abrir una actividad más importante.

Miremos el resultado: ¿ganamos capacidades y palabras o perdimos la posibilidad de decir no?

Una pertenencia sana enseña una forma común sin cortar a todos sus miembros a la misma medida.