Al freír un pez pequeño, no lo vuelvas sin cesar
El pez que se deshace
Gobernar un gran Estado es como freír un pez pequeño. Si lo damos vuelta una y otra vez para asegurarnos de que se cocina, la carne termina rota. La imagen no recomienda indiferencia. El cocinero prepara el fuego, conoce el tiempo e interviene cuando corresponde; su destreza incluye resistir el impulso de comprobar a cada segundo.
Las políticas cambiadas sin descanso, la supervisión que obliga a informar en lugar de trabajar y el cuidado ansioso que pregunta continuamente si ya funcionó producen el mismo daño. La mano que quiere garantizar el resultado interrumpe el proceso cuya maduración necesita continuidad.
Cuando ninguna parte hiere
Gobernado mediante el Dao, los espíritus no ejercen su poder dañino; no porque desaparezcan, sino porque su fuerza no encuentra una relación donde convertirse en daño. Tampoco el sabio hiere a la gente. Cuando ni las potencias invisibles ni el gobernante lesionan, sus De vuelven a encontrarse.
Laozi no niega la existencia de amenazas. Muestra que daño y defensa pueden alimentarse hasta que nadie recuerda el comienzo. Una intervención sobria corta el circuito sin instalar otro agresor permanente. Igual que con el pez, hace falta calor, límite y espera. El criterio no es cuántas veces tocamos el asunto, sino si al final conserva más integridad que antes de nuestra ayuda.