Imaginar el último día rompe la inercia y puede llevarnos a hacer una llamada pendiente. Como despertador, la frase es poderosa.
Tomada al pie de la letra destruiría el ahorro, el cuidado médico y las promesas largas. La vida diaria supone honestamente que quizá llegue mañana.
El último día sirve como pregunta sobre prioridades, no como plano cotidiano.
La alegría presente y la preparación futura no son enemigas. Pertenecen a una vida y ninguna debería usar por completo a la otra.
Vivir bien no es convertir cada jornada en final, sino conocer su fragilidad y responder también por la mañana posible.