A menudo imaginamos a Confucio como un almacén de respuestas morales. Él se presenta de otra manera: no posee conocimiento, está vacío. Pero cuando una persona corriente le trae una pregunta, la golpea desde ambos extremos hasta agotarla.

No es la modestia de un sabio que oculta su riqueza. Es una regla de trabajo: no terminar la respuesta antes de que llegue el otro. Por eso Yan Hui, Zhonggong y Sima Niu reciben contestaciones diferentes cuando preguntan por el ren. Sus vidas no piden el mismo paso siguiente.

Estar vacío no es ser ignorante. Es conservar un lugar donde la pregunta aún pueda modificar a quien sabe. Una hagiografía habría dejado un maestro omnisciente. Los redactores conservaron «vacío, vacío» y, con esas dos palabras, una silla libre para el próximo interlocutor.

Reescritura española independiente a partir de las ediciones china e inglesa. El desarrollo completo se encuentra en la edición de investigación al final de la serie.