Una meta del pasado quizá protegió a una versión más joven de nosotros: prometía seguridad, reconocimiento o salida de un mundo estrecho.

Dejarla parece condenar aquel pasado y aceptar el nombre de quien no logró su sueño.

Pero la forma de la meta no es el valor que transportaba. Podemos renunciar a un título y conservar en otra forma la libertad, la creación o la ayuda.

Antes conviene distinguir una temporada de cansancio de unas condiciones transformables. Si la forma ya no lleva su valor central, persistir deja de ser fidelidad.

Podemos agradecer a una meta y terminarla. El juicio que nos ayudó a formar sirve entonces para elegir una forma más justa para la persona actual.