Ser malinterpretado se siente como dejar nuestra imagen en manos ajenas. Mediante la explicación intentamos recuperarla.
Cuando están en juego responsabilidad, confianza o seguridad, corregir suele ser necesario. Callar puede imponer un coste real.
Administrar toda impresión convierte la vida en defensa infinita, sobre todo ante quien no quiere escuchar.
La relación, la consecuencia y la posibilidad de cambio indican cuánto vale explicar.
Nuestra verdad no nace del acuerdo universal. Tras hablar donde importa, podemos alejarnos de un juicio que permanece cerrado.