Cada semana uno persigue la conversación y el otro calla; cambia el tema, pero no el guion.
Quien persigue obtiene una reacción y quien calla recupera el ritmo: ambos sufren y, aun así, reciben algo.
La pregunta incómoda ya no es solo qué hace el otro, sino qué obtengo yo de este ritual.
Cambiar la hora, el canal o invitar a un tercero puede romper una secuencia automática.
A veces hay que detener la máquina que reproduce la pelea antes de trabajar sobre su motivo.