Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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El oso que seguía colgado

Han Qin (秦汉) · Reescritura en español · 2026-10-09

Sobre esta edición

Nota de edición: Reescritura independiente en español a partir del original chino. La edición original permite alternar entre chino simplificado y tradicional.

Una mañana despierta en su habitación. Cuatro tatamis y medio, la mesa, la estantería, el futón. Todo sigue como siempre.

Abre la puerta. Al otro lado está la misma habitación de cuatro tatamis y medio.

Ese lugar

Abre la puerta de esa habitación y encuentra otra. Abre la siguiente: lo mismo.

Todas son idénticas. La mesa en el mismo sitio, los mismos libros en la estantería, la misma mancha en el techo.

No hay salida. Ni pasillos, ni escaleras, ni un exterior al otro lado de las ventanas. Solo habitaciones, una tras otra, prolongándose hasta el infinito en todas las direcciones.

Camina por ellas durante ochenta días.

Durante esos ochenta días tiene que comer, beber y dormir. La serie resuelve esta parte de un modo muy concreto: rebusca por las habitaciones y sobrevive con las pequeñas provisiones que se repiten en cada una. Los mismos fideos instantáneos, los mismos libros. Todo se repite.

Cuenta los días. Hace marcas en la pared. Empieza a adelgazar, le crece la barba y la ropa se le va deshaciendo.

Nadie le ha tendido una trampa

La primera afirmación de este ensayo es esta: el mundo de los cuatro tatamis y medio no es un hechizo, ni una trampa, ni algo que le haya hecho otro personaje.

La serie no explica de dónde ha salido ni responsabiliza a nadie de su existencia. Pero su forma es clara: es el lugar donde ha vivido durante esos dos años, solo que esta vez lo vemos dibujado.

Si alguien se encierra en siete metros cuadrados y cada día recorre mentalmente decenas de vidas que podría haber tenido, el lugar donde realmente se encuentra es este. Infinitas habitaciones, todas iguales. Y él no ha ido a ninguna parte.

Lo más insoportable de ese lugar es que resulta soportable.

No hay enemigos, ni peligros, ni dolor. Hay comida, un sitio donde dormir, libros que leer. Es un lugar seguro y estable, donde se puede permanecer indefinidamente. Uno puede pasar allí muchísimo tiempo sin encontrar una razón que lo obligue a salir.

Lo que contienen las habitaciones

Tras caminar mucho tiempo por esas habitaciones, empieza a fijarse en algo. En cada una hay huellas de otro «yo».

En esta está el material del club de cine. En aquella, un guante de sóftbol. Más adelante aparecen los objetos de los encargos del maestro, los de Fukuneko Hanten, la identificación de la Policía de la Biblioteca.

Cada una de sus versiones en los mundos paralelos ha dejado aquí una habitación. Y, salvo por los objetos que contiene, todas son la misma.

Merece la pena detenerse un poco en ello. En esos mundos ha hecho cosas muy distintas: rodar películas, jugar al sóftbol, hacerse discípulo de alguien, infiltrarse en una organización secreta. Contadas por separado, esas experiencias darían para cinco o seis juventudes completamente diferentes.

Sin embargo, todas sus huellas caben en los mismos siete metros cuadrados y están sobre la misma mesa. Ha recorrido todas las posibilidades, y todas han dejado el mismo espacio.

Lo que comprende allí

En este tramo, la serie le permite comprender unas cuantas cosas bastante sencillas. La primera: no estaba satisfecho en ningún mundo. No se trataba de un club malo, de haberse juntado con la gente equivocada o de una mala racha. Ninguna vida lo satisfacía y siempre por la misma razón: tenía que haber otra mejor.

La segunda: aquellos días de enredos con Ozu, Akashi, el maestro Higuchi, Hanuki, Jōgasaki y Aijima ya eran lo bastante animados desde el punto de vista de alguien que se había pasado el tiempo encerrado entre cuatro tatamis y medio.

Lo importante está en la segunda mitad de la frase. No significa que aquellos días fueran maravillosos ni que él deba conformarse con lo que tiene. Se trata del punto de referencia elegido para comparar.

Siempre había comparado aquellos días con una versión inexistente, nunca con el lugar donde ahora se encontraba de verdad.

Los resultados de las dos comparaciones son muy distintos. Frente a aquella versión, esos dos años no valían nada. Frente a su encierro actual, estaban llenos de un ruido ensordecedor.

Él solo había tenido en la mano la primera vara de medir. Y ahora, el lugar donde se encuentra de verdad es una habitación vacía.

El oso

Finalmente regresa a la habitación inicial. Al entrar, ve algo colgado: Mochiguma, el colgante de Akashi, un osito blandito y desmadejado. Ella lo había perdido y él lo había encontrado.

Lo ha tenido en su poder en todos los mundos paralelos. En todos ha pensado en devolvérselo. En ninguno lo ha hecho.

En cada versión ha seguido colgado allí, a menos de un metro. Y en ninguna lo ha visto.

No estaba escondido. Él estaba buscando otra cosa. Cuando alguien busca algo muy grande, muy lejano, algo que ni siquiera sabría decir qué es, lo pequeño, cercano y perfectamente concreto desaparece de su campo de visión.

No hay nada que lo tape. La mirada se lo salta.

Hay que añadir algo un tanto incómodo: devolver el oso no tiene ninguna dificultad. No requiere valor, ni un plan, ni esperar a que se den determinadas condiciones. Basta acercarse, entregarlo y preguntar si es suyo.

Una tarea que no cuesta nada puede quedarse pendiente dos años.

Como es fácil, no urge; como no urge, queda siempre para después. Y lo que se deja para después puede seguir ahí indefinidamente.

Salir

Sale. El protagonista sí expone lo que ha comprendido de su vida, pero la serie no se queda en esa comprensión. Para salir, tiene que actuar. Coge el oso y se encamina hacia fuera.

Después llega esa escena: una multitud de polillas sale de Shimogamo Yūsuisō y vuela hacia el puente Kamo Ōhashi. El puente está en Demachiyanagi, donde el Takano y el curso superior del Kamo se unen en un solo cauce, el del río Kamo. Dos ríos se vuelven uno.

En la misma imagen, los mundos paralelos convergen en uno solo. Así puede leerse la correspondencia entre ambas imágenes: la confluencia de dos ríos y la de varios mundos son dos maneras de dibujar lo mismo.

Lo que hace

Una vez fuera, hace dos cosas. Primero: Ozu está en apuros en el puente; él corre a protegerlo. Segundo: devuelve el oso a Akashi. Detengámonos por ahora en esas dos cosas.

Y ambas tienen algo en común: son pequeñas y se dirigen a una persona concreta.

No son una decisión, ni un plan de vida, ni una declaración de que va a empezar de nuevo. Son correr hacia alguien y agarrarlo, y devolverle un objeto a otra persona.

La voz en off sí expresa lo que ha comprendido. Y, después de devolver el colgante, él invita a Akashi a comer ramen; la historia continúa. Eso tampoco garantiza una vida universitaria eternamente perfecta y de color de rosa. Las dos pequeñas acciones ponen en práctica lo comprendido y se dirigen a personas concretas.

Tres cosas

Aquí termina esta serie de ensayos. Para cerrar, pongamos tres cosas juntas, sin intercalar comentarios.

La primera: una expresión, «vida universitaria de color de rosa». Al carecer de contenido, siempre supera a cualquier vida real. Él ha pasado dos años midiéndolo todo con ella.

La segunda: una persona, Ozu. Es desagradable, se entromete y no hay nada de ficticio en los problemas que causa. Pero es la única persona que ha estado ahí todos los días durante esos dos años.

La tercera: un osito blandito y desmadejado que cuelga de la pared de una habitación de cuatro tatamis y medio. Está en el mismo sitio en todas las versiones posibles, y en ninguna el hombre que vive allí lo ha devuelto.

La obra no dice qué significa todo eso.

Aquí confluyen las imágenes de dos ríos que se vuelven uno, unas polillas que cruzan el puente y alguien que se sienta junto a un puesto de ramen.

Ese alguien ha dedicado antes once episodios a repetir que en sus dos años de universidad no ha tenido nada.