Cuando el sistema triunfa, ¿qué queda de la persona?
Un problema sin villanos
Imaginemos una empresa eficiente, previsible y razonablemente generosa. Nadie humilla a nadie; los objetivos son claros y las evaluaciones parecen justas. Aun así, tras varios años, una persona descubre que sabe explicar su próximo ascenso, pero ya no sabe responder qué clase de vida quiere. El sistema no le ha prohibido elegir. Ha logrado algo más sutil: ha vuelto naturales sus propias metas.
La teoría Self-as-an-End (SAE) parte de esa escena. Su primera pregunta no es si los directivos son buenas personas, sino si la estructura sigue reconociendo a cada individuo como fuente última de sus propios fines. Un sistema puede funcionar a la perfección y, precisamente mediante ese funcionamiento, reducir a quienes lo habitan a medios para objetivos que no eligieron.
De la exhortación moral al criterio estructural
«No tratar a nadie meramente como medio» suele entenderse como una obligación entre individuos. SAE conserva esa dirección kantiana, pero la traslada al diseño institucional. Una escuela puede convertir al alumno en tasa de admisión; un hospital, al paciente en tiempo de rotación; una plataforma, al usuario en minutos de atención. Contar no siempre es ilegítimo. El problema aparece cuando la descripción instrumental adquiere la última palabra sobre quién es alguien.
La dignidad, entonces, no es solo sentirse respetado. Es una posición que una institución reconoce o niega. Una persona conserva esa posición cuando puede fracasar, disentir, desviarse o dejar de ser útil sin convertirse por ello en material defectuoso que debe corregirse o descartarse.
SAE no está contra los sistemas
Las sociedades complejas necesitan normas, infraestructuras y procedimientos. Con frecuencia, una regla impersonal protege mejor al vulnerable que la benevolencia ocasional del poderoso. El problema no es que existan sistemas, sino que olviden dónde termina su competencia.
Pueden proporcionar información, seguridad y recursos. No pueden decidir qué vida merece ser vivida. Pueden coordinar una tarea común, pero no escribir el motivo de la existencia de cada participante dentro de su misión. La frontera tampoco coincide simplemente con coacción y consentimiento: alguien puede consentir sinceramente la única opción que la estructura ha dejado visible.
La primera prueba SAE
Ante cualquier institución exitosa conviene preguntar: cuando alcanza sus objetivos, ¿qué ocurre con las personas que contiene? ¿Pueden rechazar, cambiar de rumbo y existir sin justificar constantemente su utilidad? ¿O el éxito exige que sus vidas se vuelvan más uniformes y sus salidas más costosas?
SAE no prescribe una vida correcta. Protege un lugar que debe permanecer sin ocupar: la respuesta final a «¿por qué vivo así?» no puede venir del sistema. Una institución puede ser poderosa y necesaria. Lo único que no puede ser es la fuente de los fines de las personas a las que sirve.