El poder de «ahora no»
Un hombre del campo llega ante la ley. El guardián no cierra la entrada ni dice «nunca»; responde que ahora no puede pasar y advierte que dentro hay guardianes más poderosos. El hombre espera toda la vida junto a una puerta abierta. Entrega regalos, que el guardián acepta para que no crea haber omitido nada. La fórmula aplaza sin negar y convierte el futuro en instrumento de disciplina: mientras exista un «más tarde», esperar puede parecer más prudente que cruzar.
Una entrada hecha para uno
Al morir, el hombre pregunta por qué nadie más solicitó acceso. El guardián contesta que aquella puerta estaba destinada solo a él y que ahora va a cerrarla. La frase no significa necesariamente que la entrada estuviera garantizada; sí elimina la fantasía de que otro podía ejercer por él esa relación con la ley. Al preguntar si tenía permiso antes de actuar, el hombre concedió al guardián una autoridad que la puerta abierta por sí sola no demostraba.
K. solicita su propia libertad
La detención tampoco impide físicamente que K. trabaje o se aleje. Sin embargo, busca abogados, pintores, sacerdotes y funcionarios que certifiquen su inocencia. Nunca prueba qué ocurriría si dejara de pedir al tribunal permiso para ser libre. Esto no demuestra que escapar fuese fácil o seguro; señala la fuente suplementaria de poder que aporta la creencia. La institución necesita agentes, pero también que el acusado considere real únicamente la libertad pronunciada en su idioma.
La cortesía de la ejecución
La víspera de su trigésimo primer cumpleaños llegan dos hombres. K. se viste, sale con ellos e incluso guía el camino hasta la cantera. Los ejecutores pasan el cuchillo de uno a otro con una cortesía absurda; K. piensa que debería tomarlo y hacerlo él mismo, pero no puede. Muere «como un perro» y teme que la vergüenza lo sobreviva. Tras un año sigue sin conocer el cargo. El proceso ha conseguido que coopere con el desenlace de una sentencia que jamás necesitó formular.