Una familia entrega idioma, comida, fe, relación con el trabajo y con un lugar. Esa herencia es el primer suelo desde el que el niño entiende el mundo.

Transmitir no es copiar. Si otra profesión, país o relación con la tradición equivale a dejar de amar a los padres, la pertenencia se convierte en examen.

Incluso un valor realmente recibido cambia en otra época y otras relaciones. La misma palabra puede producir una práctica distinta. Una tradición viva no permanece idéntica.

Los padres pueden decir qué les importa y qué temen perder, y mostrarlo en su propia vida. No pueden convertirlo en el precio que mantiene el vínculo.

Un hijo puede caminar de otro modo y seguir conversando con lo recibido. La continuidad más fuerte soporta la transformación en lugar de castigarla como traición.