En una conversación profunda, un trabajo o un paisaje, dejamos de vigilarnos durante un rato. Esa ausencia trae ligereza.
No es sacrificio de uno mismo. Si desaparecen el cansancio, el no y la posibilidad de volver, ya no es olvido sino borrado.
Un olvido seguro permite regresar. La atención puede ir por completo hacia fuera mientras los límites siguen ahí.
Después de aprender a protegernos, necesitamos libertad frente a la vigilancia constante. Ser parte del mundo puede ser madurez, no pérdida.
Después de olvidarnos en una tarea o persona, observemos cómo volvemos. ¿Nos sentimos nutridos o gastados una y otra vez? La entrega alegre y el servicio al que no se puede decir no pueden parecerse desde fuera, pero se distinguen al regresar.