En un empleo o país nuevos aprendemos el ritmo, el tono y el significado del silencio. Adaptarse hace posible participar.
Se vuelve peligroso cuando la aceptación exige borrar una parte importante de nosotros. La habilidad social se convierte entonces en precio de existencia.
Negarse a todo cambio tampoco sirve. Un espacio compartido necesita acuerdos de tiempo, seguridad y cortesía.
Preguntemos qué amplía nuestra capacidad de actuar y qué nos quita la voz de manera permanente.
Una buena adaptación añade lenguajes. Una mala, después de admitirnos, solo permite uno.