Gritos, golpes, un cuerpo en el suelo: durante la crisis lo primero es impedir daño. Después aparece una falsa elección entre reconocer la emoción y mantener el límite.

Ambas cosas caben juntas. La rabia por irse es real; pegar sigue sin estar permitido. «Puedes estar furioso, no dejaré que hagas daño» conserva las dos verdades.

El estallido no revela solo una capacidad pendiente. El deseo propio encuentra otra voluntad y un mundo que no se adapta. Ese límite no demuestra que el deseo carezca de valor.

Tras la calma se examinan hambre, cansancio, exceso de estímulos y cambios inesperados. Algunas condiciones se previenen; otras fronteras deben permanecer.

La meta no es un niño que borra rápido lo que siente. Es una persona que atraviesa emociones fuertes sin destruir a otros y sabe pedir ayuda y reparar.