El barco atracó a las seis de la mañana. Anna bajó por la pasarela con la bolsa impermeable de la estación en una mano. Sus piernas aún esperaban la siguiente ola. El muelle no se movió; dio un paso de más y Nina la sujetó por el brazo.
«Quédate quieta un momento». Nina no la soltó hasta que los dos pies de Anna aceptaron el suelo.
Un hombre que pasaba las miró, siguió andando y volvió la cabeza. «Tan iguales… ¿Son gemelas?»
«Vamos. Hace frío». Nina se frotó las manos.
«No tanto. Hace más calor que en el mar». Anna se quitó el gorro y lo sacudió.
Al entrar en el apartamento dejó la bolsa junto a la puerta. El aire estaba inmóvil. Tardó un instante en notarlo. Aún llevaba granos de sal incrustados en las suelas; Nina extendió periódicos viejos para que se descalzara encima.
Las dos alargaron la mano hacia las zapatillas detrás de la puerta. Anna llegó primero. Nina fue al dormitorio, sacó otro par de debajo de la cama y le quitó el polvo con la palma.
Seis meses antes habían sido una sola persona, llamada Anna. El contrato de la estación de observación marina había llegado mientras su madre seguía hospitalizada. A un lado estaba un sueño de infancia que exigía seis meses lejos; al otro, una madre recién ingresada que no podía arreglárselas sola. Anna no quiso renunciar a ninguna de las dos cosas y acudió al Centro de División. Entró una persona y salieron dos, ambas con los mismos treinta y tres primeros años. Un sorteo decidió quién conservaría el nombre de Anna. La otra se llamaría Nina. Firmaron por separado: una se marchó al mar y otra se quedó en la ciudad. Volverían a fusionarse al cabo de seis meses.
Los recuerdos formados después de la división no podían copiarse de una a otra. Tras la fusión, una sola persona saldría del Centro recordando las dos vidas. También podían seguir separadas. El Centro les había advertido, sin embargo, que algunas personas empezaban a perder incluso partes de la memoria anterior, cada una de manera distinta. Hablar a menudo del pasado, reconstruirlo juntas y pedir a la familia que contara las historias antiguas podía retrasar la pérdida, quizá impedirla.
El recordatorio llegó mientras Anna aún estaba en el barco: presentarse a las tres; confirmación independiente de ambas partes; al día siguiente saldría una persona; llevar una sola muda.
Anna abrió una bolsa de viaje sobre la cama y pasó a ella ropa que todavía olía a gasóleo. Nina dobló unos pantalones y entreabrió la ventana.
«Mamá dice que vendrá a buscarnos mañana».
«¿Ya puede ir sola hasta la estación? ¿Ida y vuelta?»
«Le ofrecí pedir un coche y no quiso. El otro día le pregunté dos veces si estaba cansada. Me dijo que, si la cansada era yo, buscara dónde sentarme». Nina sonrió. «Cuando dice que no está cansada, no insistas. Cuanto más preguntas, más deprisa anda».
«Así que tú eras la que la frenaba». Anna también se rio. «Cuando me fui no podía ni sentarse al borde de la cama. ¿Qué más ha contado? Bueno, mañana lo recordaré todo».
Nina guardó los pantalones sin responder.
Anna metió dos camisetas, consultó la lista del Centro y sacó una.
«Solo hace falta una muda».
Nina la dejó en una silla. Allí estaba también su abrigo, con la acreditación de la piscina prendida en el pecho. En ella figuraba su propio nombre: Nina.
En la cocina puso agua a hervir. El teléfono de Anna estaba sin batería. El enchufe junto a la mesa, el que siempre había usado, estaba libre. Al conectar el aparato, el mensaje del Centro apareció en la parte alta de la pantalla.
En la nevera había un horario de la piscina. Las últimas filas ya pertenecían al mes siguiente.
«¿Has renovado?»
«Hasta junio». Nina no se volvió.
«¿También los domingos?»
«Clase temprano. Descanso lunes y martes».
«Entonces hay que cambiar la revisión de mamá».
«Ya está. El martes. Voy con ella».
«Mejor. Los lunes cierran muchos sitios».
«Por eso elegí el martes».
Nina llenó dos vasos con agua caliente. Anna tocó el suyo y retiró la mano. Nina sacó agua fría y añadió un poco.
«¿Así bebes en el mar?»
«¿Quién puede esperar? Sales, vuelves y para entonces ya está fría».
Nina dejó la botella. Permaneció de pie, con una mano en el respaldo de la silla.
«Anna, no voy a ir al Centro».
La ventana estaba abierta. Abajo, alguien hacía una mudanza. Un cubo vacío cayó y rodó por la acera. Anna esperó a que se detuviera.
«¿Has llamado?»
«He preguntado. Podemos cancelar hasta que lleguemos».
«Eso ya lo sé».
«No quiero aplazarlo». Nina se sentó enfrente. «Quiero que sigamos separadas».
Anna bebió y devolvió el vaso exactamente al círculo húmedo que había dejado. El cable no alcanzaba la silla; desenchufó también el cargador.
«¿Desde cuándo?»
«Desde el mes pasado. Entonces aún no estaba segura».
«Hace doce días me ofrecieron quedarme otros tres meses. Te envié el mensaje. Respondiste que había dos barcos y que no cogiera el nocturno».
«Era más barato. Pensé que volverías a ahorrar justo en eso».
«No estaba preguntando por el barco».
Nina guardó silencio.
«Les dije que buscaran a otra persona. Lo formé durante once días. Ayer se instaló en mi cuarto».
«Lo sé».
«Sí. Porque yo te lo conté todo».
Anna encontró la conversación y puso el teléfono entre ambas. Solo eran unas líneas. Debajo había una foto que Nina había enviado: su madre sentada en el patio del hospital, en una silla que Anna no conocía.
«Entonces, ¿por qué dejaste que volviera?»
«Ya estabas haciendo la maleta. En cada llamada me enseñabas otra cosa que habías guardado». La voz de Nina fue bajando.
«Esperaste a que terminara. A que estuviera aquí».
«Me daba miedo decirlo. Tampoco pude en el muelle».
«Yo te enseñaba cada cosa porque estaba contenta. Creí que tú también».
«Quería que volvieras».
«Entonces tenías que haber hablado antes».
La frase salió más alta de lo que Anna pretendía. Nina apartó la mano de la botella.
Al cabo de un rato trajo el registro que llevaba al trabajo. El agua había ondulado los bordes de la cubierta. Lo abrió y lo empujó hacia Anna.
«Mi clase de los viernes. Mira».
Era su letra. Página tras página, la letra de Anna recogía cosas que Anna jamás había escrito. Bajo algunos nombres había fechas; bajo otros, una raya corta.
«Hay un hombre que se queda media hora en el aparcamiento antes de entrar. La primera vez salí a hablar con él. La semana pasada por fin metió la cara en el agua».
«¿El que me contaste? ¿Esta es la marca nueva?»
«En cuanto el agua lo tocó levantó la cabeza y preguntó si contaba. Le dije que sí. La próxima vez empezamos ahí, sin correr. Dice que, si cambia la instructora, quizá no vuelva».
«Si voy yo después de la fusión, ¿seré otra instructora para él?»
Nina miró la hoja. «La persona que salga se llamará Anna».
«El nombre se decidió por sorteo».
«Te tocó a ti. Es tuyo».
Anna sujetó la página con un dedo.
«Entonces puede llamarse Nina. Me da igual. Recordaré todo esto. Sabré cómo lo enseñaste. No lo dejarás con una desconocida».
«No digo que no sepas hacerlo. Tampoco quiero que me des el nombre».
«Entonces me quedo en la ciudad. No vuelvo al mar. Termino tu contrato y continúo la clase del viernes a tu manera. ¿Por qué no basta?»
Nina miró la mano de Anna sobre el registro. «El mes pasado buscabas puestos de invierno».
«Miraba. No firmé nada».
«Querías ir. La oferta llegó antes de dividirnos. Yo también dije que primero había que terminar las clases, y luego me levanté de madrugada para buscar barcos».
«Hasta las tres, sin conseguir encajar un solo trayecto». Anna no sonrió. «Eso fue antes de marcharme. He vivido allí seis meses. No sabes qué elegiría ahora».
Nina retiró el registro de debajo de su dedo.
«No. Pero quiero dar esa clase yo misma. No alguien que recuerde haberla dado. El viernes que viene quiero estar allí».
Anna fue a la ventana. El cubo había desaparecido; el camión seguía ocupando media calle. Uno de los operarios levantaba una hoja y buscaba un número de portal.
«Dijiste que ninguna tendría que perderse nada».
«Eso creía».
«El día que mamá salió del hospital dijiste que, cuando volviera, yo lo sabría. Lo mismo la primera vez que fue sola a comprar».
Anna se volvió.
«A veces terminábamos una llamada y al día siguiente no recordaba lo que habíamos dicho. Pensaba que no importaba. Al volver, todo estaría aquí».
Nina abrió un vídeo. Su madre salía por una puerta de cristal y avanzaba hasta el sol. Decía algo a quien grababa, pero el viento se había comido su voz. Se rio; la imagen se inclinó hacia el suelo mientras una mano se extendía para sostenerla.
Dieciocho segundos.
El pulgar de Anna tocó el símbolo de reproducción y se apartó.
«¿Sabes cuántas veces lo he visto?»
«Puedo contarte todo el día. Desde el alta. Pregunta lo que quieras».
«No quiero que me lo cuentes tú».
Anna dejó el teléfono boca abajo en el alféizar. El cristal las reflejaba a media cocina de distancia: la misma estatura, la misma cara.
Poco antes del mediodía llamaron de la estación. Una serie de mediciones no coincidía con el inventario final. Anna se sentó junto al equipaje, indicó la carpeta y abrió su cuaderno de campo.
«No cambies aún la fecha. Léeme esas dos líneas».
Sacó una hoja doblada, escuchó y leyó la línea siguiente. Los números cuadraban.
«Usa esa. No borres el archivo anterior; déjalo para comparar».
Le preguntaron si ya estaba en el Centro.
«Todavía no».
Antes de colgar pidió los mapas de corrientes de la noche anterior. La boya no había seguido la flecha que Anna dibujó hacia mar abierto. Había girado durante la noche y regresado describiendo una curva.
«Así que pasó por ahí. Manda el siguiente».
Anna alternó las dos imágenes y se rio. «Ayer dijiste que mi línea era demasiado recta. No te creí». Dibujó una curva junto a la flecha vieja. «Envíame también el de mañana».
Con el bolígrafo aún en la mano, preguntó: «¿Os sigue faltando gente?»
Su antiguo puesto estaba cubierto. Para otro habría que consultar al jefe de equipo.
«No tiene que ser en instrumentación. Lo que sea. Tantea, pero no digas aún que he preguntado yo».
Al colgar, Nina estaba en la puerta de la cocina con un cuenco vacío.
«No tienes que volver».
«No he dicho que vaya a hacerlo. ¿Llevas mucho ahí?»
«Venía a preguntar si querías pan en la sopa. En el mar la coméis así, ¿no?»
Nina calentó la sopa y partió pan dentro. Sonó su teléfono. Una mujer de la piscina preguntaba si podían adelantar media hora la clase del viernes.
«Esa media hora no. Nado yo».
La respuesta llegó enseguida: «Pues ven antes. Y si pierdes, no vuelvas a echarle la culpa al calentamiento».
Nina soltó una carcajada. «Medio cuerpo. Nada más. El viernes repetimos».
Anna conocía aquella risa y el pequeño movimiento con que se alzaba la barbilla. No conocía el medio cuerpo.
A la sopa le faltaba sal. Nina acercó el salero. Anna añadió un poco, probó y añadió más. Nina recuperó el frasco y apretó la tapa.
«¿Mamá devolvió la cama médica?»
«Dijo que esta semana. La última vez seguía allí».
«Le prometí ayudarla y volver a colocar la mesa. Vamos esta tarde y cenamos con ella. Ven conmigo».
«¿Ahora? Estoy lista en un minuto».
«Terminemos. Hay que contarle lo de la fusión. Todavía cree que mañana recogerá a una persona».
«Se lo digo yo». Nina abrió la conversación de su madre y volvió a cerrarla. «¿No sería mejor en persona?»
«En vídeo también nos vemos». Anna se terminó la sopa.
A la una y media llamó su madre. ¿Seguía el Centro en la misma calle? La ubicación que le habían enviado mostraba un aparcamiento.
En la pantalla, el teléfono estaba apoyado contra una pila de libros. Detrás ya no se veía la cama médica, sino la mesa antigua cubierta de cajas a medio abrir.
«¿Dónde está la cama?»
«Devuelta».
«Dije que te ayudaría».
«Un día más y cobraban otro mes. Los repartidores podían llevársela».
«¿Y la mesa? No la moviste tú sola, ¿verdad?», preguntó Nina.
«Les pagué para que lo hicieran».
Su madre arrastró una silla dentro del encuadre. Había protectores nuevos bajo las patas. Se agachó para presionar uno y volvió a levantarse apoyándose en la mesa. Anna observó cómo las rodillas se doblaban y se estiraban sin detenerse.
«Mamá, siéntate». Nina estabilizó el teléfono. «Tenemos que decirte algo. No vamos a fusionarnos».
Su madre se quedó quieta.
Anna dejó la cuchara sobre la mesa. «Nina ya no quiere».
Su madre miró un lado de la pantalla y luego el otro. «¿Ha pasado algo?»
«No ha pasado nada». Nina miró a Anna. «He cambiado de opinión. Anna se ha enterado hoy».
«¿Y el riesgo para la memoria? ¿Habéis preguntado?»
«Sí. El Centro dice que ayuda hablar a menudo del pasado. También queremos que nos cuentes más cosas de cuando éramos pequeñas».
«Bien. Antes, en cuanto empezaba, decíais que ya lo habíais oído. Esta vez no me metáis prisa». Su madre acercó la silla y se sentó. «Entonces, ¿a partir de ahora tendré dos hijas?»
«Sí».
Contestaron a la vez. Su madre sonrió.
«Siempre tuve un poco de envidia de las madres de gemelas».
Nina se rio primero. Anna miró a su madre y también sonrió.
Después de la llamada cancelaron la cita. Nina dejó vacío el motivo, introdujo su propio nombre y completó la verificación. El teléfono de Anna vibró al mismo tiempo.
Solo les devolverían la mitad. Nina quiso dárselo todo a Anna; Anna recordó que ambas habían pagado. El billete del barco, el contrato que Anna no renovó, seis meses de gastos comunes: cosas que tras la fusión no habría hecho falta separar debían ahora aparecer una por una y recibir un dueño.
«¿Tienes libre el martes que viene? Podemos comer con mamá y mirar los álbumes viejos».
«Aún no sé qué haré la semana que viene».
«Te preguntaré más adelante».
Sobre el apartamento, Anna prefirió no decidir nada. Nina podía buscar algo más cerca de la piscina. Anna dijo que no era necesario.
Guardó el cargador y el neceser en la bolsa pequeña. Nina intentó levantar la bolsa impermeable y se detuvo por el peso.
«¿Te llevas esta también? Puedo cargarla».
«Déjala. Volveré a buscarla».
Nina la devolvió a su sitio y no ayudó más con el equipaje.
Iban a visitar juntas a su madre. Sin embargo, ante la puerta, Anna se detuvo.
«Hoy voy sola».
«Acabas de pedirme que vaya».
«Eso quería hace un momento. Ahora necesito estar con ella a solas».
Nina mantuvo la mano en el picaporte, guardó las llaves, se quitó el abrigo y dejó libre el paso.
«Avísame cuando llegues».
En el rellano del segundo piso, Anna cambió la bolsa de mano. La puerta seguía abierta arriba. No miró atrás.
La puerta de su madre también estaba abierta. Una colcha se secaba sobre una silla del pasillo. Anna llamó dos veces. Su madre apareció y miró detrás de ella.
«¿Y Nina?»
«Le he pedido que hoy no venga todavía».
Con la mesa de nuevo junto a la ventana, la habitación parecía mayor que en el vídeo. Cuatro marcas pálidas señalaban dónde había estado la cama. Las plantas habían vuelto. Una maceta seguía en el suelo, sobre un plato.
Anna la levantó.
«No la pongas en la ventana. Le da demasiado sol», dijo su madre.
Ya había un espacio despejado junto a la estantería. Anna dejó allí la planta.
La última caja contenía platos envueltos en periódicos.
«¿Tienes hambre?»
«Ya he comido».
«Entonces ayúdame a lavarlos».
Anna se remangó. El grifo aún salpicaba si se giraba a medias hacia la derecha; lo hizo retroceder un poco. El agua pasó sobre la piel endurecida de sus manos y los callos en la base de los dedos.
Su madre desenvolvía los platos y, al entregárselos, le tocó la mano.
«En tu cuarto hay dos cajas junto a la cama. Mételas debajo y tendrás sitio».
«Solo me quedo una noche».
«También por una noche necesitas dónde poner los pies».
La mano de su madre se detuvo a mitad del gesto.
«¿Fue duro allí? ¿Comías bien?»
«Los dos primeros meses, sí. Luego hubo menos cosas frescas. Las dos últimas semanas, casi solo judías».
Su madre se rio. «De pequeña no las soportabas».
«Después miraba cada plato para comprobar si llevaba».
«Las enterrabas en las macetas».
«En la azul de la ventana. Creía que no lo sabías».
«Regabas la planta después de cada comida. ¿Cómo no iba a saberlo?»
«Hasta me traías la regadera».
«Quería ver qué hacías después. Regar, remover la tierra… Más trabajo que comértelas».
Su madre observó sus manos. «¿Y esto?»
«Las cuerdas. Hace semanas que ya no duele».
Tomó la mano de Anna y pasó despacio el pulgar sobre los callos. El agua bajó por la muñeca hasta la manga. Su madre la secó con un paño. Anna no retiró la mano.
Cuando terminaron, escribió a Nina: Ya estoy. Nina respondió: Bien. Poco después envió una foto de la lista de gastos sin resolver.
Unos minutos antes había llegado otro mensaje de la estación. El jefe podía reservarle un puesto hasta final de mes.
Anna apagó la pantalla.
Su madre trajo dos vasos de agua y se sentó enfrente. Anna volvió a encender el teléfono y abrió el vídeo de dieciocho segundos.
«Ese día. ¿De qué os reíais?»
Su madre subió el volumen. El viento del altavoz cubría su propia voz. Lo vio una vez y luego otra.
«No me acuerdo».
Anna extendió la mano, pero su madre conservó el teléfono.
«El coche no nos encontraba. Nina me dijo que esperara junto a la puerta mientras ella salía a la calle».
«¿Esto fue cuando volvió?»
«Supongo. Había un coche averiado delante y el conductor nos pidió salir por detrás».
Anna señaló la imagen detenida. «¿No es la entrada principal?»
«No. La principal tiene un tejadillo. La última vez que viniste salimos por allí».
Su madre apartó el vaso y dibujó una ruta con el dedo sobre la mesa.
«Mi habitación estaba aquí. Al salir había dos ascensores. Normalmente íbamos a la izquierda, pero aquel día estaban moviendo cosas. Seguimos a los hombres que llevaban sábanas y tomamos el de la derecha. Abajo salimos a la lavandería».
Anna siguió con la mirada el recorrido bajo el dedo de su madre.
«¿Salisteis por la lavandería?»
«Había una puerta estrecha. Nina empujaba la silla prestada y no conseguía girarla. Yo ya me había levantado y ella seguía peleándose con la silla».
Su madre se rio. Después volvió a mirar la imagen.
«Aunque creo que no nos reíamos de eso».
El vídeo estaba detenido en la mano extendida de Nina. Anna dejó el teléfono junto al vaso y no volvió a pulsar reproducir.
«¿Y después?», preguntó.
Una reescritura literaria autónoma en español del manuscrito chino definitivo de Han Qin.