Podemos amar los libros sin amar las mañanas solitarias de la escritura, o querer ayudar sin disfrutar los informes, las reuniones y la responsabilidad por un error.
El gusto es una buena entrada, pero no equivale a aceptar una práctica entera. Su imagen desde lejos y sus repeticiones desde dentro son distintas.
Una prueba real vale más que un sueño protegido. Un proyecto corto, unas prácticas o una primera obra terminada convierten la admiración en juicio informado.
Aceptar la dificultad no es glorificar el sufrimiento. Las cargas injustas y las condiciones mejorables no demuestran amor por nada.
Si después de conocer las exigencias inseparables de la actividad queremos asumir también su responsabilidad, una preferencia empieza a convertirse en dirección.