NON DUBITO · Lecturas de cine · 3 / 3
No era un homenaje, sino una retractación
En este ensayo
Cómo empieza la investigación
Tras la muerte de Neil, lo primero que debe afrontar Welton es lo que viene de fuera. Los padres llamarán por teléfono, quizá los periódicos publiquen la noticia, los donantes querrán una explicación y habrá que dar la cara durante la admisión de alumnos del próximo curso. Nolan anuncia en el salón de actos que el colegio investigará a fondo lo sucedido.
Conviene atender a las palabras que utiliza. Habla de determinar responsabilidades, no de comprender las causas. Parecen propósitos muy cercanos, pero en la práctica son tareas completamente distintas. Una busca averiguar qué ha ocurrido; la otra, encontrar a quien deba responder por ello.
Averiguar qué ha ocurrido implicaría a mucha gente. Implicaría a un padre que se niega a escuchar a su hijo, a una cadena de montaje que envía muchachos a la Ivy League y a las cuatro palabras que cuelgan de las paredes. Ninguna de esas cosas puede quitarse de en medio.
Encontrar a alguien que responda resulta mucho más sencillo. Ese año solo se ha incorporado un elemento nuevo al edificio: un profesor de inglés contratado, al que se puede despedir en cualquier momento. No tiene vínculos con los donantes ni con ninguno de los padres.
El colegio nunca ha querido saber por qué murió Neil. Quiere un documento que permita cerrar el caso. Y subirse al pupitre no es un desahogo lírico: es retirar la firma delante de quienes han firmado.
Qué forma debía tener la respuesta
Para saber cómo es un documento capaz de cerrar un caso, basta con partir del resultado y retroceder. La conclusión que al final presenta el colegio funciona como un manual de instrucciones: explica qué forma debe tener el documento para que pueda cumplir su cometido.
Al terminar la investigación, el colegio concluye que Keating es el único responsable de todo lo ocurrido durante ese periodo lectivo. Hay dos expresiones decisivas en esa conclusión: la responsabilidad es «toda» suya y, aunque no se diga, «los demás no tienen ninguna».
Para sostener la conclusión hacen falta firmas. No se recogen para esclarecer la verdad; la verdad ya se ha fijado antes de que nadie firme. Sirven para dar validez al documento.
Con las firmas de los alumnos deja de ser la versión particular del director. Se convierte en el resultado de una investigación respaldada por el testimonio de los implicados. Puede enseñarse a los padres, al consejo del colegio y a quienes llaman pidiendo explicaciones.
Por eso, desde el principio, la investigación no busca una respuesta: busca testigos. La respuesta ya ha quedado escrita en el momento en que Nolan pronuncia el nombre de Keating. Todo el trabajo restante consiste en completar los trámites para poder presentarla como es debido.
Un documento que permita cerrar el caso no necesita causas. Necesita a alguien a quien se pueda apartar y un montón de firmas que se puedan exhibir. Reunidas ambas cosas, el asunto está resuelto. Nadie volverá a mencionarlo cuando llegue la matrícula del año siguiente.
Los llaman por separado
La clave del procedimiento no está en las preguntas, sino en cómo se formulan. Una misma pregunta, planteada de otra manera, puede recibir una respuesta completamente distinta. Y la manera la decide quien pregunta.
No se celebra una reunión. Nolan no junta a los muchachos en una habitación para que cuenten delante de todos lo ocurrido, ni les permite hablarlo entre ellos. Los hace pasar al despacho de uno en uno. Cierra la puerta. Al lado de cada alumno están sus padres.
El efecto de esa disposición es muy concreto. Solo hay una persona de dieciséis o diecisiete años en la habitación. Delante, el director; al lado, sus padres. No sabe qué ha dicho quien entró antes, ni qué dirá quien entre después. Tampoco sabe si, de negarse a firmar, será el único.
El primero que habla es Cameron. Cuenta lo ocurrido y, al salir, aún intenta convencer a los demás de que hagan lo mismo. Cuando llega el turno de los siguientes, ya hay nombres en el documento. La pregunta deja de ser si van a hablar: ahora es si están dispuestos a quedarse solos.
Interrogarlos por separado es el detalle técnico decisivo de todo el procedimiento. No hace falta amenazar a nadie. Basta con impedir que cada uno vea lo que hacen los demás.
Las razones de Cameron
Se suele leer a Cameron como un delator, un personaje cobarde y egoísta. Es una lectura demasiado cómoda. Pasa por alto lo verdaderamente difícil de la escena: no que alguien traicione al grupo, sino que ese alguien disponga de un razonamiento completo.
Cameron sostiene lo siguiente: tarde o temprano se descubrirá todo, así que más vale colaborar que esperar a que los descubran. Keating es el profesor, él los ha animado a hacer esas cosas y, por tanto, le corresponde la responsabilidad. Si no hablan, quienes pagarán serán ellos: perderán la plaza y el futuro, y ninguno podrá hacer nada por los demás.
Cada una de esas afirmaciones tiene fundamento. Las cosas acabarán descubriéndose: están la cueva, el club, el registro de miembros. No se pueden esconder. Y Keating sí es quien los ha hecho subir a la mesa y arrancar páginas del libro de texto.
También es cierto que negarse a colaborar puede costarles la expulsión. Muy pronto tendrán delante un ejemplo. Cameron ofrece una explicación completa, capaz de convencer a los padres y de convencerlo a él mismo.
Importa todavía más de dónde sale esa explicación. Tradición, honor, disciplina, excelencia. Cameron hace exactamente lo que le han enseñado esas cuatro palabras: obedecer a la institución, proteger su puesto, anteponer su porvenir. No es un traidor a ese orden. Es su mejor alumno.
En esta escena nadie incumple las reglas y, aun así, se fabrica un documento que atribuye a una sola persona la causa de una muerte.
Charlie no firmó
Charlie escucha en el pasillo el razonamiento de Cameron y le da un puñetazo en la cara. Lo tira al suelo. Los otros intentan sujetarlo y no pueden. El golpe no resuelve nada: lo sabe Charlie y lo saben quienes están a su lado.
Cuando lo llaman al despacho, no firma. Nolan le ofrece una oportunidad: que dé los nombres de los demás, que colabore; le dice que es por su bien. Charlie se niega. Lo expulsan. Se convierte en el primer alumno expulsado en la historia de Welton.
Hay que detallar el precio. No basta con celebrar la belleza del gesto. La expulsión anula su matrícula, echa a perder todas sus solicitudes de ingreso en la universidad, lo obliga a volver a casa y enfrentarse a su padre. Tendrá que empezar de nuevo desde otro lugar. Ha pagado con todo lo que tenía.
Hubo alguien que no firmó y asumió él mismo el coste. Ese hecho vuelve incompleta la frase «Nos obligaron a todos». Sigue siendo cierta, pero ya no describe la única posibilidad.
El día que Charlie se marcha, la película no muestra de quién se despide ni le concede un plano sentimental. Se va como ha hecho tantas otras cosas: de frente, sin dejar margen. No volveremos a verlo en la película.
Todd sí firmó
Todd es uno de los últimos a los que llaman. Cuando le llega el turno, ya hay varios nombres escritos. El documento está prácticamente terminado: solo faltan unos trazos. Todd firma.
Para contar la escena con justicia, primero hay que mostrar lo que hay en esa habitación. Tiene dieciséis años. Sus padres están sentados a su lado, no le quitan los ojos de encima y no dicen una sola palabra en su defensa.
Su hermano se graduó con honores en Welton. Esa comparación pesa sobre él desde el primer día de curso; hasta le regalan el mismo juego de escritorio. Y acaba de perder al único amigo que había conseguido sacarlo de su silencio.
Llora. Escribe su nombre con la mano temblorosa y, cuando termina, deja el bolígrafo sin levantar la cabeza. No se justifica. Tampoco ha preparado, como Cameron, un razonamiento que sostenga lo que acaba de hacer.
Ahí está la clave de la segunda mitad de este ensayo. La firma no deja constancia de lo que cree. Solo de que ha firmado. Sobre el papel quedan sus trazos, no su juicio.
El documento afirma que los alumnos confirman la plena responsabilidad de Keating. Lo que ha ocurrido de verdad es que un muchacho de dieciséis años ha escrito su nombre, delante de sus padres, porque se lo han ordenado.
En el papel, ambas cosas tienen exactamente el mismo aspecto. Hasta la letra pertenece a la misma persona. Pero no son la misma cosa. En ese despacho no hay una casilla donde dejar constancia de la diferencia. Tampoco hay nadie que quiera hacerlo.
La última clase y aquellas palabras
La investigación termina, se emite la conclusión y despiden a Keating. Como el colegio no encuentra enseguida un sustituto, Nolan se hace cargo de la clase de inglés. Ocupa el lugar al que antes iban subiendo los alumnos por turnos.
Les manda abrir el libro y leer el prólogo de Pritchard, el que explica cómo puntuar un poema. Pero la página no está: es la que Keating les hizo arrancar. Nolan pregunta qué ha pasado, manda que se preste su propio ejemplar y ordena continuar la lectura, frase a frase.
En ese momento entra Keating para recoger las cosas que ha dejado al fondo del aula. Nadie dice nada. Los alumnos mantienen la cabeza baja y Nolan le pide que se dé prisa. Keating saca unas cuantas cosas del armario, las abraza contra el pecho y se vuelve para marcharse.
Todd se levanta. Lo primero que dice no es «capitán». Dice: «Señor, nos obligaron a firmar. Tiene que creerme». Desde el frente, Nolan le grita que se siente. Todd no lo hace: empieza a subirse al pupitre.
Antes de ponerse en pie sobre la mesa, ha gritado esas palabras. No es un homenaje en general. Está retirando su adhesión a un documento concreto delante de la persona que lo obtuvo.
Algunos se quedaron sentados
Después de Todd, empiezan a levantarse otros. Primero uno, luego tres o cuatro, hasta que media clase está de pie sobre los pupitres. Nolan grita desde el frente, cada vez más alto. Nadie le hace caso.
Cameron no se levanta. Permanece sentado y mira a los que lo rodean con incomprensión, incluso con cierta inquietud. Algunos más tampoco se levantan. La película no les dedica primeros planos ni hace que nadie los recrimine. Los deja sentados, dentro del mismo encuadre que quienes están en pie.
Hay que distinguir con precisión lo que ese gesto puede hacer de lo que no puede. Keating sigue despedido: recogerá sus cosas y se irá. Charlie sigue expulsado y ya no está en el edificio.
Neil sigue muerto. El documento sigue existiendo, encerrado en algún cajón del despacho del director. No se borrará ninguna firma ni se cambiará una palabra de la conclusión del colegio.
Lo que han conseguido es otra cosa. Por primera vez, esos muchachos han decidido por sí mismos dónde situarse dentro del aula. Lo han hecho delante del hombre que puede expulsarlos. Las otras veces que habían subido a la mesa del profesor, lo hicieron porque el profesor se lo pidió.
Keating se detiene en la puerta y vuelve la vista hacia los muchachos que están de pie sobre los pupitres. Les da las gracias y se marcha, cerrando la puerta. Nolan sigue gritando que se sienten. Unos están en pie; otros, sentados. Al libro todavía le falta aquella página.
Este ensayo se basa en la versión de 1989, de unos 128 minutos de duración.