La puerta ante una escena sin guion
Yōzō ve a Yoshiko con un comerciante que abusa de ella y no interviene. Piensa que no debe perturbarlos, como si la cortesía aún pudiera nombrar la situación. Su antigua destreza falla porque no existe un papel social seguro que imitar. Este fracaso es suyo; la violencia, del agresor. Mezclarlos en una condena general de la naturaleza humana permite que la atribución concreta de responsabilidad se disuelva en el horror que Yōzō siente hacia sí mismo y hacia el mundo.
La virtud convertida en culpa
Después pregunta si la confianza inocente es un pecado. La formulación contiene una trampa: si la credulidad de Yoshiko causó su vulnerabilidad, protegerse exigiría extirpar lo mejor que Yōzō veía en ella. La víctima tendría que parecerse un poco más al agresor para merecer seguridad. Decir que la confianza no es culpable no elimina el peligro real; preserva una distinción indispensable entre la cualidad que alguien explota y la decisión de explotarla.
Quién fue destruido
Yoshiko continúa confiando y cuidando; Yōzō decide que ha quedado irremediablemente mancillada. Pero lo que se rompe de modo visible es su fe en que la pureza de ella podía ofrecerle un refugio. Transforma un hecho sufrido por Yoshiko en una conclusión acerca de su propia imposibilidad de vivir. Ni pregunta qué sintió ni qué necesita. Incluso su compasión la fija desde fuera como símbolo arruinado, repitiendo el gesto de quienes siempre definieron a Yōzō sin escucharlo.
Otra vez llegan los medios desde fuera
Bebe, intenta una sobredosis y recibe morfina de una farmacéutica hasta volverse dependiente. Horiki y Flounder lo conducen con engaños a una institución. Yōzō es responsable de actos y daños, pero las formas concretas de autodestrucción siguen llegando a través de otros, igual que los papeles de su juventud. La voz de Yoshiko casi desaparece de la memoria. Su silencio recuerda que una autobiografía puede ser brutalmente sincera y aun así dejar fuera a las personas sobre las que organiza su veredicto.