Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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007 / 108 · Llegar a ser uno mismo

Soñar a Zhuangzi

El jardín de lacas, los peces del Hao, el sueño de una mariposa: volver, después de cada corte, hacia lo que nuestra construcción deja fuera.

I. El funcionario del jardín

De Zhuangzi apenas sabemos nada.

Sima Qian le dedica dos párrafos breves en las Memorias históricas, dentro de las vidas de Laozi y Han Fei. Un hombre de Meng llamado Zhou. Había sido funcionario del jardín de lacas; vivió en tiempos del rey Hui de Liang y del rey Xuan de Qi. El historiador le atribuye un libro de más de cien mil palabras, compuesto sobre todo de fábulas. Es un perfil trazado en época Han, no un expediente cuyos detalles hayan sido corroborados uno por uno.

No da año de nacimiento ni de muerte. No cuenta su infancia, su familia ni su educación. De la carrera administrativa queda un nombre: funcionario del jardín de lacas.

Se suele entender que administraba un jardín de árboles de laca. Un cargo pequeño en el mundo de los Reinos Combatientes. La denominación permite ver a Zhou en contacto con una institución; no permite reconstruir todos sus empleos ni asignarle un escalafón administrativo actual.

Después, el texto nos conduce a una negativa.

¿Cómo abandonó el jardín? ¿Lo despidieron, renunció, terminó un mandato? La crónica guarda silencio. Dejemos el hueco abierto. La fuerza de esta biografía no está en los trámites de salida, sino en lo que responde ante una nueva invitación.

Según el Shiji, el rey Wei de Chu oye hablar de su valía. Envía mensajeros con regalos espléndidos y ofrece a Zhou un alto cargo ministerial. Zhou se ríe. El historiador conserva esa risa.

El oro es un gran beneficio, el ministerio una posición honorable. Pero ¿han visto el buey destinado al sacrificio? Lo alimentan durante años, lo visten de brocado y lo llevan al gran templo. Llegado ese momento, ¿podría elegir ser un cerdito solitario?

Váyanse, viene a decirles. Prefiero jugar libremente en una zanja sucia a dejar que un dueño de reino me ponga el freno. Sin cargo, podré seguir mi propia inclinación.

No desconoce lo atractivo de la oferta. Ve lo que la oferta compra. Crees recibir el honor más alto y quizá ya te han requisado para un fin ajeno. Cuanto más hermoso el bordado, más lejos queda la libertad del cerdito.

El empleo pequeño y el gran ministerio son los dos extremos del cuadro. No hace falta que Zhou haya recorrido personalmente cada peldaño. La pregunta ya está planteada: cuando un puesto te eleva, ¿te entrega también a los propósitos de otro? Puede cambiar la tela sin que cambie la cuerda.

Este ensayo encuentra aquí su primer movimiento de regreso. No una carrera completa que demuestre que Zhou lo sabía todo. Un hombre se ríe y se niega a que la máxima recompensa decida quién debe ser.

II. La piedra de afilar

Zhuangzi tenía un amigo. O un adversario. O ambas cosas.

Hui Shi, también llamado Huizi, fue un pensador de los Reinos Combatientes célebre por sus discusiones, incluido después en la Escuela de los Nombres. El Zhuangzi lo presenta como ministro de Liang y lo hace conversar una y otra vez con Zhou. Uno ocupa el puesto elevado; el otro aparece como quien lo rechaza. Desde lados distintos de la estructura, sus palabras siguen alcanzándose.

Son algunos de los diálogos más hermosos de la filosofía china.

En Aguas de otoño, alguien advierte a Huizi que Zhuangzi ha venido a quitarle el cargo. Asustado, el ministro ordena buscarlo durante tres días y tres noches. Zhuangzi llega por su propio pie y cuenta una historia.

Un ave extraordinaria vuela del mar del Sur al mar del Norte. Solo descansa en el árbol parasol, solo come semillas de bambú, solo bebe agua dulce de manantial. Un búho ha encontrado una rata podrida. Cuando el ave pasa por encima, levanta la cabeza y la amenaza con un grito: teme que le roben su presa.

¿Quieres tú amenazarme así con tu reino de Liang? La pregunta vuelve minúsculo el tesoro que su dueño defendía con todas sus fuerzas.

En estos textos Huizi es la piedra de afilar de Zhuangzi. Distingue términos, examina razones y pregunta en qué se sostiene una afirmación. El argumento del caballo blanco que no es caballo pertenece más directamente a Gongsun Long. No necesitamos atribuírselo a Hui Shi para sentir el filo de aquel mundo de discusión.

Llamemos «cincelar» al trabajo de distinguir. Cuando el cincel llega al límite, ¿qué queda? La escena más conocida ocurre en el puente sobre el Hao.

Los dos pasean. Zhou mira los peces y dice: nadan con tanta soltura; esa es su alegría.

No eres pez, responde Huizi. ¿Cómo sabes que los peces están contentos?

No eres yo, replica Zhou. ¿Cómo sabes que yo no lo sé?

Huizi aprieta el argumento. Yo no soy tú y no te conozco. Pero tú ciertamente no eres pez; queda establecido, por tanto, que no conoces su alegría.

Volvamos al principio, dice Zhuangzi. Preguntaste de dónde conozco la alegría de los peces. Ya me preguntabas como a alguien que sabe. La conozco desde aquí, sobre el Hao.

La expresión an zhi permite un juego entre cómo y dónde se sabe. La réplica final no tiene por qué ser una prueba lógica rigurosa. Podemos oír otro acento: antes de declarar que están separados de manera absoluta, los interlocutores ya se encuentran en el mismo puente, ante el mismo río.

«No eres pez» es un corte. «Por tanto, no puedes conocer al pez» es otro. El primero establece una diferencia. El segundo todavía debe explicar por qué la diferencia impediría necesariamente comprender. Interrogamos una inferencia, no un supuesto nihilismo del Hui Shi histórico ni la lógica entera.

La última frase nos hace volver al encuentro que las distinciones no han agotado. El hombre no es el pez; la diferencia sigue ahí. Pero estar juntos en este lugar tampoco queda anulado automáticamente por ella.

A ese resto de la experiencia lo llamamos «antes del corte». Segundo regreso. La distinción ha hablado; no lo ha dicho todo.

III. El canto y la vasija

La alegría suprema cambia la escena. Ha muerto la mujer de Zhuangzi.

Huizi llega para dar el pésame. Encuentra a Zhou sentado con las piernas abiertas, golpeando una vasija y cantando.

Vivieron juntos, ella crio hijos, envejeció y murió. No llorar sería ya bastante; pero ponerse a cantar mientras golpea una vasija, ¿no es ir demasiado lejos? La objeción de Huizi conserva todo su peso.

Zhuangzi responde que al principio sí estuvo afligido. ¿Cómo no iba a estarlo? Después miró hacia el comienzo: no había vida, ni forma, ni siquiera aliento vital. En lo indistinto, una transformación produjo aliento; el aliento pasó a forma y la forma a vida. Ahora otra transformación conduce a la muerte, como transcurren primavera, verano, otoño e invierno.

Ella descansa en la gran estancia del cielo y la tierra. Seguir sollozando a su lado le pareció no comprender esa transformación de la existencia. Por eso se detuvo.

Podríamos escuchar una orden: todo es natural, no hace falta llorar. Sin embargo, el relato no empieza ahí.

Empieza con dolor. ¿Cómo habría podido no sentirlo? El orden importa. No era un hombre situado por encima de la aflicción desde el primer momento.

Luego viene la mirada hacia atrás. Muerte, vida, forma, aliento, lo todavía indistinto. Cada paso hace retroceder el punto de observación. El final pierde el derecho exclusivo a explicar toda la historia.

El dolor es el cincel. La muerte ha cortado un vínculo vivido; en la herida queda la pena. El Zhou de esta escena no la niega. Se deja empujar por ella hacia un antes: antes de la muerte, de la forma, del aliento.

Este ensayo llama Hundun a esa lejanía.

Vida y muerte quedan dentro de una transformación mayor, no como dos mundos sin relación. Pero las estaciones no prometen que la misma persona regrese como la primavera. Tampoco fijan a ningún doliente un plazo para terminar de llorar. Lo que cambia es el lugar desde el que Zhou, en esta historia, mira la muerte.

Deja de llorar. El amor permanece; la pérdida también. Solo que ya no contempla la vida de su mujer únicamente desde su final. Hablar de volver «antes del amor y la pérdida» es nuestra metáfora filosófica, no borrar la existencia irrepetible de ella.

Tercer regreso. El corte de la muerte es real, pero no contiene toda la transformación.

IV. El sueño de la mariposa

Ahora podemos entrar en el sueño más famoso.

Zhou sueña que es una mariposa. Revolotea, satisfecha con su vida, sin saber nada de Zhou. Despierta de pronto: es inequívocamente Zhou. ¿Soñaba Zhou que era mariposa, o sueña una mariposa que es Zhou? Entre ambos tiene que haber una distinción, dice el texto. A esto lo llama transformación de las cosas.

Dentro del sueño, ser mariposa llenaba el mundo. Al despertar vuelve la evidencia de ser Zhou. Pero al colocar juntas ambas certezas ya no resulta tan sencillo nombrar a una, sin examen, juez definitivo de la otra.

Realidad e ilusión, vigilia y sueño, identidad y cambio: se abren varias preguntas. No vamos a ordenar sus lecturas por mérito. Seguimos una: quien exige determinar «quién», ¿puede aflojar la mano con que sujeta su propio nombre?

La mariposa sueña a Zhuangzi. Llamémoslo A. «No saber de Zhou» hace retirarse un nombre familiar. No convierte a la mariposa en un animal sin sentidos ni distinciones. Simplemente, la identidad Zhou ya no ocupa todo el espacio. Una vida que ese nombre no fija sueña a una persona con nombre.

Zhuangzi sueña a la mariposa. Llamémoslo B. Alguien familiarizado con su identidad entra, dormido, en una vida que su antiguo nombre no gobierna.

No recibimos un veredicto final entre estas dos direcciones.

A y B no son una proposición y su negación formal. En la lógica clásica, eliminar la doble negación devuelve A. Esa regla no demuestra que Zhou haya dejado atrás la lógica.

Aquí «negación de la negación» nombra un giro de lectura: no dejarse inmovilizar por una respuesta y tampoco apresurarse a instalarse en su rival. Regresar al no saber.

No es un tercer estado del universo demostrado. Es un lugar donde detener la lectura. Antes de decidir a quién pertenece el sueño de quién, ver cómo el sueño trastorna la evidencia de «quién».

El texto afirma expresamente la diferencia entre Zhou y la mariposa. No debemos saltarnos esa frase. Lo que se afloja no es la diferencia, sino el impulso de dejarla clavada para siempre.

En wuhua, la transformación de las cosas, este ensayo lee una identidad que cambia sin borrar todas las diferencias ni convertirse en prisión. No pretende agotar el significado del término. Volver al lugar donde pueden surgir ambos relatos es nuestra prolongación filosófica. Por ahora lo llamamos no saber.

Regresan las escenas anteriores. Del jardín y el ministerio hacia el antes del papel social; del Hao hacia lo que no agota la separación entre sujeto y objeto; de la vasija hacia el antes del final de una vida. El sueño nos lleva más lejos: allí donde la propia pregunta «quién soy» deja de ser obvia.

Este hilo desemboca en otra fábula y en otro nombre.

V. Hundun

Al final de Responder a emperadores y reyes aparecen tres soberanos: Shu al sur, Hu al norte y Hundun en el centro.

Shu y Hu suelen reunirse en casa de Hundun, que los recibe generosamente. Desean agradecerle su hospitalidad. Todos los humanos tienen siete orificios para ver, oír, comer y respirar; él es el único que no. Se proponen dárselos.

Abren un orificio cada día. Al séptimo, Hundun muere.

La fábula puede ser una llave para leer a Zhuangzi.

Los orificios son capacidades. Los ojos distinguen luz y oscuridad; los oídos, sonido y silencio. Hacen posible reconocer el mundo. En nuestra imagen, cada uno es también una cuchilla.

Los visitantes no quieren matar. Confunden una diferencia con una carencia. Desean volver normal a su anfitrión. Su buena intención es sincera; la muerte no deja de ser su resultado.

Hundun aparece aquí como una vida todavía no tallada a la medida ajena. La capacidad no es el mal. El peligro surge cuando se convierte en la única forma que todos deben tener. Los huéspedes regalan su normalidad sin dejar espacio a la manera de vivir de Hundun.

Un orificio más, un poco menos de Hundun. Cuando el equipamiento está completo, ya no existe aquel a quien querían ayudar.

Coloquemos alrededor las escenas anteriores.

La institución da un cargo, pequeño o grande, y vuelve visible una posición. Pero reducir a alguien a su cargo ya es vestir al buey del sacrificio.

La diferencia entre persona y pez permite juzgar. Convertida en un muro absoluto, excluye un encuentro que aún debe comprenderse.

La dirección del nacimiento a la muerte hace mensurable la existencia. Mirarla solo desde el final hace olvidar la transformación anterior incluso a la forma.

Un nombre permite decir yo. Si lo congelamos, oculta el movimiento de la metamorfosis.

Ver, razonar, tener identidad, vivir en instituciones: todo eso sirve. Servir no dispensa de preguntar qué tapa cada ganancia. La «muerte de una parte de Hundun» es la imagen que damos a ese precio.

Los textos de Zhuangzi emplean también lenguaje, distinciones y argumentos. No pueden reducirse al rechazo de toda diferencia. Sin embargo, vuelven a empujar al lector hacia fuera de la construcción. Ha quedado demasiado excluido para declarar terminado el trabajo.

Hundun.

Nuestra doble negación une dos movimientos: un corte divide una continuidad; la estructura resultante desprecia como inútil aquello que no puede alojar. El valor excluido exige revisar el comienzo. Es un camino interpretativo, no una fórmula en la que dos negaciones produzcan automáticamente Hundun.

La utilidad de lo inútil. La larga vida de la madera inservible. El canto de la vasija. La transformación de la mariposa. Cada corte obliga a regresar; cuanto más hondo se corta, más lejos alcanza el regreso.

VI. La distancia respecto a los otros tres

Pongamos ahora juntos cuatro ensayos.

En esta imagen comparativa, Nietzsche prueba los valores con un martillo. La muerte de Dios sacude sus fundamentos heredados; la verdad es interrogada desde las metáforas y la creación humana. Una persona finita todavía debe dar razones a sus actos.

Seguir produciendo sentido a sabiendas de la muerte es la formulación de esta serie, no un término técnico de Nietzsche. Tampoco su obra cabe en la afirmación de que nunca se volvió hacia otro. Proseguimos una pregunta: ¿cómo puede la autosuperación desembocar en reconocer a los demás sin usarlos como simple material?

Kant distingue mediante la razón: fenómeno y cosa en sí, condiciones a priori y experiencia, imperativo categórico e hipotético. No corta el mundo en dos objetos que luego puedan coserse. La Crítica del juicio aborda una transición entre naturaleza y libertad; el puente resulta una metáfora pertinente, aunque limitada.

Limitar el conocimiento también puede abrir espacio a la libertad y la acción moral. Una frontera no sirve únicamente para encerrar.

Wang Yangming se vuelve hacia el corazón-mente. El recuerdo del bambú, Longchang, la mente como principio, la unidad de saber y actuar, la extensión del conocimiento innato: aparta el polvo de deseos, hábitos y prejuicios. Se parece a un arqueólogo que despeja la tierra para encontrar un tesoro.

Pero el cultivo no se retira del mundo a una habitación interior. Debe darse en los asuntos concretos. Los actos siguen siendo juzgables; una victoria militar no verifica una filosofía.

Las fábulas de Zhuangzi llevan la mirada al lado de quien recibe el cincel. ¿Qué ocurre con lo no visto al constituirse la visión? ¿Dónde queda lo desconocido cuando se instala el saber? Al juzgar moralmente, ¿hemos borrado de antemano una vida difícil de clasificar?

No significa que bien y mal sean indistinguibles. Pregunta por el precio de una medida en el momento en que se aplica.

El martillo de Nietzsche avanza hacia la creación. Los límites kantianos señalan dónde la razón no puede pretender saber. El giro de Wang modifica cómo se busca y practica el principio en los asuntos. La figura de Zhuangzi, en cambio, es empujada hacia el antes del corte: no tener orificios puede aparecer como integridad propia, no como defecto.

El ensayo le reserva esa posición del lado del resto. No supone que los otros tres jamás pensaran en pérdidas, límites o realidades irreductibles. Es un cambio de iluminación, no un escalafón definitivo.

Martillo, bisturí, paleta de arqueólogo; enfrente, Hundun bajo la cuchilla. Desde ahí construir también se ve como perder. El progreso no borra su coste.

Lo que esta lectura se lleva no es, por tanto, un simple «no cinceles». Es: después de cincelar, vuelve la mirada. Hacia Hundun, hacia el país de nada, hacia lo que tu corte no puede agotar. Es la frase que conserva un lector, no una cita inventada de Zhuangzi.

En la fábula Hundun sí muere. No podemos absolver a los visitantes bienintencionados suprimiendo el resultado. En nuestra prolongación filosófica, su nombre designa a la vez otra cosa: el mundo no queda agotado por las distinciones ya construidas.

Cuanto más hondo el corte, más lejos retrocede lo no agotado. La estructura puede estar completa; la pregunta por el resto no. Los relatos nos devuelven allí para que veamos qué ha dejado atrás la culminación.

VII. El país de nada

Huizi habla de un árbol enorme que posee: un ailanto. El tronco es nudoso, no se ajusta al cordel; las ramas retorcidas desafían compás y escuadra. Está junto al camino, pero ningún carpintero lo mira. Tus palabras, dice a Zhuangzi, son iguales: grandes e inútiles, rechazadas por todos.

La respuesta no consiste en enderezar el árbol.

Plántalo en el país de nada, en la extensión abierta, propone Zhou. Pasea sin asuntos que resolver a su lado. Duerme libremente bajo sus ramas. Ninguna hacha acortará su vida. Si no tiene nada que suministrar, ¿qué podría afligirlo?

El país de nada. Un nombre que abre espacio en lugar de anunciar un propietario.

Se puede leer como fuga. Aquí seguimos otra posibilidad: una posición filosófica. Cuando el uso establecido deja de ser la única medida, ¿dónde encuentra lugar una vida declarada superflua?

El árbol útil cae. Se convierte en viga, mueble, ataúd. Su valor como material se vuelve causa de su muerte.

El árbol inservible continúa en pie. El carpintero pasa de largo. Excluido del orden de los materiales, gana un tiempo que ese orden no le habría permitido: una vida no acortada por el hacha.

La utilidad de lo inútil invierte la medida dentro de una fábula. No garantiza la seguridad de toda persona excluida. Fuera de las instituciones también se sufre daño. No hay que idealizar el destierro.

Lo que se guarda es el espacio para que una vida siga creciendo sin probar antes que produciría buena madera.

El buey bordado entra en el templo: útil, muerto. El árbol torcido permanece junto al camino: inútil, vivo. Las dos figuras se iluminan mutuamente.

El Zhuangzi de este ensayo elige la madera inservible. La invitación que el rey manda por sus emisarios muestra que negarse no siempre significa incapacidad. El árbol muestra que ser inaprovechable no equivale a carecer de valor.

No hace falta convertir cada ministerio en altar. Basta con detener un instante la lista donde todo puede requisarse. El país de nada ofrece sitio a esa interrupción.

VIII. Cuatro hombres

Regresemos al puente imaginado por esta serie. No es una reunión histórica, sino un cuadro en el que cuatro caminos de pensamiento se vuelven visibles.

Kant y Wang Yangming están a la entrada. Nietzsche se acerca desde la negación.

Zhuangzi no está sobre el puente.

Está debajo. En el agua. En el Hao, con los peces.

El puente une esta orilla y aquella. Pero en nuestro cuadro la oposición entre orillas es ya el resultado de una distinción. Antes está el agua. Colocar a Zhou dentro de ella permite ver lo que el paso construido corre el riesgo de olvidar.

Kant mira el Reino de los Fines; Wang, la claridad del corazón; Nietzsche camina. Abajo, Zhou alza la vista y sonríe.

No se opone al puente. El puente es bueno: permite cruzar. Su sonrisa añade una pregunta al cuadro. Construir tiene un precio. ¿Qué oculta la forma que hemos conseguido?

Identidad y contradicción, espacio-tiempo y causalidad, vida y conciencia, sentido de la existencia finita y no-duda: la sucesión de peldaños pertenece a nuestra construcción, no a una profecía de Zhuangzi. Los primeros artículos hablaron de diez capas. Sus números no se pueden convertir directamente en las direcciones DD actuales.

Sí podemos nombrar la dirección: un sujeto es un fin, no meramente un medio. Non dubito significa no vacilar respecto a ese hecho estructural, no creer que uno siempre tiene razón.

El sujeto que se da su propia ley, 15DD, puede reconocer al otro como fin sin esperar reconocimiento a cambio. El ideal de non dubito mutuo, 16DD, es el reconocimiento recíproco sostenido en todos los asuntos de una vida compartida. No queda realizado por una sola cooperación exitosa.

Poner estos términos en el cuadro permite formular una pregunta de hoy. No recluta a un antiguo pensador como autor de nuestra teoría.

La pregunta llamada Hundun sigue presente. Por altos que sean los peldaños, lo que no agotan no desaparece. La vieja fábula encuentra una pregunta nueva, no para demostrarla por adelantado, sino para hacernos mirar otra vez.

Cuatro hombres. Nietzsche sacude los fundamentos de los valores; Kant formula la condición de la persona como fin; Wang lleva el conocimiento innato a la acción; Zhuangzi nos hace bajar los ojos hacia el agua. Cada silueta es selectiva. Ninguno ha terminado por los demás todo su trabajo.

El agua no ha acabado de contar los peldaños. Sigue corriendo por debajo.

Mezclados en lo indistinto, antes de que se fijen las formas.

El país de nada.

No necesita alcanzar la entrada del puente. Ya está en el agua. El agua no necesita puente.

Notas de lectura y fuentes

El Shiji, capítulo 63, es una biografía posterior. Los diálogos del Zhuangzi se leen como escenas filosóficas transmitidas, no como transcripciones o una cronología segura. El jardín no demuestra que aquel fuera su único cargo ni que jamás volviera a ejercer otro.

El ave, la rata y el diálogo del Hao están en Aguas de otoño; la vasija en La alegría suprema; la mariposa en Igualar las cosas; Hundun en Responder a emperadores y reyes; el árbol en Libre errancia. Citas y paráfrasis se han vertido del texto clásico. El caballo blanco no se atribuye a Hui Shi. An zhi y wuhua permiten diversas lecturas.

Cincel, construcción, resto, doble negación y escena del puente pertenecen a la interpretación y la imaginación literaria del autor. A y B no son contradictorios lógicos. Las diez capas tempranas no equivalen a las direcciones DD actuales. Non dubito mantiene abiertos a la crítica los juicios y los actos.

El fin en sí mismo de Kant es un punto de contacto intelectual con el nombre Self-as-an-End, no una doctrina idéntica. Las comparaciones son selectivas; los triunfos militares de Wang no prueban su pensamiento. El duelo narrado no impone normas a quien pierde a alguien, ni el árbol inútil garantiza la seguridad de los excluidos.

Memorias históricas, capítulo 63: Zhuangzi · Zhuangzi, Aguas de otoño: el ave, la rata y el Hao · Zhuangzi, La alegría suprema: vasija y duelo · Zhuangzi, Igualar las cosas: mariposa y transformación · Zhuangzi, Responder a emperadores y reyes: Hundun · Zhuangzi, Libre errancia: árbol y país de nada

Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。