NON DUBITO · Lecturas de cine · 1 / 3
Un hombre al que nunca dejan de juzgar
En este ensayo
Un autobús escolar amarillo.
Sube un niño con aparatos de hierro en las piernas y avanza por el pasillo. En cada fila hay alguien; en cada fila desplazan una mochila para ocupar el asiento libre. Unos le dicen que está ocupado. Otros ni siquiera lo miran. El niño sigue hasta la mitad trasera del autobús.
Entonces una niña aparta sus libros y le dice: «Si quieres, puedes sentarte aquí».
Eso es lo primero que de verdad sucede en Forrest Gump. Más de dos horas de película, treinta años de historia estadounidense, una guerra que él vive en carne propia, tres presidentes a los que conoce cara a cara: todo empieza con esa frase.
Y la frase importa porque, hasta entonces, todas las filas han hecho lo mismo: decidir que ese niño no reúne las condiciones para sentarse.
I. Una vida que empieza por no dar la talla
Muchos recuerdan a Forrest como un hombre afortunado. Esa impresión viene de la segunda mitad: el fútbol americano, el tenis de mesa, las condecoraciones, el barco camaronero, las acciones de Apple.
La primera mitad es muy distinta.
Tiene la columna torcida y el médico le coloca unos aparatos de hierro. Su coeficiente intelectual es de setenta y cinco: cinco puntos por debajo del mínimo que exige la escuela pública de la zona. El director hojea el informe y dice, sin ninguna prisa, que su hijo es un poco diferente.
Lo que quiere decir es esto: no se ajusta a la norma, así que no puede entrar.
A continuación llega una de las escenas que más fácilmente se despachan con una risa y que, en realidad, más pesan. Su madre manda a Forrest a jugar fuera y cierra la puerta. El director se queda dentro. Forrest, sentado en el patio, oye lo que sucede en la casa. Cuando el director sale, lleva la camisa desarreglada.
Forrest entra en la escuela.
Digámoslo con claridad: un niño quiere ir a clase y el precio es el cuerpo de su madre. La escuela no lo admite porque sea un niño, ni porque tenga derecho a una educación. Lo admite porque alguien ha entregado otra cosa a cambio.
Es lo mismo que ocurría con aquellos asientos del autobús, solo que a un precio más alto. Desde que nació, a ese niño le repiten que existir no basta para tener un lugar: antes tiene que aportar algo que compense.
II. El instante en que se rompen los aparatos
La frase más famosa la grita Jenny: «¡Corre, Forrest, corre!».
Unos chicos lo persiguen en bicicleta y le tiran piedras. Él echa a correr. Los aparatos de sus piernas se desarman y sus piezas van cayendo al suelo. Cada vez corre más deprisa, hasta dejar atrás a quienes lo persiguen.
La escena aparece en innumerables vídeos de motivación, acompañada de música épica. Se utiliza para hablar del potencial, de la superación, de no ponerse límites.
Pero lo que dice de verdad va por otro lado.
El médico le ha puesto esos aparatos para corregir la curvatura de la columna; tienen una finalidad médica. A la vez, la película les da otro sentido visual: nadie había previsto que pudiera correr así. Por eso también se convierten en la prueba material de un juicio ajeno. Que después se rompan no demuestra que el tratamiento nunca hiciera falta. Sí permite ver una capacidad que nadie había visto.
Cuando se rompen, no hay nadie allí tomando una decisión. Es él quien los rompe al correr.
Su carrera demuestra que el juicio previo no alcanzaba a decirlo todo sobre él. Clasificar a una persona no significa haberla explicado por completo. Al caer los aparatos, también se aflojan las conclusiones que otros habían escrito por él.
III. Lo extraño es que él nunca mira así a los demás
Las historias suelen ofrecer dos salidas a quien ha sido juzgado de ese modo desde niño: esforzarse el doble para demostrar que da la talla, o volverse hacia los demás y juzgarlos a su vez.
La película no lleva a Forrest por ninguno de esos caminos.
Una y otra vez, lo muestra actuando sin dejar que la clase social, la raza o la fama decidan lo que hará ante alguien. Está a la entrada de la Universidad de Alabama, ve que a una estudiante negra se le ha caído un libro y se acerca, lo recoge y se lo da. No sabe qué día es aquel, ni que el hombre que está allí es el gobernador, ni que acaba de entrar en una fotografía histórica. Solo ha visto un libro en el suelo.
Conoce a tres presidentes y los trata como a cualquier otra persona. En la Casa Blanca dice que quiere ir al baño. Eso no significa que comprenda las estructuras del poder. Lo que hace la película es convertir sus reacciones literales en una forma de suspender la tasación: a menudo no necesita ponerle un precio a alguien antes de decidir cómo tratarlo.
La frase que le enseñó su madre suele tomarse por una ocurrencia: «Tonto es quien hace tonterías».
En realidad, es una regla muy firme. Dice que para saber quién es una persona hay que mirar lo que hace, no la categoría en que la han colocado. Un coeficiente intelectual de setenta y cinco no es una conclusión. Tampoco lo son los estudios ni el origen. Su madre le enseña esa regla durante toda la vida, y la película hace de él uno de sus practicantes más constantes.
IV. Bubba
Si hubiera que conservar una sola prueba, sería Bubba.
En el autobús que transporta a los reclutas, todos los asientos tienen dueño y nadie deja sitio. La escena repite la del autobús escolar; hasta el encuadre se parece. Entonces Bubba aparta su bolsa y dice: «Si quieres, puedes sentarte aquí».
Bubba se pasa el trayecto hablando de camarones. Cocidos, fritos, a la parrilla, ensalada de camarones, hamburguesas de camarones. No acaba nunca, porque ese es su único plan: cuando termine el servicio militar, comprarse un barco y pescarlos él mismo.
Bubba muere en Vietnam. Cuando lo llevan a la orilla del río, sus últimas palabras son: «Quiero irme a casa».
Ahí termina todo. En ese momento nadie le exige a Forrest que haga nada después. Bubba no deja un testamento, no le encomienda nada; ni siquiera llega a formular un último encargo.
Tras dejar el ejército, Forrest utiliza los 24.562,47 dólares que le quedan de lo cobrado por anunciar paletas de tenis de mesa para comprar un barco, combustible, cuerdas y redes nuevas, y empieza a pescar camarones. No sabe hacerlo. Pasa mucho tiempo sin sacar nada. Después del huracán es el único de la zona que conserva su barco. La empresa crece y empieza a ganar dinero.
Entonces lleva a casa de la madre de Bubba la parte que le habría correspondido a su amigo.
Fijémonos en qué clase de acto es este. Bubba ha muerto. Los muertos no dan las gracias, no devuelven favores, no hablan bien de uno ante nadie. Forrest solo ha llegado a conocer a la madre de Bubba siguiendo aquella promesa. Entregar ese dinero no le va a proporcionar ninguna recompensa externa.
Lo hace únicamente porque el barco era un proyecto de los dos. Bubba ya no está, pero aquello sigue en pie.
La última imagen de la secuencia muestra a la madre de Bubba sentada a la mesa. Una empleada doméstica blanca entra con la comida y la madre de Bubba se queda sin palabras, asombrada. La imagen habla de Estados Unidos. Para este ensayo, además, dice algo distinto: alguien a quien las instituciones suelen menospreciar se ha tomado en serio a otra persona que ya no está.
V. Lo han convertido en muchas cosas
Queda un hecho que es fácil pasar por alto: a lo largo de su vida, muchísimas personas se han servido de Forrest.
La universidad lo quiere para jugar al fútbol americano porque corre deprisa. El ejército lo quiere para el tenis de mesa porque tiene talento. El gobierno lo manda a China porque necesita romper el hielo diplomático. Una empresa quiere que anuncie sus paletas. La televisión quiere llevarlo a sus programas. Al tercer año de su carrera por el país, lo sigue una multitud: cada cual espera que le dé una frase, una explicación, un sentido. Alguien convierte la huella de su cara, después de limpiarse el barro, en una camiseta con una sonrisa. Otro convierte dos frases que suelta por casualidad junto a una mierda de perro en una pegatina para coches, «Shit happens», y gana dinero con ella.
Rara vez esas instituciones tratan a Forrest Gump como un fin en sí mismo. Lo que les interesa es alguien que corra deprisa, alguien que acierte al golpear la pelota, alguien a quien sacar en pantalla, alguien al que puedan atribuir un significado. Eso no impide que su madre, Jenny, Bubba y, más adelante, el teniente Dan establezcan con él relaciones concretas que no se agotan en su utilidad.
Él no se entera de nada de eso. Mientras corre, le preguntan si lo hace por la paz mundial, por los derechos de las mujeres, por el medioambiente. Dice que no: sencillamente le apetecía correr.
Hasta que un día se detiene y dice: «Estoy un poco cansado. Quiero irme a casa».
Da media vuelta, atraviesa el grupo y emprende el regreso. Los que lo seguían se quedan paralizados. Alguien grita: «¿Y ahora qué hacemos nosotros?».
Lo que han perdido no es un líder. Es el recipiente en el que pensaban meter sus propias ideas.
Este ensayo se basa en la película de 1994 dirigida por Robert Zemeckis, adaptación de la novela homónima de Winston Groom. Los acontecimientos comentados corresponden a la película.