Después de herir a alguien, «soy mala persona» puede parecer más moral que «actué mal».

Sin embargo, condenar a toda la persona vuelve borroso lo que debe repararse. Nuestro sufrimiento ocupa el centro y la persona herida desaparece otra vez.

La moral no mide la fuerza del odio a uno mismo. Pide reconocer los hechos, reparar lo posible y cambiar las condiciones de la acción.

Cuanto más grita la vergüenza, más precisa debe ser la descripción del acto. No reducir a alguien a su falta no significa librarlo de responsabilidad.

La responsabilidad tiene sujeto y verbo: «herí a esa persona con esas palabras». La vergüenza pierde contorno: «no valgo nada». La primera frase vuelve hacia el otro y la acción; la segunda gira encerrada dentro de uno mismo.