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Non Dubito

Una filosofía del amor · 07

Cuando los personajes le devuelven la pregunta a la teoría

Seis historias de amor: no para certificar a sus protagonistas, sino para dejar que sus decisiones pongan a prueba nuestra lectura.

Han Qin ·

Para explicar el amor, nada resulta tan cómodo como inventarse una pareja. Si necesitamos que él actúe de cierto modo, lo hará; si hace falta que ella diga una frase en la puerta, la dirá. El ejemplo queda ordenado. Y ahí está su peligro: nunca se levantará a preguntar con qué derecho lo hemos leído así.

Las historias ya escritas se resisten. Elizabeth no espera a enamorarse de Darcy para reconocer su error; Jane no anuncia por primera vez su marcha al amanecer; la prueba de Penélope quizá no pregunte si hay amor. En cuanto los personajes tienen un pasado que no hemos organizado nosotros, hay que recorrer de nuevo aquellas distinciones que parecían tan claras.

Esto ofrece también una forma de leer por qué ciertas historias de amor siguen conmoviéndonos. La familia, la posición social, un matrimonio ya existente, la guerra o los años acumulan presión sobre una elección concreta. Otro amor también tendría razones a favor: ¿lo sustituye? La persona presente no coincide con la recordada: ¿corrige su imagen? El otro no quiere seguirlo: ¿lo deja ir? La historia concentra esos indicios.

Pero siguen siendo indicios. Hacer algo muy difícil no prueba automáticamente qué hay en el interior de alguien. La novela ofrece además algo poco accesible en la vida: a veces el narrador nos entrega lo que piensa el personaje. Leamos hasta donde lo entrega, sin completar por nuestra cuenta lo que el autor no da. Que una historia perdure tampoco certifica que su amor sea más verdadero o sus personajes actúen mejor.

Los seis casos siguientes solo persiguen ese hilo. No agotan el amor ni verifican de una vez todas las propuestas anteriores. La selección tiene además un límite: cuatro casos tocan un matrimonio ya existente. Las promesas matrimoniales y su dimensión institucional no desaparecen porque atendamos al amor. Pero tampoco se pueden introducir a escondidas los juicios de esa dimensión para decidir si el amor ocurrió o no.

Reconocer un error y marcharse: Elizabeth y Jane

En Orgullo y prejuicio, la primera declaración de Darcy mezcla el amor con el desdén de clase. No puede contener sus sentimientos, pero también hace oír a Elizabeth cuántos obstáculos de posición social cree haber vencido para proponerle matrimonio. Su amor no tiene por qué ser falso; la vara con que la mide está igualmente presente.

Elizabeth lo rechaza con dureza. Después, al leer su carta, descubre que había creído a otro y había juzgado mal a Darcy. Empieza a ver que la perspicacia de la que estaba orgullosa tampoco estaba libre de vanidad. Su juicio vuelve hacia sí misma. Quien la engañó conserva su parte; pero el juicio equivocado que ella hizo no puede trasladarlo entero a otro.

La dificultad es que todavía no se ha enamorado de Darcy. Presentar toda admisión de un error como una transformación interna del amor sería reescribir la historia. Lo que aparece primero es alguien que juzga, no alguien que ama. Eso abre un lugar para el amor, pero no hace que el amor suceda por sí solo.

Sus palabras duras llevan después a Darcy a reconsiderarse. ¿Podemos declarar por ello que ya entonces lo ayudaban a ser él mismo? Tampoco. Ella expresó cómo lo veía sin exigirle que tomara esa visión como definición propia; eso merece distinguirse. Pero no decidir por él no demuestra por sí solo que le haya abierto posibilidades. Algunas acusaciones eran erróneas: el beneficio posterior no puede dar por buena retrospectivamente cada palabra.

Darcy también vuelve sobre sí: empieza a ver cómo antes atendía solo a su familia y despreciaba a quienes quedaban fuera de su círculo. Eso nos da material para leer su cambio, no un veredicto que nos autorice a creer que ya lo vemos por entero. Lo conmovedor no es que los dos hayan aprobado una prueba de personalidad, sino que juicios antes demasiado seguros hayan podido abrirse de nuevo.

Jane Eyre lleva otra dificultad más lejos. Rochester ama de verdad a Jane, pero oculta que su esposa sigue viva y promete un matrimonio que sabe que no podrá cumplir tal como lo ofrece. Cuando se descubre la verdad en la boda, reconoce sus planes. La existencia del amor y la falsedad de una promesa pueden pertenecer a dos cuentas distintas: que lo primero sea real no elimina lo que hay que afrontar en la segunda.

Después quiere que ella viva con él y habla de su futuro y su unión como si estuvieran decididos. Jane no acepta. Reconoce el dolor de él y sabe a la vez que no puede dejar de lado su propia posición porque ese momento resulte insoportable. No se marcha porque no ame. La novela muestra precisamente cómo alguien que ama, en medio de la tentación, no se entrega por entero a la decisión ajena.

Jane se va antes del amanecer sin otra despedida. Si miramos solo esa escena, podemos decir que se marchó en secreto pese a sus compromisos. Pero ya había dicho cara a cara que debía irse, que tenían que separarse, y Rochester lo había entendido. La ausencia de una despedida más no equivale a la ausencia de una declaración de salida. Ningún ritual de corrección es la única forma de hacer comprensible una marcha.

Importan también las condiciones de su promesa inicial: ella había aceptado casarse con alguien que pudiera contraer matrimonio con ella, y esa condición nunca se cumplió. Una teoría de la promesa que exigiera mecánicamente cumplirla sin mirar su contenido y sus condiciones no la estaría tomando en serio: la usaría para silenciar los hechos del relato. Su regreso posterior y el matrimonio que llega a ser posible pertenecen a otra discusión; no dictan retrospectivamente la sentencia sobre esta partida.

Esperar y rechazar: Penélope y Tatiana

Penélope espera veinte años. Teje de día y desteje de noche para mantener alejados a los pretendientes. Aunque Odiseo no esté presente, sigue contando para ella; la falta de una vida compartida no vuelve insignificante ese anhelo. Pero la duración de la espera tampoco responde por sí sola a todas las preguntas sobre sus promesas matrimoniales.

La cama es lo que más fácilmente se lee mal. Cuando Odiseo regresa, Penélope ordena que saquen la cama del dormitorio. Uno de sus postes es un tronco aún arraigado en la tierra. Quien la construyó sabe qué tiene de imposible la orden. La reacción de Odiseo permite que ella reconozca a quien tiene delante.

Es una prueba preparada de antemano, pero comprueba si él es él, no si la ama. Tratar cualquier prueba como una exigencia de amor borraría el peligro real al que se enfrenta: teme que un impostor la engañe. Verificar una identidad y certificar un amor interior son cosas distintas. Las palabras de Odiseo sobre si la cama sigue en su sitio introducen además la fidelidad en la misma escena. Un solo acto puede cumplir más de una función.

También Odiseo pone a prueba. Oculta primero su identidad para ver cómo actúa su esposa mientras ella ignora que él ha vuelto. Esto se aproxima más a preparar una situación que ella desconoce para examinar su amor. Pero ocultarse también tiene que ver con los pretendientes y el peligro de hacer público su regreso. El relato ofrece ambas funciones: no podemos escoger la que conviene a la teoría y borrar la otra.

El abrazo final es un indicio poderoso de encuentro, pero no certifica todo el interior de ambos. Una vez comprobada la identidad, si en ese instante cada uno deja al otro decidir por sí mismo es una pregunta distinta. Podemos apreciar la imagen sin convertir ese aprecio en una demostración.

El capítulo octavo de Eugenio Oneguin deja abierta otra pregunta. Años después, Oneguin vuelve a encontrar a Tatiana, ahora princesa, y la corteja con pasión. Ella le pregunta qué persigue: a ella misma, o su posición, su respetabilidad y el prestigio social que le daría conquistarla.

Es una pregunta sobre la dirección de un amor o la consecución de un objetivo. Que ella pueda formularla no significa que ya conozca la respuesta. La novela tampoco ofrece a Oneguin una confesión interior que cierre la duda. Si el lector declara que solo ama su vanidad, añade una conclusión que el autor no dio. Expresar con precisión una sospecha no es haber leído por completo al otro.

Tatiana reconoce que lo ama y afirma claramente que será fiel a su matrimonio. Su rechazo no anula ese amor; amar tampoco la obliga a irse con él. El texto da un pasado que permite preguntar cómo se formó su fidelidad, pero una sola formulación pasiva no basta para declarar que todo procede de una medida impuesta desde fuera. Vemos dónde decide situarse ahora. No podemos resumir en una frase todos sus orígenes.

Estos dos casos aclaran dos diferencias: probar el amor no es verificar la identidad; rechazar a alguien tampoco prueba por sí solo que no se lo ame. Los relatos no terminan de explicar a cada personaje por nosotros. Nuestra lectura debe saber detenerse donde ellos se detienen.

Pensar por ti y dejar que te quedes: dos despedidas

Se suele recordar Casablanca como una historia sobre dejar marchar. Si leemos más despacio la escena del aeropuerto, el cuadro es menos ordenado. En París, Ilsa no va a la estación, pero envía una nota que dice que no puede acompañarlo ni volver a verlo. El dolor de Rick es real; también lo es que la salida quedó comunicada. No explicar las razones no equivale a no haber hecho entender que se marcha.

Cuando se reencuentran, Ilsa dice que no sabe qué hacer y pide a Rick que piense por los dos, por todos. La petición es suya: no debemos sentenciar de entrada que ya se ha abandonado a sí misma. Una persona cansada y confundida puede pedir a quien ama ayuda para pensar. La pregunta es qué ha confiado con ese encargo y qué no.

En el aeropuerto, Ilsa se opone a que Rick disponga que suba al avión con Laszlo. Él la interrumpe, invoca la petición de la noche anterior y presenta la conclusión como ya decidida. También aporta razones: la guerra, el peligro, el arrepentimiento que ella podría sentir después. Pero dar razones no equivale a seguir dejando sitio a una objeción. Por mucho que pesen, su existencia no demuestra que siga abierta la posibilidad de que ella juzgue por sí misma.

Aquí no se trata de sentenciar si Rick es noble o egoísta, sino de leer ese uso del encargo. Pedirte anoche que pensaras no significa que, cuando hoy digo que no, mis propias palabras de ayer basten para bloquearme. La película muestra que ella sube al avión; no nos entrega todo lo que después entiende de aquella decisión. El resultado no permite declarar que la ayuda o el control ya hayan llegado a realizarse en ella.

Este caso plantea una pregunta que las distinciones anteriores no resuelven por completo. Aceptar un encargo, pensar por otro y responder después a sus objeciones son pasos relacionados, pero distintos. Podemos señalar cómo una petición pasada se usa para cerrar una intervención presente sin haber agotado por ello los límites razonables de todos los encargos. Conviene dejar abierta la pregunta, no despacharla con «Nunca se debe pensar por otro».

Que París siga en la memoria de ambos tampoco significa que uno siga poseyendo al otro. Conservar una experiencia compartida no es exigir que se repita. Rick no usa París para pedirle esa repetición; la despedida presente tampoco vuelve necesariamente falso aquel recuerdo.

El último caso procede de la novela Los puentes de Madison, de Robert James Waller, no de los detalles de su adaptación cinematográfica. La familia de Francesca sale unos días; Robert, fotógrafo, llega a preguntar por el camino. En cuatro días se enamoran. Él le pide que deje su vida anterior; ella no se va. Robert parte solo y más tarde sigue invitándola a encontrarse, pero la decisión de ir queda en manos de ella.

Este amor toca un matrimonio, cuyas promesas no pueden borrarse por conmovedora que sea la historia. Aquí atendemos provisionalmente a la dimensión amorosa entre ambos. Él se expresa con absoluta certeza: cree que un encuentro semejante difícilmente volverá a ocurrir en su vida. Es su expresión, no una prueba suficiente de que sus interiores hayan coincidido plenamente. Tampoco demuestra que un amor raro y breve sea más verdadero que otro largo y cotidiano.

Una carta posterior de Robert permite saber que deseó llevársela sin más, pero recordó sus palabras y respetó que eligiera quedarse. El pensamiento existió; también es real que no actuó según él. Un pensamiento que no llegó a incidir en la situación de ella no puede contarse como una presión ya ejercida. Pero tampoco su partida, por sí sola, permitiría deducir cómo reconocía él su decisión. Es su propio relato el que añade material sobre ese lado.

Los cuatro días juntos terminan; el contacto posterior es escaso. El amor de cada uno no tiene por qué acabar a la vez. Las fotografías, las cartas y las pertenencias recibidas tras la muerte de la persona amada son cosas que quedaron y llegaron efectivamente. Recordar aquellos días no es recibir del otro una nueva respuesta. La muerte de la persona amada tampoco decide por quien queda cómo amará o recordará después.

Por eso este relato permite distinguir varios finales: acaba la convivencia de aquellos días, disminuye el contacto, el amor de cada uno puede seguir y los efectos permanecen incluso después de la muerte. Ninguno liquida automáticamente los otros tres. No hace falta emitir una valoración moral global y satisfactoria de ese amor.

Los seis relatos no dejan una lista de personas certificadas. Algunas distinciones se vuelven más claras; la dificultad del encargo sigue abierta. Y quedan otras preguntas, no tratadas aquí, para historias nuevas. Una teoría ocupada únicamente en darse la razón deja de oír a sus personajes. Una buena lectura debe permitir también que ellos la dejen sin una respuesta inmediata.

Texto de origen y alcance

Estos ocho ensayos completos para lectores no especializados parten de los estudios SAE sobre el amor: la guía corresponde al estudio cero, las seis perspectivas a los estudios uno a seis y las seis historias al séptimo. No son traducciones consecutivas de toda la argumentación técnica. Cada ensayo remite a su fuente. La versión inglesa está escrita de manera independiente; la española se ha redactado de nuevo a partir de los ensayos chinos. Las perspectivas no son fases de desarrollo ni pruebas para averiguar los sentimientos ajenos. No clasifican personas ni enseñan cómo obtener amor a cambio. No exigen matrimonio, una combinación determinada de géneros o experiencia sexual para que haya amor. La sexualidad y el matrimonio se analizan por separado; dejarlos fuera de esta investigación no niega su presencia en el amor. Tampoco se borran los compromisos existentes, las exigencias institucionales ni la protección necesaria.

Estudio teórico original ↗