051 / 108 · Trazar los límites de la verdad
Sartre: el infierno son los otros
La puerta está abierta. ¿Por qué se queda? Del veredicto ajeno a las decisiones, la historia y la intimidad: libertad no es omnipotencia, y los otros no tienen por qué ser siempre el infierno.
I. La puerta ya se ha abierto
Una habitación, tres personas, ningún espejo y una luz que nunca se apaga. Cuando A puerta cerrada llegó al escenario en 1944, el infierno se parecía inquietantemente a un salón.
Garcin necesita que alguien le confirme que no es un cobarde. Inès se niega a expedirle el certificado. Estelle también depende de la atención ajena. Lo que cada uno exige de los demás convierte la convivencia en tormento.
Pero el detalle decisivo no es solo una cerradura. La puerta se abre y Garcin no se marcha. Todavía necesita que Inès cambie su veredicto. Su cuerpo podría salir; quien espera una aprobación definitiva se queda.
El infierno son los otros dice, por tanto, algo más incómodo que la observación de que la gente puede resultar pesada. Entregue a alguien el poder exclusivo de resolver quién es usted y quizá quede preso de su decisión. El sufrimiento de los personajes tampoco borra el daño que ellos han causado.
Sartre rechazó después expresamente que la frase condenara todas las relaciones humanas. Los vínculos deformados pueden convertirse en un infierno. La existencia de otra persona no cancela de manera automática nuestra libertad.
No empecemos, entonces, por la soledad como único refugio. Empecemos por una pausa conocida: la puerta está abierta y usted sigue esperando que alguien le conceda permiso para ser quien es.
II. Una raíz
En La náusea, publicada en 1938, Roquentin mira la raíz de un árbol y descubre que los nombres y las explicaciones han perdido su habitual efecto tranquilizador. Decir raíz ya no parece contener aquello que existe tercamente ante él.
Solemos colocar las cosas dentro de sus usos: un banco, un camino, un árbol del parque. Las descripciones siguen disponibles, pero la existencia desborda ese encaje familiar. La raíz no está ahí porque él la explique ni le garantiza que tuviera necesariamente que estar.
La novela hace sentir el desconcierto como náusea. No descubre que las raíces carezcan de funciones biológicas ni sostiene que el malestar físico conceda autoridad filosófica. Una pregunta habitualmente tapada se vuelve incómodamente presente.
Roquentin se reconoce en esa extrañeza. También él existe sin un manual previo que haga necesaria su presencia particular. La contingencia lo perturba, pero no demuestra lógicamente que su vida carezca de valor.
El ateísmo de Sartre rechaza un artesano divino que asigne a cada ser humano un uso previsto. Es la posición filosófica desde la que argumenta, no un anuncio del ensayista de que las preguntas de todos los lectores sobre Dios y el sentido estén ya resueltas.
No estar diseñado para una función predeterminada y no merecer vivir son juicios distintos. Perder la primera garantía no obliga a aceptar el segundo como la única frase que queda por decir.
III. No somos un abrecartas
La conferencia parisina de 1945 apareció al año siguiente como El existencialismo es un humanismo. Un abrecartas introduce su fórmula más famosa: la existencia precede a la esencia.
Antes de fabricar el objeto, el artesano conoce su uso. El diseño, la finalidad y el procedimiento van por delante. Aplicar ese esquema a una persona equivale a imaginar unas especificaciones redactadas antes del nacimiento que el producto tendrá que cumplir.
Sartre se resiste a reducir a alguien vivo a esa ficha. Nací así no cierra las cuentas de una identidad. Los actos y el trato que damos a otras personas también intervienen en lo que llegamos a ser.
Eso no significa que un bebé llegue como una hoja en blanco desde fuera de los cuerpos, las sociedades y las relaciones. Una vida no completamente predeterminada no es una vida sin condiciones heredadas. La voluntad no puede convocar todas las capacidades que desea.
La conducta pasada no se cancela, pero tampoco tiene por qué sellar el futuro. Reconocer una evasión no concede una licencia permanente para volver a huir porque soy cobarde. Cambiar exige más que anunciar una identidad de reemplazo.
La fuerza de la fórmula quizá esté en el sello que se niega a poner. Usted debe responder de lo que ha hecho. Ni usted ni otra persona pueden, sin embargo, usar una sola etiqueta para declarar que ya no queda ninguna posibilidad.
IV. No podemos dejar de responder
Condenados a ser libres suena a castigo. No elegimos primero venir al mundo, pero nos encontramos ya obligados a responder. Aplazar una respuesta también puede producir consecuencias.
Sartre lleva a veces la responsabilidad tan lejos que al lector le falta el aire. Tomarlo en serio exige sentir esa presión y preguntarse cómo impedir que la responsabilidad se vuelva crueldad hacia alguien que está pasándolo mal.
Distingue la situación dada de los proyectos con los que vamos más allá de ella. La pobreza, la enfermedad, la guerra y la coacción son reales. Decidirse libre no permite atravesar una puerta cerrada. La libertad no es omnipotencia ni un reparto igual de las opciones disponibles.
En la conferencia aparece un joven dividido entre cuidar a su madre y unirse a la lucha contra la ocupación. Ambos caminos tienen razones y afectan a personas concretas. Incluso elegir consejero inclina ya la respuesta. Ninguna máxima prefabricada hace desaparecer los costes contrapuestos.
El ejemplo no prohíbe pedir consejo. Pregunta quién actúa después de escucharlo. A la inversa, reconocer la capacidad de actuar de una persona no la convierte en responsable de la opresión que otros le imponen.
La honradez no tiene que empezar declarando culpable al herido. Hay que encontrar la siguiente acción posible dentro de los límites reales, no quedarse fuera preguntando por qué el otro no echa a volar.
V. Más que una placa con el nombre
En El ser y la nada, un camarero se mueve con una precisión llamativa, como si representara la idea completa del camarero. Sartre utiliza la escena para explorar la mala fe, una forma de engañarse a uno mismo.
Trabajar con esmero no es por ello inauténtico. Tampoco un filósofo sentado a una mesa obtiene acceso seguro a la intimidad del trabajador solo por observarlo. La escena construye un ejemplo; no diagnostica a una profesión entera.
Una forma de mala fe deja que el papel lo ocupe todo. Como soy esta clase de persona, nada más me concierne. Mi cargo ordena, mi temperamento excusa, mi placa responde. Una persona viva se retira detrás de una cosa.
También existe la fuga contraria: como siempre puedo empezar de nuevo, nada de lo que hice cuenta; las promesas y las condiciones de mi cuerpo no tienen derecho a reclamarme. Reconocer solo posibilidades mientras se niegan los hechos puede ser otra evasión.
Yo soy así y ese no era realmente yo pueden sacar del cuarto la misma pregunta decisiva. La honestidad exige reconocer lo sucedido sin convertirlo en una razón para no cambiar nunca.
Al leer desde aquí el todavía no de Agustín aparece una pregunta, no un diagnóstico histórico de Sartre. Una demora puede ser evasión o preparación. Distinguirlas requiere conocer una vida; poseer un concepto elegante no basta.
VI. La mañana después de la noche
Junto a Kierkegaard, Sartre hace reconocible una inquietud: he comprendido las razones, pero nadie ha dado por mí el siguiente paso.
No es, sin embargo, lo que queda de Kierkegaard después de restarle el cristianismo. Husserl, Heidegger y la fenomenología también dan forma a sus preguntas. Una sustracción no explica el camino de ninguno de los dos.
La fe de Kierkegaard no es un seguro contra toda angustia futura. El ateísmo de Sartre tampoco abandona a un yo solitario en un universo vacío. Si Dios no firma la decisión, los amigos, los cuerpos, la historia y las demás personas no han desaparecido.
En Cuestiones de método, Sartre se enfrenta tanto a Kierkegaard como a Hegel. Preserva el sufrimiento que un concepto no puede disolver sin más, pero se niega a relegar las relaciones objetivas y las condiciones históricas a un decorado irrelevante.
La dificultad empieza a parecerse a la mañana posterior a una noche de angustia. Una decisión debe entrar en el trabajo y en las relaciones. Hay que encontrarse con la parte de sus consecuencias que ya no pertenece a uno solo.
La fe y el ateísmo siguen siendo distintos y ambos pensadores dejan preguntas difíciles. El lector no necesita repartir premios al valor mediante una caricatura en la que Dios recoge a uno mientras el otro cae para siempre.
VII. En la parada del autobús
En la Crítica de la razón dialéctica de 1960, Sartre investiga algo más que el encuentro solitario con la elección. ¿Cómo llegan varias personas a ocupar juntas una determinada relación?
Quienes esperan el autobús quieren volver cada uno a su casa. Sin embargo, el mismo sistema de transporte puede colocarlos en posiciones intercambiables. Una situación compartida no se convierte automáticamente en acción común. Cambiarla requiere más que una decisión privada dentro de cada cabeza.
La escasez, el trabajo, las instituciones y la historia entran en el análisis de la libertad. Sartre intenta pensar conjuntamente la acción individual y la práctica colectiva, sin asumir que asignar a alguien una etiqueta de clase complete la explicación de una vida.
El proyecto sigue siendo discutido y quedó inconcluso; un segundo volumen apareció después a partir de materiales póstumos. Su inacabamiento revela una dificultad. No demuestra por sí solo que la libertad personal y el análisis social sean incompatibles por naturaleza.
Sus compromisos políticos también exigen examen. La oposición al colonialismo y a la opresión convive con juicios muy controvertidos sobre causas revolucionarias y regímenes. La intención emancipadora de un intelectual no absuelve automáticamente los medios que apoya.
Queda una doble exigencia útil: no hacer desaparecer a la persona mediante las circunstancias, ni hacer desaparecer las circunstancias mediante la elección personal. Trabajar entre ambas cuesta más que gritar más alto una de las consignas.
VIII. Nadie es un personaje accesorio
Sartre y Simone de Beauvoir se conocieron en 1929 y mantuvieron un vínculo personal e intelectual hasta la muerte de él en 1980. No se casaron; hablaban de amor necesario y amores contingentes para ordenar su relación junto a otras.
Apartarse del matrimonio convencional puede ser una decisión seria. Lo habíamos acordado no demuestra, sin embargo, que todo fuera justo ni que todas las personas implicadas pudieran consentir desde una posición igualmente segura.
Las cartas, las memorias y los relatos de otras relaciones conservan celos, sufrimientos y desigualdades. No se trata solo de saber si dos pensadores famosos lograron mantener su pareja. ¿Podían negarse quienes recibían el nombre de contingentes? ¿Se tomaban en serio sus vidas?
Cincuenta y un años atestiguan un vínculo duradero, no la superioridad de un modelo. El matrimonio no tiene por qué tragarse a una persona; su ausencia no garantiza libertad. El respeto, la sinceridad y la posibilidad de marcharse importan en la relación concreta.
Beauvoir no es un apéndice que certifique la libertad de Sartre. Tiene su filosofía, sus libros y sus juicios, y puede transformar las preguntas de él. El siguiente ensayo le corresponde porque tiene algo propio que decir, no solo porque se amaran.
La negativa a convertir a las personas en instrumentos se somete a una prueba exigente en la intimidad. Cuanto más convincentemente hable usted de libertad, menos derecho tendrá a pedirle a alguien cercano que se limite a demostrar lo bien que funciona su teoría.
IX. Todavía se puede empezar
Sartre murió en París el 15 de abril de 1980, a los setenta y cuatro años. Decenas de miles de personas acompañaron el cortejo hacia Montparnasse. Una multitud mide influencia; no puede votar la verdad de una filosofía.
El grave deterioro de la vista dificultó su lectura y su escritura en los últimos años, pero continuaron las conversaciones y el dictado. No todas las preguntas estaban resueltas. La dependencia de la vejez también incomoda la imagen de alguien que gobierna enteramente solo su vida.
En el puente imaginario de esta serie lleva gafas, sostiene una pipa y escucha a los demás. No tenemos por qué convertir cada mirada dirigida hacia él en un veredicto.
Sócrates puede preguntar sin marcarlo como el hombre que cree saberlo todo. Kierkegaard puede discrepar sin plantarse a la entrada de la fe para negarle el paso para siempre.
La incomodidad no desaparece. Los juicios ajenos tienen poder: pueden ayudarnos a comprender y pueden dejarnos clavados en un sitio. Ninguna magia del puente elimina ese riesgo.
Alguien puede escuchar y responder, reconocer un daño, rechazar una definición injusta y conceder esa misma posibilidad a su interlocutor. Otra persona puede ser algo más que la mirada que me encierra: una voz gracias a la cual vuelvo a descubrirme.
Esto no concede un final feliz a A puerta cerrada. Sus personajes siguen en su habitación. Aquí hemos imaginado deliberadamente otro encuentro.
La puerta se ha abierto. Mientras vivimos, podemos preguntarnos si esta vez dejaremos de exigir un veredicto para toda la vida, saldremos y haremos algo más con otras personas.
Notas de lectura y fuentes
En A puerta cerrada la puerta se abre y Garcin permanece. La lectura atiende también a la aclaración posterior de Sartre. La raíz pertenece a La náusea; el abrecartas y el joven, a la conferencia de 1945 publicada en 1946. El camarero de El ser y la nada es un ejemplo filosófico, no un diagnóstico de trabajadores reales. Libertad no significa poder ilimitado; la mala fe puede negar hechos y compromisos además de reducir a alguien a un papel.
La investigación social de Cuestiones de método y de la Crítica no se declara imposible solo por quedar inconclusa. Los juicios políticos y los acuerdos íntimos siguen abiertos al examen ético. Beauvoir piensa por cuenta propia; los demás no son accesorios para validar la libertad de la pareja. Las comparaciones con Kierkegaard y Agustín y el puente imaginario pertenecen a este ensayo, no al texto de Sartre, y no cambian el final de A puerta cerrada.
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Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。