Frente a los celos, la cobardía o la vanidad, preferimos decir: «ese no soy yo». Parece la forma de salvar el conjunto.
Pero lo que expulsamos de nosotros también queda fuera de nuestra responsabilidad. Lo que no miramos no puede ser elegido de otra manera.
«Está en mí» no equivale a «es todo lo que soy». Sentir algo tampoco ordena realizarlo.
Nómbralo con precisión, ponle límites y elige otro acto. Esa aceptación no es admiración ni rendición.
Si una parte nuestra hiere a otros, reconocerla debe llevar a actos: distancia, disculpa, apoyo. Precisamente porque decimos «esto también vino de mí» ya no podemos escondernos en «no hay nada que hacer».