Algunos padres temen que una disculpa dé ventaja al niño. Incluso después de gritar o humillar, justifican toda su conducta por la desobediencia previa.
Sin embargo, la necesidad del límite y la forma de imponerlo son preguntas distintas. La hora de regreso podía ser razonable; la amenaza o el insulto no.
Una disculpa precisa mantiene ambas cosas: «La regla sigue, pero me equivoqué al asustarte para aplicarla». No retira la frontera; hace responder a la fuerza.
La responsabilidad del niño puede tratarse después, por separado. «Yo ya pedí perdón, ahora tú» transforma la reparación en un intercambio donde los errores parecen cancelarse.
Una autoridad destruida por reconocer un fallo dependía de la infalibilidad. La autoridad que responde a los hechos enseña a usar un futuro poder de forma corregible.