NON DUBITO · Lecturas de cine · 2 / 3
El miedo que le instalaron
En este ensayo
El muro carcelario más eficaz de The Truman Show no es la cúpula del estudio. Truman no puede verla y, durante la mayor parte de su vida, tampoco hace falta que un guardia lo aparte del límite. La barrera decisiva está desde hace mucho dentro de su cuerpo.
Cuando es niño, el equipo del programa escenifica la «muerte por ahogamiento» de su padre durante una tormenta en el mar. El padre no ha muerto, pero el dolor y el terror del hijo son reales. Un accidente fabricado se convierte en un miedo duradero al agua. Desde entonces, la geografía de la isla utiliza el propio cuerpo de Truman para mantenerlo vigilado.
El programa no se limita a impedir que Truman se marche. Intenta que marcharse sea algo que ni siquiera él pueda desear con suficiente fuerza.
I. Un muro hecho de memoria
Un obstáculo visible deja a la vista el conflicto. Una puerta cerrada con llave le dice al prisionero: hay otra voluntad que se opone a la tuya. El miedo ahorra esfuerzos. Truman llega al puente y su cuerpo se paraliza antes de que nadie dé una orden. El mandato del sistema le llega en forma de latidos, respiración y recuerdos de la pérdida de su padre.
En un sentido, esa memoria sí pertenece a Truman: él la sufrió y él sigue cargando con ella. Sin embargo, la ocasión que la originó fue diseñada por un grupo de personas que necesitaba obtener un resultado determinado. El programa transforma un interés externo, mantener al protagonista en Seahaven, en una inhibición interior que parece nacer de su experiencia personal.
Por eso el daño no se reduce a «haberse creído una mentira». Truman recuerda con exactitud el miedo que sintió y tiene razones para asociar el mar con el peligro. Lo falsificado es la relación entre el suceso y su finalidad. El niño cree estar sufriendo una desgracia; los productores están instalando una infraestructura.
II. Obstáculos razonables
El trauma levanta el muro más profundo. A su alrededor, el programa dispone resistencias más suaves: los carteles de la agencia de viajes subrayan las catástrofes, hay que esperar mucho para tomar un vuelo, una avería impide que salga el autobús de larga distancia. Si Truman decide salir de improviso a la carretera, aparecen a tiempo un atasco, un incendio y una fuga en la central nuclear. Hasta la lluvia empieza por caer solo sobre él.
Ninguno de esos hechos, por separado, demuestra que esté cautivo. Los vuelos se llenan, los vehículos se averían, las carreteras se cierran y el tiempo cambia. La astucia del dispositivo consiste en que cada intervención se parece a una de las dificultades corrientes de la vida.
Si un guardia lo atrapara cada vez que se acerca a la salida, Truman comprendería su situación de inmediato. La mala suerte, en cambio, invita a otras conclusiones: quizá hoy no convenga, quizá arriesgarse no sea muy sensato, quizá pueda irse más adelante. El control alcanza su mayor firmeza cuando la negativa del sistema vuelve convertida en prudencia del propio sujeto.
III. Un afecto verdadero también puede transmitir un guion
Marlon va a buscar a Truman junto al puente sin terminar y lleva cerveza. Le recuerda la amistad que comparten desde niños y le asegura que mentirle sería lo último que haría. En la sala de control, Christof pronuncia una frase y Marlon la repite siguiendo lo que oye por el auricular.
La escena sería más sencilla si Marlon no sintiera nada. El problema es que tantos años de convivencia muy posiblemente hayan creado un apego real también en el actor. La sinceridad del afecto y la manipulación pueden convivir en una misma voz.
La mezcla no debilita la intervención: la hace más eficaz. Podemos juzgar el consuelo de un desconocido como un intento de persuadirnos. El de un amigo entra por el camino de una historia compartida. El programa no tiene que fabricar cada sentimiento de la nada; le basta con apropiarse de lo que de verdad ha crecido entre las personas y ponerlo al servicio de un desenlace decidido en otro lugar.
IV. «Puede irse cuando quiera»
Christof insiste en que Truman puede marcharse si así lo desea. Si reducimos la mirada al último movimiento, no miente del todo: ninguna cadena lo ata a la isla y la puerta del final se puede abrir de verdad.
Pero la ausencia de una barrera física en ese último paso no hace libre la elección entera. ¿Quién diseñó las opciones? ¿Quién proporcionó los miedos? ¿Quién dispuso las pruebas sobre los riesgos? ¿Quién se apropió de las voces del amor para convencerlo de que se quedara?
Fabricar primero la aversión de alguien y presentar después sus vacilaciones como consentimiento equivale a borrar la propia intervención de la historia de esa elección. Christof invoca la conducta de Truman como prueba de lo que Truman quiere de verdad, mientras oculta la institución que participó en la fabricación de ese deseo.
V. La comodidad y el miedo pertenecen al mismo sistema
Seahaven ofrece orden: calles cuidadas, saludos familiares, un empleo estable, una casa bonita y vecinos siempre sonrientes. La comodidad no es un regalo añadido al margen del control. El miedo hace que fuera todo parezca peligroso; la comodidad hace que lo de dentro parezca suficiente. Una fuerza repele y la otra atrae.
Ninguna de las dos tiene por qué ser enteramente falsa. El mundo exterior contiene peligros reales, y las personas conocidas pueden proporcionar una alegría auténtica. El atropello consiste en que quienes han dispuesto esa vida ocultan su condición de autores y, al mismo tiempo, niegan a Truman toda oportunidad de ponerla verdaderamente a prueba.
Truman empieza a recuperar la capacidad de actuar mediante experimentos: cambia bruscamente de ruta, da vueltas y más vueltas en una rotonda, irrumpe en zonas prohibidas y se marcha en coche sin previo aviso. El sistema responde presentándolo como un hombre que ha perdido el juicio: lo tranquiliza, desvía su atención y lo devuelve a la rutina. El experimento queda reinterpretado como enfermedad.
Al final invierte la estrategia y representa una conducta previsible: deja en la cama una figura que parece dormir profundamente y cava un agujero desde el sótano para escapar de las cámaras. Un sistema que toma cualquier acción espontánea por una anomalía acaba derrotado por alguien que ha aprendido a usar el guion como cobertura.
Truman no ha dejado de sentir miedo. Empieza a separar dos cosas: que sienta miedo de verdad y que ese miedo tenga derecho a decidir por él.
La película en la que se basa este ensayo es The Truman Show (1998), dirigida por Peter Weir y escrita por Andrew Niccol. El análisis se refiere a la versión estrenada en cines; los detalles de la trama se contrastaron también con el guion de rodaje de Niccol.