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Ciclo Cincel–Constructo · Atletismo · Reescritura española
Ensayo 02 / 23

La invención del récord

Cómo la prensa, tres cronómetros, una línea de medición común y los organismos de homologación convirtieron el resultado de una competición en un récord capaz de sumarse a otros y de reconocerse a posteriori. Un récord no es un número: es todo un dispositivo para comprobarlo.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

I. Un periódico se convierte en libro de registro

En 1868 se publicó en Gran Bretaña un manual de Wilkinson titulado Modern Athletics. Incluía una serie de tablas con las mejores marcas conocidas en cada prueba. En el prólogo, el autor explicaba de dónde había sacado aquellas cifras.

Había que escoger una autoridad que sirviera de referencia, decía, y él había elegido Bell’s Life in London por ser el cronista más antiguo y fiable de las carreras profesionales.

Merece la pena detenerse en esa frase. Se escribió antes de que naciera ningún organismo rector del atletismo. No había récords mundiales, ni una organización internacional, ni siquiera una asociación nacional de atletismo amateur. Pero ya existía un conjunto de cifras a las que se llamaba las mejores marcas registradas, y el libro donde se registraban era un periódico comercial.

Aquel periódico no se había fundado para servir al deporte. Atendía una necesidad anterior y más práctica. En la Gran Bretaña del siglo XIX había toda una industria de las carreras profesionales; la gente apostaba en ellas, y para apostar hacían falta resultados comprobables. Qué distancia se había corrido, en cuánto tiempo y quién lo había cronometrado: todo eso tenía que poder consultarse en algún sitio. De lo contrario, no se podían liquidar las apuestas. Ese sitio era el periódico. Publicaba los resultados cada semana y, con el paso del tiempo, se convirtió en un archivo.

Aquí hay un desajuste fácil de pasar por alto. El periódico recogía el resultado de una carrera porque sus lectores querían conocerlo. Conservaba los resultados de años anteriores en volúmenes encuadernados porque así se guardaban los periódicos, no porque alguien se hubiera propuesto crear un archivo. El archivo era un subproducto. Cuando Wilkinson necesitó una fuente, resultó que solo ese subproducto tenía el volumen suficiente y una continuidad lo bastante larga. Al escoger su libro de cuentas, una construcción suele quedarse con el que ha sobrevivido por casualidad, no con uno preparado para ella.

Ocurrió entonces algo que se repetiría a lo largo de toda la historia posterior del atletismo. Una construcción tuvo libro de cuentas antes de tener cuerpo. Y tanto el libro como el propósito con el que se llevaban las cuentas eran de otros.

La frase de Wilkinson encierra algo aún más importante. Lo que dice es que hay que escoger una autoridad. Ese «hay que» no se refiere a lo fiable que fuera Bell’s Life in London. Significa que, sin escoger, no había manera de empezar. Toda tabla de marcas necesita una fuente, y no puede otorgarle ella misma sus credenciales: tiene que obtenerlas de fuera. Wilkinson eligió lo que más se parecía a un archivo entre cuanto tenía a mano.

Hay algo incómodo en esa operación. Lo elegido adquiere autoridad porque ha sido elegido, y se lo elige porque ya parecía lo más autorizado. No hay manera de interrumpir ese paso desde fuera. En el fondo de todo sistema que exige comprobaciones hay una designación de este tipo, y debajo de esa designación no existe otra instancia que pueda comprobarla.

La operación no dejó de repetirse. Cuando se fundó la federación internacional de atletismo y hubo que decidir qué marcas antiguas podían entrar en su primera tabla, también fue necesario buscar las fuentes fuera. Más tarde, cada disputa sobre la validez de un récord acabaría remitiendo a algún dispositivo de registro designado como digno de confianza. Por qué merecía esa confianza era una pregunta que el propio dispositivo nunca podía responder.

Dicho sea de paso: visto desde hoy, resulta tentador atribuir a las apuestas el origen del récord. Es una explicación cómoda, pero va más allá de lo que permiten afirmar los documentos. Sabemos que, en sus comienzos, el dinero y la comprobación estuvieron estrechamente entrelazados. No sabemos que las apuestas crearan por sí solas todo el sistema. Los materiales apuntan más bien a una formación por capas: primero, la necesidad de verificar resultados en el comercio y la prensa; después, la elaboración de reglas en los clubes; por último, la necesidad de gobernar las competiciones internacionales. Fue esta última capa la que convirtió el récord en una institución de alcance mundial.

II. Primero se rechaza, después se admite

En el mismo manual de 1868 hay otro pasaje. Wilkinson se queja de que a menudo llegan de todas partes noticias de marcas asombrosas que no resisten una comprobación: el recorrido era cuesta abajo, faltaba distancia, quien tomaba el tiempo no sabía hacerlo o soplaba viento a favor.

El pasaje no habla de reglas, porque entonces no había ninguna regla sobre los récords. Sin embargo, los motivos para rechazarlos ya estaban allí. La pendiente, la distancia, la competencia del cronometrador, el viento. Varios de los principales controles que hoy aplica World Athletics para homologar un récord tienen aquí su embrión. Y no aparecieron porque alguien los legislara, sino porque sirvieron para desmentir una noticia concreta.

Es una forma bastante habitual de nacer para una construcción. Sus límites no se trazan primero para aplicarlos después: se van encontrando a fuerza de rechazos. Se aprende qué no cuenta mucho antes de poner por escrito qué cuenta. Y lo que termina escrito es, en buena medida, una recopilación de los motivos por los que antes se había dicho que no.

Ese orden explica otra cosa. Un reglamento suele leerse como una descripción en positivo de lo que reúne las condiciones exigidas. Pero se forma en sentido contrario: detrás de cada cláusula hay una marca concreta que alguna vez fue rechazada. Cuanto más minuciosa es la cláusula, más se ha discutido antes. Si una historia de las reglas se limita a leer sus artículos, verá un sistema cada vez más completo. Si pregunta qué obligó a redactar cada uno de ellos, verá una sucesión de problemas.

Conviene precisar algo, para no convertir esto en una historia del progreso. Si se fueron descubriendo motivos de rechazo, fue porque a alguien le importaba que el número fuera correcto. Y a quienes primero les importó fue a quienes tenían que saldar cuentas con él. Desde el comienzo, el rigor de la comprobación siguió lo que estaba en juego, no la voluntad de buscar la verdad. No es un reproche a aquellas personas. Es una indicación de dónde nació el hábito.

Un detalle vuelve más concreta esa relación. En el capítulo dedicado a organizar competiciones, Wilkinson recomienda instalar un tablón en el recinto, a la vista tanto del público como de la prensa, donde se publiquen los participantes, los puestos, los tiempos y las distancias medidas.

No era una disposición para dar publicidad a la carrera una vez terminada. La posibilidad de dejar constancia de ella estaba incorporada al montaje mismo del acontecimiento. Mientras se celebraba, la carrera ya se preparaba para su futura existencia en el papel. Las cifras debían poder copiarse; quien las copiara tenía que verlas bien; después pasarían al periódico y, con los años, alguien consultaría ese periódico como archivo. En 1868 la cadena ya estaba completa. Lo que aún no había en ella era un organismo.

Fijémonos en lo que figuraba en el tablón: participantes, puestos, tiempos, distancias medidas. Los puestos y los tiempos aparecían juntos, en la misma superficie. Durante muchos años, lo único que había hecho falta anunciar era el orden de llegada. Dar al tiempo el mismo lugar que al puesto equivalía a declarar que la carrera producía dos cosas: una destinada a resolver quién ganaba aquel día; otra, a permitir comparaciones sobre el papel. Ambas siguieron coexistiendo desde entonces, y no siempre señalaban a la misma persona.

El propio terreno se transformaba en la misma dirección. Wilkinson seguía admitiendo las carreras sobre hierba, siempre que el recorrido estuviera bien señalado. Pero prefería las pistas construidas para correr, por dos razones: en ellas se conseguían tiempos más rápidos y se medía con mayor exactitud.

Conviene leer juntas las dos razones de esa preferencia. Más rápido y más exacto aparecen en una sola frase. Nunca estuvieron separados. Un terreno que permitía correr más deprisa era también un terreno que podía medirse mejor, y la predilección de la construcción por ambas cosas venía unida desde el principio. Todas las discusiones posteriores sobre las pistas sintéticas, las zapatillas y cuantos objetos permiten mejorar las marcas pueden remontarse a ese momento en que las dos cosas no se separaron.

III. Tres cronómetros votan

En 1887, Shearman publicó Athletics and Football. El libro reproducía las reglas de competición que aplicaba entonces la Asociación de Atletismo Amateur.

El reglamento general exigía un cronometrador por competición. En singular.

Pero, al describir cómo funcionaban en la práctica los campeonatos, Shearman contaba otra cosa. Allí había tres cronometradores. También daba la razón: en una época en que los récords se batían sin cesar, el tiempo no podía dejar lugar a dudas. Si los tres relojes marcaban tiempos distintos, se escogía el intermedio; si uno discrepaba de los otros dos, prevalecía la mayoría.

Este es el pasaje más importante del ensayo.

Tres personas ven a una misma persona recorrer una misma distancia y obtienen tres números. Los tres son observaciones reales. Nadie está haciendo trampas. Ningún reloj está averiado.

Para entender lo que ocurre, podemos empezar por una pregunta que parece de lo más natural: ¿cuál fue el tiempo verdadero? Entonces no había respuesta. Y no porque faltara una tecnología mejor, sino porque, en unas condiciones donde solo había manos pulsando cronómetros, no existía un tiempo independiente de la observación, esperando a que lo midieran. Aquella carrera ocurrió, sin duda. Pero de cuánto duró no había más constancia que las tres pulsaciones de tres personas. Lo que llamamos valor verdadero es algo que se imaginó retrospectivamente, una vez que hubo aparatos más precisos. Las lecturas diferían porque unas personas reaccionan antes que otras y los relojes tienen errores. A la escala de las décimas de segundo, esas diferencias no podían eliminarse.

Y el libro necesitaba un número.

Se estableció, pues, un procedimiento: escoger el valor intermedio o someter la minoría a la mayoría. El procedimiento no averiguaba el tiempo verdadero; no podía hacerlo. De tres candidatos, producía un resultado que pudiera anotarse. Una vez escrito, ese número pasaba a ser el tiempo de la carrera. Los otros dos desaparecían.

No eran erróneos. No había prueba alguna de que aquellos dos cronómetros fueran peores que el escogido. Sencillamente habían perdido una votación.

Y perder o ganar tampoco dependía de ellos mismos. Con el mismo cronómetro y la misma persona, si aquel día las lecturas de los otros dos se hubieran inclinado hacia el otro lado, habría perdido precisamente el número que quedó escrito. Una cifra entraba en el libro por encontrarse ese día del lado de la mayoría, no por estar más cerca de algo. En otros ámbitos, eso no tiene nada de nuevo. La novedad es que suceda en una actividad que suele considerarse pura medición.

Así, detrás de cada cifra de una tabla de récords, en el instante en que se anota, quedan varias lecturas descartadas. Como observaciones, tienen el mismo rango que la cifra que permanece. La única diferencia es que en el libro solo hay una casilla.

Hay otro detalle. La exigencia de tres cronometradores no figuraba en el reglamento general: era una práctica de los campeonatos. Cuando las competiciones empezaron a producir récords, sobre las normas de la carrera creció una capa de operaciones dedicada específicamente a ellos. Primero se puso en práctica; después llegó al texto. Una vez más, la construcción avanzó en ese orden: primero hacer, luego escribir.

Volvamos un momento al singular. El reglamento general pedía un cronometrador, y no era un descuido. Para una carrera cuyo único cometido fuera establecer el orden de llegada, uno bastaba de sobra. Los tres estaban allí para el récord, no para la carrera. Desde ese momento, una misma competición empezó a servir a dos construcciones distintas, con exigencias distintas sobre el mismo acontecimiento. Una quería saber quién llegaba primero; la otra, cuánto tardaba. La segunda necesitaba el triple de personal que la primera.

La decisión por mayoría merece una reflexión más. Era un procedimiento tomado de los tribunales y las asambleas, donde resolvía desacuerdos entre opiniones, no entre mediciones. Trasladarlo a la medición equivalía a admitir que, a ese grado de precisión, medir tenía el mismo rango que opinar: en ambos casos hacía falta un procedimiento de decisión para llegar a un solo resultado. No fue un descuido de nadie. En una época que solo disponía de cronómetros mecánicos, tampoco había otra salida. Lo importante es que, una vez instalado, el procedimiento ya no distinguía entre descartar una observación errónea y descartar una observación que simplemente estaba en minoría.

IV. Doce pulgadas y dieciocho pulgadas

Las reglas de la asociación que reprodujo Shearman contenían también una disposición sobre la medición: la longitud de la pista debía medirse a doce pulgadas de su borde interior.

Era una medida de normalización muy concreta. La longitud de una curva depende de la línea que se siga al medirla: cuanto más lejos del borde interior, más larga resulta la vuelta. Fijar dónde pasa la línea de medición es fijar cuánto mide la pista.

Una nota de anuarios posteriores explica que antes los récords en pistas con curvas solían medirse a dieciocho pulgadas del borde interior. El criterio pasó después a ser de doce pulgadas. El cambio afectó de manera muy real a la posibilidad de comparar marcas.

Medir a dieciocho pulgadas arroja algo más de distancia que medir a doce. Eso quiere decir que una vuelta reconocida con el criterio de las dieciocho pulgadas era, en realidad, algo más corta que una reconocida con el de las doce. Dos personas podían dar el mismo número de vueltas a la misma pista, cada una a un lado de aquel cambio de criterio, y haber recorrido distancias distintas, aunque en el libro figurase el mismo nombre de prueba.

Que la observación aparezca en el anuario indica que entonces ya lo sabían. No se trató como un escándalo ni dio lugar a una depuración de las cuentas. Era una nota. Nada más.

La reacción también dice algo. Si un sistema entendiera que su única razón de ser es hacer comparables los resultados, descubrir dos formas de medir en sus libros debería provocar una crisis. Que lo consignaran en una nota sugiere que, para ellos, aquello no se agotaba en la comparabilidad. O, dicho de otro modo, que desde el principio habían esperado de ella algo limitado. Hoy es fácil pensar que no se lo tomaban suficientemente en serio. Sería más exacto decir que se tomaban en serio cosas distintas de las nuestras.

Visto así, la superficie de la pista plantea un problema de la misma forma. No existía una exigencia general de correr exclusivamente sobre ceniza. La hierba seguía siendo válida. Y Shearman, al comentar las marcas de las distintas pruebas, hablaba sin rodeos de las dificultades que la hierba, las pendientes y las pistas de ceniza en mal estado introducían al comparar tiempos.

Es decir: antes de que se utilizara oficialmente la expresión «récord mundial», quienes se ocupaban de estas cuestiones ya sabían perfectamente que los números no eran del todo comparables entre sí. Aun así, los colocaban juntos.

Conviene decirlo con toda claridad. La comparabilidad nunca es una cuestión de sí o no, sino de grado. Todo sistema de récords debe detenerse en algún punto y declarar que las diferencias restantes no se tendrán en cuenta. El lugar donde se detiene lo deciden la tecnología disponible y el coste que se está dispuesto a aceptar en ese momento, no un principio.

Aquí hay que evitar una conclusión precipitada. Que la tolerancia dependa del coste no vuelve arbitrario ni hipócrita al sistema. Toda medición tiene que detenerse en algún lugar. Incluso los aparatos más precisos de hoy se detienen en una determinada posición decimal y declaran irrelevantes las que vienen después. Lo que cambia es dónde se detienen. Calificar de poco rigurosos a quienes se detuvieron en las doce pulgadas y de rigurosos a quienes se detienen en la milésima de segundo es juzgar con una regla de medir posterior. Se toleró la diferencia entre doce y dieciocho pulgadas porque corregirla costaba demasiado y aportaba demasiado poco. En otros ensayos de esta serie veremos cómo, en otras circunstancias, diferencias de la misma naturaleza se juzgaron intolerables y se anuló una tabla entera. Las decisiones fueron opuestas, pero en ambas lo que decidió fueron los costes y los beneficios, no los principios.

También el viento encaja aquí. Mucho antes de que existiera un límite de velocidad del viento, ya era un motivo habitual para rechazar marcas. Wilkinson había desestimado noticias por esa razón, y los artículos de la asociación relativos a los récords exigían expresamente tenerlo en cuenta. En qué año pasó a ser obligatorio medirlo con un anemómetro y hacer de la lectura una condición para el récord es algo a lo que los primeros textos disponibles no responden. Eso no significa que no hubiera un proceso. Significa que hoy no podemos verlo.

V. Tres tareas en un mismo encargo

La Asociación de Atletismo Amateur se fundó en Oxford el 24 de abril de 1880. Las partes reunidas decidieron unirse para crear un nuevo organismo rector. Desde el principio lo concibieron como una autoridad general, no como otro club londinense.

Antes de ella, el Club de Atletismo Amateur, fundado en 1866, había formulado su propósito con absoluta franqueza en sus estatutos: ofrecer un terreno donde pudiera practicarse el atletismo amateur y donde los caballeros aficionados compitieran sin verse obligados a mezclarse con corredores profesionales.

El peso de esa frase corresponde al próximo ensayo. Aquí basta con señalar algo: los organismos que se hicieron cargo de los récords no heredaron intactas las prácticas de las carreras profesionales. Las instalaron en otro marco. Y lo primero que hacía ese marco era decidir quién podía entrar.

El impulso internacional llegó de Suecia. Entre 1910 y 1911, los suecos ya habían propuesto celebrar un congreso internacional de atletismo. La invitación enviada en mayo de 1911 enumeraba tres tareas: establecer reglas internacionales de aceptación general, registrar todos los récords en un organismo central y definir la condición de amateur para las competiciones internacionales.

Las tres tareas estaban en la misma invitación.

Volveremos a ello a menudo, así que conviene dejarlo señalado. La construcción que mide y la construcción que decide quién es admisible no nacieron una después de otra: eran dos puntos del mismo encargo. Para crear un conjunto de marcas comparables entre países había que decidir al mismo tiempo qué atletas podían aportar marcas a esa comparación. De lo contrario, el libro de registro no sabría a quién admitir. La segunda tarea y la tercera se necesitaban mutuamente.

También sucedía a la inversa. Definir quién era amateur no ofrecía un medio de hacer cumplir esa definición si no se vinculaba a algo que pudiera registrarse. El control de la condición del atleta tenía efecto precisamente porque no superarlo dejaba su marca fuera del libro. Las dos construcciones se daban mutuamente fuerza para hacerse cumplir. La relación quedó establecida desde que se las incluyó en una misma invitación. Más adelante veremos cómo funcionaron juntas y a quiénes dejaron fuera entre ambas.

El congreso se reunió en Estocolmo el 17 de julio de 1912, una vez terminadas las pruebas de atletismo. Asistieron representantes de diecisiete países. Una formulación de sus tareas indicaba que el organismo debía establecer las reglas del atletismo internacional, registrar todos los récords mundiales, olímpicos y nacionales, y definir la condición de amateur, respetando a la vez las atribuciones del Comité Olímpico Internacional.

La última parte importa. Desde el comienzo, la autoridad sobre los récords se concibió junto a la autoridad olímpica, no por encima de ella. El sistema no creció desde un centro único.

Los mismos documentos recogen otra cuestión. Los organizadores de Estocolmo fueron acusados de favorecer los intereses suecos mediante el programa de pruebas y sus reglas, en particular con ciertos procedimientos especiales en algunos lanzamientos y en las pruebas combinadas. La acusación está expresamente documentada: su existencia como acusación es un hecho. También quedó registrada la respuesta de los organizadores. Negaron que los resultados hubieran favorecido de hecho a Suecia, aunque reconocieron que convenía unificar los criterios en el futuro para evitar discusiones innecesarias.

Aquí deben distinguirse tres planos. Está probado que se formuló y se registró la acusación. Está probado que los organizadores respondieron. Que la acusación fuera fundada es otra cuestión: los materiales disponibles hoy no permiten resolverla. Sigue pendiente. Una respuesta no equivale a una refutación, ni una refutación equivale a un hecho.

Pero hay algo que puede verse sin resolverla: la discusión produjo más normalización. Fuera o no cierta la acusación, ambas partes coincidían en que hacía falta un reglamento común para no tener que discutir otra vez lo mismo. Es una forma muy característica de crecer para una construcción. No se expande demostrando que tiene razón, sino gracias a una disputa que no llega a resolverse. La discusión quedó sin conclusión. Las reglas, en cambio, ganaron una capa.

Conviene recordar una consecuencia de ese crecimiento. Como las reglas nacen de las disputas, cubren los lugares donde ya ha habido una, y guardan silencio sobre aquellos donde nunca se ha discutido. El silencio no quiere decir que allí no ocurra nada. Quiere decir que, hasta entonces, lo ocurrido no había hecho sentirse perjudicada a ninguna de las partes. Lo que veremos en el octavo ensayo creció en uno de esos silencios.

VI. Lo que aquella frase no dice

En 1913, los documentos de la reunión de Berlín presentaban unos estatutos más definidos. En el artículo dedicado a los fines del organismo aparecía esta frase:

Examinar y registrar los récords mundiales amateurs de las pruebas de campo y de pista.

Es la primera formulación estatutaria de una competencia sobre los récords que hoy podemos documentar. Convertía una costumbre en una competencia institucional. Antes de la frase, quién reconocía un récord era algo resuelto por el uso. Después de ella, había un organismo que decía: esto me corresponde a mí.

Merece atención también el verbo «examinar». Significa que una marca presentada debe pasar por un juicio; no entra en vigor automáticamente. Para juzgar hacen falta criterios, que se encuentran en otros artículos. Pero el acto de juzgar se menciona por separado, señal de que ya se preveían solicitudes difíciles de resolver. Al nacer, el organismo se reservó el derecho a decir que no. Y en el texto ese derecho aparece antes que cualquier criterio particular.

Veamos ahora lo que la frase no dice.

No dice que los récords sean provisionales. No dice que su razón de existir sea esperar a que alguien los bata. No dice que un récord pierda automáticamente su validez cuando otro lo supera. Solo habla de examinar y registrar.

Tampoco en los textos de 1913 y 1914 que hoy pueden consultarse aparece una disposición claramente publicada para retirar un récord ya inscrito. Eso no demuestra que no existiera. Es hasta donde llegan los documentos accesibles, y la cuestión debe quedar abierta.

Pero lo que sí podemos leer basta para reconocer una forma. A esta construcción se le concedió el poder de inscribir. Se le encomendó examinar, se le encomendó registrar. Sobre tachar, el texto guarda silencio.

Ocurre, pues, algo bastante peculiar. La propiedad más conocida de un récord es que algún día será batido. Todo el mundo lo entiende, los periódicos lo cuentan cada año y los atletas lo persiguen durante toda una vida. Y, sin embargo, nunca se legisló. Vive en la práctica, en la costumbre, en las expectativas de todos. El único lugar donde no aparece es en la cláusula que concede la autoridad.

La construcción no declaró a la vez su cierre y su falta de cierre. Solo declaró el cierre. Lo que quedaba abierto era la parte que no había dicho. Y esa parte seguía funcionando, con más fuerza incluso que la que sí había puesto por escrito.

Hay algo aquí que va contra la intuición. Normalmente, que algo no figure en una norma sugiere que su posición es débil. Aquí sucede justo lo contrario. Que un récord vaya a ser batido no necesita legislación, porque nadie discrepa y nadie va a impugnarlo. Lo que necesita legislarse es aquello sobre lo que hay desacuerdo. Por eso, los artículos no contienen toda la construcción, ni siquiera su parte más firme. Son el registro de los puntos en que alguna vez encontró resistencia.

La cuestión volverá mucho después. Cuando alguien proponga anular de una vez un conjunto de récords, habrá una pregunta ineludible: ¿quién tiene derecho a tacharlos? El texto que confiere las atribuciones concede el derecho de registro. Que ese derecho incluya el de cancelación es algo que habrá que argumentar por separado; no es una respuesta que pueda leerse directamente en el original. A un libro de cuentas que solo había aprendido a sumar se le pedirá que reste.

La asimetría entre ambas capacidades tiene otra vertiente. Para añadir un récord hay que demostrar que algo ocurrió. Las pruebas están en el lugar, en manos del cronometrador, en la cinta con la que se midió. Para tacharlo hay que demostrar que algo no ocurrió tal como quedó escrito. Pero el momento ya pasó, tal vez tampoco estén las personas implicadas y apenas queden elementos que comprobar. Desde el comienzo, los dos trabajos tienen dificultades desiguales. Y esa desigualdad no depende de quién mande: viene de la dirección en que avanza el tiempo.

VII. La primera tabla se extiende hacia atrás

En junio de 1914, en el congreso de Lyon, la federación internacional de atletismo presentó y aprobó su primer reglamento técnico y su primera lista de récords mundiales. El título de la lista, tal como se imprimió en el anuario de la época, indicaba que se trataba de los récords mundiales aceptados por la federación durante aquellos días.

La lista comprendía cincuenta y tres pruebas de carreras, treinta de marcha y doce de campo. Todas masculinas.

Treinta pruebas de marcha: la cifra puede sorprender hoy, pero dice con exactitud que el centro de gravedad de entonces estaba en otro lugar.

Dice además algo más. Cuántas pruebas recoge una tabla de récords no depende de cuántas formas haya de practicar ese deporte, sino de cuántas se consideren merecedoras de una cuenta propia. Crear una prueba supone comprometerse a mantener su columna durante mucho tiempo, reconocer sus marcas y tramitar sus solicitudes. Reservar treinta columnas a la marcha significaba que había suficientes personas compitiendo en ella y suficientes espectadores mirando. El catálogo de pruebas registra cómo se reparte la atención. La atención se desplaza; las columnas tardan mucho más en hacerlo. Que todas fueran masculinas corresponde al cuarto ensayo. Por ahora, dejemos la señal.

Llegamos al segundo punto decisivo de este ensayo.

La tabla no estaba compuesta principalmente por resultados obtenidos bajo las nuevas reglas. Se extendía ampliamente hacia atrás y reconocía a posteriori marcas de los veinte años anteriores. Incluía las 220 yardas de 1896, la milla de 1895, varias marcas de larga distancia de 1903 y 1904, las 880 yardas de 1912 y las 440 yardas de 1913.

Es decir: después de establecer sus reglas, lo primero que hizo el organismo fue reconocer un buen número de marcas logradas en carreras que no se regían por ellas.

La operación tiene la misma forma que la de Hipias en el primer ensayo. Hipias ordenó en una línea continua nombres dispersos a lo largo de cuatrocientos años, y después esa línea se utilizó como si fuera el tiempo mismo. La federación internacional reunió en una tabla marcas dispersas de veinte años, y después la tabla se utilizó como registro de los récords mundiales. Ambas construcciones comenzaron con un reconocimiento retrospectivo. Ambas se procuraron un pasado en una época en la que todavía no existían.

La consecuencia era inevitable. Las marcas incorporadas a posteriori se habían logrado con distintas convenciones de medición, sobre distintos terrenos y con distintas formas de tomar el tiempo. Las doce y las dieciocho pulgadas de la cuarta sección caen dentro de ese periodo. La primera tabla de récords mundiales ya era heterogénea por dentro el día en que nació.

No es algo que se pueda reprochar. La alternativa era tachar todo lo anterior a 1914 y empezar de cero. El coste habría sido borrar logros que todos reconocían y dejar la nueva tabla vacía durante sus primeros años. Nadie la habría aceptado. El reconocimiento retrospectivo era el único comienzo viable. Viable no quiere decir limpio.

Hay algo más que decir sobre su precio. Desde su incorporación, aquellas marcas iban a ser tratadas conforme a las reglas de la nueva tabla, aunque no habían estado sometidas a ellas cuando se consiguieron. Reconocerlas era también entregarlas al juicio de unos criterios posteriores. Entonces no planteó un problema, porque nadie pretendía volver atrás a comprobarlas. Lo plantearía mucho después, porque siempre hay alguien que quiere hacerlo. La mitad de los problemas de la controversia del vigesimoprimer ensayo procederá de una tabla que contenía entradas de procedencias distintas desde el primer día.

La misma tabla presentaba otra particularidad: las pruebas del sistema imperial y las del sistema métrico figuraban por separado. Para las carreras había una lista con las distancias en yardas y otra independiente con las distancias métricas. Cada una tenía sus propios titulares y sus propias fechas.

Esto significa que no se admitía la conversión. Una marca de la milla no se convertía mediante un cálculo en un récord de 1500 metros. Tampoco a la inversa.

Un organismo mundial recién nacido conservaba, en su primera lista mundial, dos sistemas de medida cuyos resultados no podían convertirse entre sí. Hay dos formas de leerlo, y ambas son válidas. Según una, aquella supuesta medida universal no era universal ni siquiera al nacer: llevaba dentro dos libros paralelos. Según la otra, eso era precisamente lo honrado, porque la milla y los 1500 metros son pruebas distintas. Falsear las cosas habría sido forzar la conversión.

No se trata de que una lectura sea correcta y la otra incorrecta. Son las dos caras de lo mismo, y volveremos a encontrarnos con ellas a menudo en esta serie.

Antes de aquello, los libros paralelos eran aún más numerosos. El anuario de 1913 imprimía, para una misma prueba, el récord mundial, el canadiense y el estadounidense. En la entrada de las 880 yardas aparecían tres nombres uno al lado del otro. Así que la tabla de la federación internacional, más que inventar el récord, declaró, en un mundo ya repleto de tablas de récords, que una de ellas era la tabla.

VIII. El libro solo sabe sumar

Si reunimos lo que hemos visto, hay un hilo claro.

La necesidad de marcas comprobables apareció primero en el ámbito comercial y periodístico, donde hacía falta un número con el que saldar cuentas. Los clubes y las asociaciones convirtieron aquellas comprobaciones dispersas en reglas: cuántos cronometradores debía haber, por dónde se medía, de qué manera podía tomarse la salida y en qué competiciones podían obtenerse marcas reconocidas. Solo cuando las pruebas internacionales empezaron a producir disputas que no podían resolverse dentro de un único país se hizo necesario un organismo mundial de registro.

Las tres capas no son intercambiables ni pueden reducirse a una sola causa. Decir que el récord nació espontáneamente del deporte y decir que lo crearon las apuestas son dos versiones del mismo error: explicar con una sola causa algo ensamblado capa a capa.

Y cada capa dejó sus propios restos.

La prensa dejó fuera todas las marcas que aquel periódico no había recogido. Elegir una autoridad como referencia significaba también no elegir las demás.

Los clubes dejaron fuera todas las marcas obtenidas al margen de una competición pública, sin la organización de un club reconocido o sobre una distancia no reglamentaria. Aquellos resultados se habían producido de verdad. Había personas presentes y relojes funcionando. Sencillamente, se habían producido en circunstancias que la lista no admitía.

El cronometraje dejó fuera las lecturas descartadas. Son los restos en su forma más pura, porque tienen exactamente la misma naturaleza que el número aceptado. La única diferencia es que el libro solo dispone de una casilla.

Estos restos de distintas capas tienen algo más en común. Ninguno de ellos es algo contra lo que la construcción se haya pronunciado. Las marcas que no aparecieron en el periódico, las conseguidas en carreras que no organizaba un club reconocido, las dos lecturas descartadas, los resultados inscritos como récords nacionales: ninguno fue declarado fraudulento ni falso. Todos eran reales, y la mayoría ya gozaba entonces de algún reconocimiento. Simplemente quedaban fuera de esa casilla. Lo que una construcción no consigue eliminar rara vez coincide con lo que quiere eliminar.

El reconocimiento retrospectivo dejó fuera aquello que no reconoció. Antes de lanzar 62,32 metros en septiembre de 1912, Lemming había conseguido otras nueve marcas anteriores. Fueron reconocidas como récords de Suecia, pero no entraron en el libro internacional. No eran falsas. Se habían registrado en otro nivel.

Hay también unos restos que pertenecen a la propia construcción. Exige que cada marca cuente con testigos, mediciones, firmas y pruebas que puedan revisarse. Sin embargo, entre los materiales de acceso público disponibles hoy no aparecen los originales de los formularios de solicitud de récord de la década de 1910, ni una relación completa de la documentación que debía presentarse. No sabemos cómo era aquella primera solicitud. Un organismo hizo de conservar pruebas una tarea central, y sus propias pruebas iniciales no están hoy a nuestro alcance. Este punto solo puede quedar pendiente. No se puede rellenar con conjeturas.

Eso recuerda otra limitación. La historia que hoy podemos ver está reconstruida a partir de anuarios, manuales, documentos de reuniones y recopilaciones posteriores. Cada uno de esos materiales sobrevivió por sus propias razones; ninguno se guardó para que quienes vinieran después pudieran contemplar el conjunto. La historia del nacimiento de un sistema de registro no quedó ella misma registrada por completo. Eso no invalida las conclusiones que sí están probadas, pero fija hasta dónde pueden llevarse.

Una última cosa, suspendida entre este ensayo y el siguiente.

La federación internacional no reconoció su primer récord mundial de decatlón hasta 1922, utilizando una tabla de puntuación elaborada anteriormente. Y, con esa misma tabla, nadie superó la puntuación total de Thorpe de 1912 hasta 1926. Durante más de diez años, por tanto, aquel número fue el más alto y, sin embargo, no fue un récord. Lo que separaba ambas cosas no era el rendimiento. Era el sistema.

Lo que le ocurrió a la persona que había conseguido aquel número queda para el próximo ensayo.

En 1913, la construcción recibió el poder de examinar y registrar. En 1914, lo primero que hizo con él fue inscribir un pasado sobre el que nunca había tenido jurisdicción. Había aprendido a sumar. Nadie le había enseñado a restar. Pasaría mucho tiempo antes de que eso se convirtiera en un problema.

La regla aún no mide bien. Y sigue midiendo.