Como envuelve las palabras directas, la cortesía puede parecer hipócrita. A veces impone silencio y decora una injusticia.

También crea distancia humana: dos desconocidos no tienen que poseerse ni exigirse intimidad de inmediato.

La cuestión es a quién sirve la forma. Si solo la parte débil debe sonreír, la cortesía se vuelve dominio.

Un no puede ser cortés y claro. Protege la frontera sin negar a la persona entera.

La sinceridad no exige mostrarlo todo. Una forma que conserva la verdad necesaria y la libertad de retirarse puede hacer sitio a ambos.