Sobre esta edición
Nota de edición: Reescritura independiente en español del original chino, que permite alternar entre caracteres simplificados y tradicionales en una misma página.
Siglo III del Calendario Universal. La Federación Galáctica.
Un militar llamado Rudolf von Goldenbaum se distingue en la lucha contra los piratas espaciales y asciende hasta el grado de contralmirante. Después abandona el ejército y entra en política.
Su popularidad no es la de alguien que consigue ganar unas elecciones por los pelos. Es arrolladora. Apenas tiene rival.
La gente lo considera un héroe porque ha hecho lo que se espera de un héroe: restablecer la disciplina militar, barrer la piratería. Son logros comprobables, con resultados concretos, no hazañas fabricadas por la propaganda. Antes de él, esos problemas llevaban años pudriéndose sin que nadie consiguiera resolverlos.
Asciende paso a paso hasta ocupar dos cargos a la vez: la jefatura del Estado y la presidencia del Gobierno de la Federación Galáctica.
La Federación es entonces una república democrática. Naturalmente, su sistema no admite que una misma persona reúna ambos cargos.
Solo que no hay ninguna disposición que lo diga por escrito.
La puerta estaba abierta
Este es el hecho más importante del comienzo de la obra. Conviene detenerse en él.
En la Federación, la incompatibilidad entre la jefatura del Estado y la presidencia del Gobierno es una regla no escrita. Todo el mundo sabe que no se pueden acumular esos cargos. Todo el mundo da por hecho que nadie lo intentará. Precisamente por eso, a nadie le ha parecido necesario dejarlo por escrito.
Lo que impide ocupar ambos cargos no es una ley. Es una convención no escrita.
En tiempos normales, una convención así funciona tan bien como una ley, o incluso mejor: no hace falta imponerla porque nadie trata de quebrantarla. Parece una pared. En realidad, es una raya pintada en el suelo.
Rudolf la cruza.
Y al cruzarla no infringe ninguna disposición que se pueda señalar. Nadie puede mostrar un documento y decir: «Ha vulnerado usted el artículo tal». Sus adversarios solo pueden protestar: «Esto no está bien», «Es inadmisible», «Nunca se ha hecho». Frente a una actuación irreprochable desde el punto de vista del procedimiento legal, esas objeciones no pesan nada.
Y a eso se suma el apoyo abrumador de la población.
Esta autocracia no llega mediante una invasión ni se impone con un golpe de Estado. Nace de los propios procedimientos legales del régimen anterior.
En el año 310 del Calendario Universal, Rudolf se convierte en el emperador «sagrado e inviolable» de la Galaxia.
La capital se establece en el planeta Odín, dentro del sistema Valhalla.
En ese momento toma otra decisión: suprime el Calendario Universal e inaugura el año primero del Calendario Imperial.
Desaparece la era con la que la humanidad llevaba trescientos diez años contando el tiempo. Ahora se empieza de nuevo, desde el año de su ascenso. El gesto carece de utilidad práctica: no resuelve ningún problema ni produce nada. Es puro símbolo.
Pero también introduce una operación muy concreta: desde entonces, cualquiera que quiera hablar de algo anterior a Rudolf tendrá que hacer primero una conversión de fechas.
Lo que ocurría en la Federación
Aquí hay que parar y dedicar a la Federación todo el espacio que necesita. Si no lo hacemos, los quinientos años siguientes se convierten en la historia de un hombre malvado. Y esta obra nunca ha querido contar esa historia.
Antes de la llegada de Rudolf, la Federación Galáctica está verdaderamente podrida.
Corrupción, anquilosamiento, una ineficacia que impide sacar nada adelante.
Los piratas campan a sus anchas y la Federación no encuentra remedio. No hablamos de una inseguridad abstracta: las rutas dejan de ser transitables, las mercancías no llegan, las regiones remotas se quedan sin suministros. Los políticos se enredan en disputas parlamentarias mientras la disciplina militar se deshace.
La gente sufre de formas muy concretas. No puede sentirse a salvo, vive cada vez peor y nadie responde por ello. Esta es una de las formas de fracaso más difíciles de afrontar para una democracia: cuando sucede algo, la responsabilidad se reparte entre centenares de personas y, así, ninguna tiene que asumirla.
Esto no es un decorado. Es el conjunto de condiciones que hace posible la aparición de Rudolf.
En semejante situación, surge alguien capaz de poner orden en el ejército, acabar con los piratas y hacer que las cosas funcionen. Es perfectamente comprensible que la población lo encumbre. No la han engañado: después de décadas de incapacidad, por fin ha encontrado a alguien que sabe trabajar.
Y, al principio, Rudolf trabaja de verdad.
Su gobierno es eficaz. Resuelve muchos de los problemas que la Federación no había conseguido resolver en décadas. Es muy probable que, durante sus primeros años, aquella sociedad tenga más orden, más rumbo y una sensación más clara de avanzar que en cualquier momento de las décadas anteriores.
Importa recordar que sus partidarios reciben beneficios reales. No se les promete un futuro espléndido que luego nunca llega. Obtienen mejoras tangibles y, sobre esa base, aceptan entregar cada vez más.
Quienes lo apoyan no son idiotas. Eligen después de que un sistema incapaz de hacer nada los haya defraudado una y otra vez durante décadas.
Los siete caracteres de una cláusula
Lo que viene después de la coronación ocurre por etapas.
El Parlamento Imperial queda disuelto para siempre. Se suspende la Constitución. Quienes han prestado servicios al nuevo poder reciben títulos nobiliarios y forman una nueva clase.
En el año nueve del Calendario Imperial se promulga la Ley de Exclusión de Genes Inferiores.
La obra concreta a quiénes va dirigida:
Personas con discapacidades físicas o mentales.
Los pobres.
Los opositores al régimen.
Y, además, quienes sean considerados, según el juicio subjetivo de las autoridades, carentes de voluntad de trabajar.
«Según el juicio subjetivo de las autoridades»: los siete caracteres de esa expresión china figuran en la propia ley.
Hay que leer bien esa frase. No se trata de una desviación al aplicar la norma, de abusos de funcionarios subalternos ni de una buena ley que alguien ha pervertido. Es una autorización escrita negro sobre blanco: el criterio es subjetivo y el poder de juzgar pertenece a las autoridades.
Una ley con criterios objetivos permite, al menos, discutir su aplicación. Se pueden presentar pruebas de que una persona no cumple esos criterios, pedir una revisión, señalar que quien aplica la ley se ha equivocado. Un criterio objetivo también obliga a quien juzga.
Una ley que fija como criterio el «juicio subjetivo de las autoridades» elimina el lugar desde el que se podría discutir. No hay nada con lo que contrastar el juicio; por tanto, no hay manera de demostrar un error; por tanto, tampoco hay un motivo sobre el que fundar un recurso.
Las tres primeras categorías, discapacidad, pobreza y oposición al régimen, tienen al menos algún contorno. La última no lo tiene: cabe cualquiera.
Basta con introducir un solo cajón de sastre así en una ley para que dejen de servir los límites de todas sus demás disposiciones.
Rudolf justifica la ley, en esencia, de este modo: el universo se rige por la supervivencia de los más aptos; la sociedad humana no puede ser una excepción; cuando los considerados inferiores superan cierta proporción, una sociedad pierde vitalidad y se debilita; eliminar los factores que debilitan a la especie humana es, por tanto, una obligación sagrada del gobernante.
Este razonamiento tiene una particularidad: es internamente coherente.
Desde «la supervivencia de los más aptos es una ley natural» hasta «la sociedad humana no puede ser una excepción», de ahí a «demasiados inferiores debilitan la sociedad» y, por último, a «eliminarlos es una obligación», cada paso está enlazado con el siguiente. Para refutarlo hay que volver a la primera premisa. Y esa primera premisa suena a una observación de sentido común sobre la naturaleza.
La obra deja esto planteado desde el comienzo: se puede partir de una premisa aparentemente corriente y llegar, paso a paso, a una práctica catastrófica, sin que ninguno de los pasos intermedios parezca un desvío.
Cuatro mil millones
Para aplicar la ley se crea la Oficina de Mantenimiento del Orden Social.
Su cometido es reprimir a los presos políticos y a los detenidos por sus ideas. Entre sus métodos está la ejecución de hecho, sin juicio, bajo el pretexto de mantener la seguridad pública.
Cuatro mil millones de víctimas.
La cifra no necesita comentario.
Basta con colocarla junto a aquellos siete caracteres chinos: el criterio era subjetivo, el juicio correspondía a las autoridades y las autoridades lo ejercieron cuatro mil millones de veces.
La obra registra otro hecho. El primer director de la Oficina muere más tarde en un ataque republicano. Rudolf honra su memoria ejecutando a veinte mil sospechosos.
Veinte mil personas por la muerte de una. La propia equivalencia procede de la misma lógica: si es posible ordenar a las personas según su contribución a la especie, la muerte de alguien situado muy arriba bien puede saldarse con veinte mil vidas de las que figuran abajo.
Borró el sentido de su propia llegada
Hay otro detalle: el más frío de cuantos la obra reserva a Rudolf.
Concede títulos nobiliarios a quienes considera dignos de ellos. En su momento parece una recompensa a los hombres que le han servido, algo que haría cualquier fundador de una dinastía.
El resultado es que las clases sociales quedan fijadas.
Y cuando desaparece la movilidad entre clases, toda la estructura social empieza a estancarse. Es exactamente la enfermedad que había permitido a Rudolf llegar al poder.
Entró porque el sistema anterior ya no podía moverse. Dejó un sistema incapaz de moverse durante quinientos años.
Cinco siglos después, la corrupción de la dinastía Goldenbaum y la de aquella Federación que hizo posible la aparición de Rudolf son de la misma especie.
Lo que este ensayo no va a hacer
Llegados aquí, hay una conclusión muy a mano: la democracia es frágil, los pueblos entregan su libertad y debemos estar alerta.
Esta serie de ensayos no va a ofrecerla.
No porque sea falsa, sino porque la propia obra no la ofrece. A lo largo de más de cien episodios se empeña en complicar la cuestión: presenta una autocracia nacida de procedimientos democráticos, un monarca autocrático que trabaja sinceramente por la población y un político elegido democráticamente que no tiene rival en desvergüenza.
Pone a nuestro alcance material de sobra, pero no da el último paso por quien la lee.
Este ensayo quiere hacer lo mismo: exponer el procedimiento que llevó a Rudolf al poder, la convención no escrita, los siete caracteres de la cláusula, la cifra de cuatro mil millones y el proceso por el que él mismo acabó anulando la razón de su llegada.
Son configuraciones que podemos observar. No son un veredicto.
Han pasado quinientos años.
La dinastía Goldenbaum está tan podrida como lo estuvo la Federación Galáctica. Y dentro de ella aparece un joven de poco más de veinte años, procedente de una familia de la pequeña nobleza empobrecida, que pretende echarlo todo abajo y empezar otra vez.
Lo que se dispone a hacer se parece mucho, en su estructura, a lo que Rudolf quiso hacer en su día.
En el próximo ensayo.
Textos de referencia: las novelas de Yoshiki Tanaka y los 110 episodios de la serie principal de la OVA original de La leyenda de los héroes de la galaxia.
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