Es fácil imaginar la escuela de Confucio como un aula donde el maestro proporciona la respuesta y los alumnos la repiten. Sin embargo, él dice que no abre el camino a quien todavía no lucha por comprender ni completa las palabras de quien no se esfuerza por hablar. Muestra una esquina; el estudiante debe volver con las otras tres.
La palabra más exigente es el «no» dirigido al profesor. No debe confundir el silencio con un hueco que su conocimiento tiene derecho a llenar. Si dibuja el cuadrado entero, el alumno puede conservar el esquema sin haber formado por sí mismo la relación entre sus partes.
La entrada sigue siendo amplia: Confucio no reserva la enseñanza para una clase. Pero recibir a todos no consiste en verter el mismo contenido en cada persona. Abre la puerta y se niega únicamente a dar el paso que debe llegar a ser propio de quien aprende.
Reescritura española independiente a partir de las ediciones china e inglesa. El desarrollo completo se encuentra en la edición de investigación al final de la serie.