«¿Tú también vas a morir?» La pregunta nocturna toca el miedo del adulto. Para devolver la calma, resulta tentador prometer que siempre estará ahí.
Nadie puede cumplir esa promesa. Quizá tranquilice hoy, pero más adelante puede sumar desconfianza en las palabras al miedo de la pérdida.
Bastan unos hechos adecuados a la edad: la muerte existe, suele llegar tras una vida larga y hoy hay adultos que te cuidan. También es legítimo decir qué no sabemos.
El niño no busca solo una teoría. Comprueba si puede decir su miedo sin que el adulto huya y si la pregunta podrá volver mañana.
Seguridad no significa que nada doloroso ocurrirá. Nace de saber que, dentro de lo desconocido, no quedará solo y conservará un camino hacia la ayuda.