NON DUBITO · Lecturas de cine · 3 / 3
La vida de Murph le pertenecía
En este ensayo
Una mujer muy anciana está acostada en una cama de hospital. La rodean sus hijos, sus nietos y los más pequeños de la familia, todavía bebés.
Entra un hombre que parece tener treinta y tantos años y le toma la mano.
Es su padre.
A menudo se resume esta imagen diciendo que una hija ha esperado toda la vida y por fin ha visto volver a su padre. Pero la propia habitación desmiente esa lectura. Murph no convirtió su vida en una sala de espera: construyó una vida lo bastante amplia como para que cupieran en ella varias generaciones.
I. Dos decepciones no escriben un destino
Murph tiene diez años cuando Cooper se marcha. Mientras él aún puede responder, ella se niega a grabar mensajes. Después pasa muchos años sin una respuesta en la que pueda confiar. Crece, entra en la NASA, trabaja con el profesor Brand y hace de la ecuación de la gravedad la tarea central de su vida adulta.
Entonces Brand reconoce que el plan A nunca fue la promesa que había presentado a todo el mundo. Antes de que partieran las misiones Lázaro ya había llegado al límite de la ecuación. Sin datos cuánticos procedentes de más allá del horizonte de un agujero negro, la respuesta disponible no podía elevar las estaciones espaciales desde el suelo. Siguió investigando porque necesitaba que los habitantes de la Tierra, incluida Murph, creyeran que aún era posible rescatarlos.
Los dos hombres más importantes de la vida de Murph le han dejado heridas distintas. Su padre se ausentó físicamente mientras insistía en que volvería. Su mentor permaneció a su lado, pero le ocultó el hecho decisivo para el trabajo de ambos.
Ninguna de esas dos decepciones, sin embargo, ha escrito su destino. Lo que la película pregunta es cómo actuará ahora que quienes habían ordenado su mundo han dejado de ser autoridades fiables.
II. Sigue adelante después de conocer la mentira
Conviene precisar primero la cronología. Murph no se queda atascada a solas durante otras tantas décadas después de la confesión de Brand en su lecho de muerte. Sus largos años de formación e investigación son anteriores. Cuando sale a la luz la verdad, ella ya ha llevado la ecuación hasta su verdadero límite. El montaje alterno concentra los acontecimientos posteriores en un periodo que transcurre en paralelo a lo que sucede en el planeta de Mann.
Al descubrir el engaño, no tira por la borda tantos años de trabajo como si fueran residuos contaminados. Comprueba que el resultado de Brand es solo «la mitad de la respuesta» y sigue buscando la mitad que falta. La distinción es decisiva: ni perdona la mentira ni permite que el mentiroso siga siendo dueño del problema.
En la Tierra, además, seguir trabajando no es una postura meramente teórica. Su hermano Tom continúa en la granja con su esposa Lois y su hijo pequeño, Coop. El polvo está enfermando a la madre y al niño; otro hijo, Jesse, ya ha muerto. Para Tom, la tierra es herencia, responsabilidad y el último sostén de una identidad estable. Se niega a marcharse.
Murph prende fuego a una parte del maizal para alejar a su hermano de la casa y permitir que Getty saque a Lois y al niño. Es una intervención contundente, no una tranquila demostración de virtud. Se niega a interpretar el apego de una persona a una estructura moribunda como consentimiento para morir dentro de ella.
III. Regresa a la habitación
Mientras arde el campo, Murph vuelve a subir las escaleras. En su antigua habitación siguen la estantería, el cuaderno, la maqueta del módulo lunar y el reloj que le dio su padre. Recuerda al «fantasma» de su infancia: no era algo que le diera miedo, sino alguien que intentaba hablarle.
Dentro del espacio de cinco dimensiones, Cooper llega al otro lado de esos mismos momentos. TARS le proporciona los datos cuánticos; él los traduce al código morse y mueve el segundero a lo largo de la línea temporal del reloj. No le entrega a Murph la ecuación resuelta: le envía la prueba que le faltaba.
El trabajo que vuelve legible esa prueba sigue correspondiéndole a Murph: regresar a la habitación, tomar de nuevo el reloj, reconocer que el segundero no se mueve al azar, transcribir el código, comprender su significado físico e incorporarlo a la investigación que ya ha realizado.
Si no hubiera llegado a ser esa científica, la señal habría podido llegar, pero no convertirse en una respuesta.
IV. Aceptar ayuda no borra la autoría
La película evita dos mitos más sencillos. Murph no es una genia solitaria que crea conocimiento de la nada. Obtiene de TARS los datos decisivos, transmitidos por Cooper a través de una estructura de cinco dimensiones que, según deduce él, han construido los seres humanos en una etapa futura de su evolución. La salvación depende de un trabajo compartido entre personas, máquinas y generaciones.
Pero Murph tampoco es una receptora pasiva. Los datos no tienen fuerza fuera de una práctica capaz de interpretarlos. Cooper la elige porque el espacio de cinco dimensiones le ofrece infinitos momentos, pero no le da automáticamente una dirección a la que enviar nada. Confía en que la persona que está al otro lado de la estantería volverá a mirar. Esa confianza nace de la relación entre ambos; la capacidad de entender la señal es de Murph.
Antes, Amelia Brand había conjeturado que el amor quizá pudiera atravesar el tiempo y el espacio. Cooper la había contradicho; después, dentro del espacio de cinco dimensiones, recurre al amor para explicar cómo puede encontrar a Murph entre infinitos momentos. La película no lo convierte en un sustituto de la explicación científica. Le atribuye una función de selección: por qué esa persona, ese reloj, ese momento. El trabajo de Murph convierte luego esa elección en conocimiento público.
Depender de otros y ser sujeto de los propios actos no son aquí cosas opuestas. La relación funciona precisamente porque alcanza a alguien que ya se ha preparado para responder.
V. Tuvo una vida entera
La estación espacial que orbita Saturno se llama Estación Cooper. Él supone que le han puesto su nombre en su honor. El médico lo corrige: a quien recuerda la estación es a su hija.
Cuando por fin se reúnen, Murph ha sido despertada de la hibernación para ese encuentro. Sus hijos y nietos llenan la habitación. La película no cuenta, año a año, su matrimonio, la crianza de sus hijos, su trabajo después de completar la ecuación ni los días corrientes entre el triunfo y la vejez. Deja que las personas reunidas en torno a la cama den fe de que todo eso existió.
La elipsis no es un vacío. Conserva la verdadera magnitud de lo que Cooper se perdió. Su hija no siguió siendo para siempre la niña de diez años al otro lado de la estantería. Fue científica; un mundo humano recibió su nombre; fue madre y abuela.
Cuando su padre regresa, es más joven que los hijos a los que ella ha criado. La relatividad ha vuelto extraña aquella promesa: sí, él ha regresado, pero no a la vida que dejó al marcharse.
VI. Al final es ella quien lo deja ir
Murph dice que siempre supo que Cooper volvería, porque su papá se lo había prometido. La frase salda la deuda sin fingir que se ha pagado a tiempo.
Después se niega a convertir el reencuentro en el propósito final de sus dos vidas. Sus propios hijos están allí para acompañarla hasta el final; los padres no deberían ver morir a sus hijos. Le dice a Cooper que vaya a buscar a Brand, que sigue sola en el planeta de Edmunds.
Es la última vez que Murph responde por sí misma. Decide quién permanece junto a su cama, qué significa ahora aquella promesa y hacia dónde debe dirigirse el tiempo que le queda a su padre. La niña que salió corriendo de casa con el reloj en la mano no le pide que se quede en su última escena.
Puede dejarlo ir porque hace mucho que el regreso de su padre dejó de ser una condición para que su vida estuviera completa. Su vida ya está allí, alrededor de la cama.
Este ensayo se basa en Interstellar (2014), dirigida por Christopher Nolan y escrita por Jonathan Nolan y Christopher Nolan. Los detalles de la trama se cotejaron también con el guion publicado oficialmente.