Las empresas piden ideas mediante encuestas y talleres, pero después nada parece cambiar. El problema no es que toda propuesta deba aceptarse, sino que la invitación hizo imaginar una influencia inexistente.
Escuchar puede significar recoger experiencias, pedir consejo, elaborar una recomendación o delegar una decisión. Mezclar estos niveles promete más participación de la que realmente se ofrece.
Una voz respetada no tiene que vencer. Puede ser rechazada si su contenido fue examinado, la razón se explica y quien habló no es castigado. Lo que hiere menos es el desacuerdo que la representación teatral de una escucha.
Después de consultar, la organización debe devolver algo: qué entendió, qué cambia, qué no y por qué. Esa respuesta cierra el circuito y distingue un límite real de una operación de imagen.
Escuchar no equivale a votar, pero tampoco es una palabra decorativa para conseguir adhesión. Lo justo es conceder a la voz exactamente el alcance anunciado.