Pegatinas, dinero, privilegios o elogios ayudan a empezar una tarea difícil. Un apoyo exterior puede sostener el tramo anterior a que la práctica tenga sentido o produzca placer.

El problema surge al confundir movimiento con dirección. ¿El niño valora la actividad, el premio, la aprobación o el fin del conflicto? El resultado visible no responde.

El elogio también puede fijar un papel. «Eres nuestra música» suena afectuoso, pero abandonar puede significar perder la versión de sí misma que celebra la familia.

Los padres pueden mirar si vuelve cuando nadie observa, qué ocurre después del fracaso y qué parte lo absorbe. Al reducir el premio, el cariño no debe retirarse con él.

Nadie actúa desde una motivación pura. Lo importante es aprender a distinguir las fuerzas que nos mueven y elegir poco a poco qué esfuerzo queremos seguir llevando.