Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Comentario Dazhi del Daodejing
Introducción

Ochenta y un capítulos, en realidad unas pocas cosas

秦汉(Dazhi)· Han Qin

I. Por qué tanta gente se atasca en el primer capítulo

El Daodejing es uno de esos libros de los que casi todo el mundo ha oído hablar y que casi nadie ha leído de verdad hasta el final.

Y el lugar donde se atasca la inmensa mayoría es el primer capítulo.

El Dao que puede decirse no es el Dao perdurable; el nombre que puede nombrarse no es el nombre perdurable.

El libro abre con el pasaje más abstracto de todo el texto. Todavía no has cruzado la puerta y ya te das de bruces contra un muro: ¿qué es el Dao? ¿Por qué lo que puede decirse deja de ser el Dao perdurable? Lo lees tres veces, sigues sin entenderlo y cierras el libro.

Pero quiero decirte una cosa: ese muro no lo levantó Laozi.

II. El primer capítulo no es la única entrada

No podemos dar por hecho que la disposición habitual en ochenta y un capítulos sea un recorrido de lectura fijado por el propio Laozi. Los manuscritos de Mawangdui nos recuerdan que este libro tiene otras entradas.

En 1973 se abrió una tumba de la dinastía Han en Mawangdui, en Changsha, provincia de Hunan. Dentro había dos rollos del Laozi copiados sobre seda. Por la caligrafía y por la época, los especialistas los llamaron texto A y texto B.

El texto A conserva algunos puntos circulares que señalan divisiones; el texto B no presenta la misma forma de división en capítulos. Por tanto, sería excesivo afirmar que los manuscritos de seda carecen por completo de divisiones. Tampoco son una simple copia de la disposición actual en ochenta y un capítulos. No se trata de reconstruir una supuesta tabla de contenidos indudable trazada por Laozi, sino de advertir que nuestro orden habitual de lectura no es el único posible. Estudio de las divisiones del manuscrito

Más interesante todavía es el orden de las dos partes.

El Daodejing que conocemos pone delante la parte del Dao (capítulos 1 a 37) y detrás la parte del De (capítulos 38 a 81). Los manuscritos de seda lo hacen al revés: primero el De, después el Dao.

Dicho de otro modo, en esta versión más antigua el libro no empieza con «El Dao que puede decirse», sino con «El De superior no es De». No arranca del punto más abstracto, sino de cómo actúa uno y de cómo trata a los demás.

Así que el muro contra el que chocas en el primer capítulo bien podría no ser más que un accidente de ordenación.


De ahí sale también una decisión básica de esta serie: tomamos como texto base los manuscritos de seda.

El texto A se copió tan pronto que ni siquiera hacía falta evitar todavía el nombre personal de Liu Bang, el emperador Gaozu, fundador de la dinastía Han: el carácter bang (邦), «Estado», aparece escrito tal cual, sin alterar (en las versiones posteriores, todos esos bang se cambiaron por guo (国)). Pasó dos mil años bajo tierra y así se libró de las sucesivas rondas de copias, de tabúes de nombre, de retoques para que el texto sonara más fluido y de lecturas erróneas.

Y esos cambios, muchas veces, no se limitan a poner una palabra en lugar de otra: le dan la vuelta al sentido entero. Nos lo iremos encontrando una y otra vez a lo largo de estos ochenta y un capítulos.


Con tres ejemplos verás hasta qué punto importa esto.

Primero: el capítulo 80.

Es el famosísimo capítulo del «Estado pequeño, con poca gente». Si desde hace un siglo se acusa a Laozi de ser enemigo de la civilización y de querer dar marcha atrás al reloj, buena parte de la culpa la tiene este capítulo.

Pero en él aparece la expresión shibo zhi qi, que tradicionalmente se lee como «herramientas que multiplican por diez y por cien el rendimiento». Y shibo tenía en la Antigüedad otro sentido, mucho más llano: designaba unidades del ejército (diez hombres formaban un shi; cien, un bo). Leída así, la frase dice: «aunque haya tropas organizadas y armas, no se usan». No tiene nada que ver con las máquinas ni con la técnica.

Laozi nunca dijo «no uses herramientas». Dijo «no te lances a la guerra».

Segundo: el capítulo 65.

«No para ilustrar al pueblo, sino para volverlo necio». Durante dos mil años, esta frase se ha leído como una política de embrutecimiento: atontar a la gente para gobernarla con más comodidad.

Pero en el capítulo 20 Laozi dice de sí mismo: «¡Tengo el corazón de un necio!». Quien se queda en el lugar del necio es él. Mismo libro, mismo carácter: el sujeto, naturalmente, es el mismo. Lo que dice la frase es esto: alguien que de verdad ve las cosas con claridad no se planta ante los demás en el papel de «el que lo entiende todo».

Una lectura empuja a los demás hacia abajo; en la otra, es uno quien se pone abajo. Van exactamente en direcciones contrarias.

Tercero: la última frase del libro.

Los manuscritos de seda dicen: «El Dao del ser humano: actuar y no contender». La versión transmitida dice: «El Dao del sabio: actuar y no contender».

«El Dao del sabio»: eso es asunto del sabio. Lo leemos, asentimos con la cabeza y cerramos el libro.
«El Dao del ser humano»: eso es asunto tuyo. Y mío.

El último trazo de todo el Daodejing no cae sobre el sabio. Cae sobre cada persona corriente.

III. Entonces, ¿dónde está la «relación lógica»?

Claro que puede haber relaciones entre los capítulos. Pero, además de seguir su orden habitual, podemos seguir los temas que vuelven una y otra vez. Ese es el otro recorrido que propone esta serie.

La verdadera estructura del Daodejing no está en el orden de los capítulos, sino en unos pocos hilos que lo recorren de punta a punta.

Esos hilos avanzan a saltos: uno puede asomar en el capítulo 8, reaparecer en el 22, crecer en el 66 y cerrarse en el 81. Si aprendes a reconocerlos, los ochenta y un capítulos dejan de ser ochenta y un fragmentos sueltos.

Por eso mismo se puede empezar a leer el Daodejing por cualquier capítulo.

No es un libro que haya que leer en orden: el capítulo 3 no se levanta sobre el 2, y el 50 no exige que hayas terminado los cuarenta y nueve anteriores. Cada capítulo es una faceta de lo mismo: la misma cosa, iluminada desde un ángulo distinto.

Así que la mejor manera de leerlo no es tragárselo de la primera página a la última, sino reconocer primero esos hilos y luego entrar por donde te parezca.

Estos son los principales.

IV. Ocho hilos que recorren todo el libro

Primer hilo: sin cartel, las cosas salen

Es el hilo más grueso del libro; casi no hay capítulo que no lo toque.

En cuanto te cuelgas el cartel de «soy muy X», esa X empieza a alejarse de ti:

(cap. 18) Solo cuando el gran Dao decae aparece gente enarbolando el cartel de «benevolencia y rectitud»;
(cap. 22) Quien no se exhibe es, precisamente, quien brilla;
(cap. 24) Quien se pone de puntillas no aguanta mucho en pie; quien se jacta no consigue mérito alguno;
(cap. 34) Precisamente porque no se tiene por grande, puede ser grande de verdad;
(cap. 67) Solo quien no se talla a sí mismo con una forma fija puede ser grande;
(cap. 77) Actúa sin apoyarse en lo que ha hecho, culmina sin adueñarse del mérito, no hace alarde de su valía.

En cuanto el cartel se alza, aquello empieza a marcharse. Ese es el mecanismo de fondo de todo el libro.

Segundo hilo: no contender

Va del capítulo 3 hasta la última palabra.

(cap. 3) Si no se ensalza la fama de los dignos, la gente no contiende;
(cap. 8) El agua nutre a los diez mil seres y no contiende con ellos;
(cap. 22) Precisamente porque no contiende, nadie en el mundo puede contender con él;
(cap. 66) Ríos y mares ocupan el lugar más bajo, y los cien arroyos acuden a ellos por sí solos;
(cap. 68) No ser belicoso, no encolerizarse, no chocar de frente, ponerse por debajo: a esto se le llama «el De de no contender»;
(cap. 81) Las cuatro últimas palabras del libro: actuar y no contender.

Actuar, pero sin contender. Ochenta y un capítulos que se cierran sobre esas cuatro palabras.

Tercer hilo: el agua, y lo blando y débil

La imagen predilecta de Laozi.

(cap. 8) Lo más alto es como el agua;
(cap. 36) Lo blando y débil vence a lo duro y fuerte;
(cap. 43) Lo más blando del mundo se abre paso a través de lo más duro del mundo;
(cap. 76) Todo lo vivo es blando; la dureza es la señal de lo muerto;
(cap. 78) Nada en el mundo es más blando y débil que el agua, y sin embargo, a la hora de atacar lo duro, nada la supera.

Si lo blando es fuerte, no es porque pueda ganar, sino porque está vivo.

Cuarto hilo: ponerse abajo

Forma pareja con el hilo del agua.

(cap. 8) El agua se queda en los lugares bajos, donde nadie quiere estar;
(cap. 61) Un gran Estado debe ser como el curso bajo de un río;
(cap. 66) Si quieres estar arriba, pon primero tus palabras abajo; si quieres ir delante, pon primero tu persona detrás;
(cap. 76) Lo fuerte y grande debe estar abajo, sosteniendo;
(cap. 78) Solo quien es capaz de cargar con la suciedad y las penalidades de un lugar es de verdad su señor.

Este hilo pesa más a cada capa, hasta que al final se posa sobre una sola idea: hacerse cargo.

Quinto hilo: el wu wei, y dejar que cada cual crezca por sí mismo

Es el hilo en el que más se ha malentendido a Laozi.

El wu wei, la «no acción», no es cruzarse de brazos y abandonarse. Es no forzar, no andar revolviéndolo todo, no agarrar las cosas con el puño apretado:

(cap. 37) Mantente sin intervenir y las cosas se arreglarán solas;
(cap. 48) Restar es más difícil que sumar;
(cap. 57) Cuanto más controlas, más desorden;
(cap. 60) Gobernar un gran Estado es como freír pescaditos: no les des la vuelta a cada rato;
(cap. 64) Acompaña a los diez mil seres en su propio ritmo y no te atrevas a decidir por ellos;
(cap. 65) No les metas a los demás tu «saber» a la fuerza: solo así pueden crecer.

El núcleo cabe en una frase: a lo que está vivo, déjale sitio para su propio ritmo.

Sexto hilo: no dejar a nadie atrás

Es el hilo más cálido.

(cap. 27) El sabio sabe siempre sacar adelante a las personas; por eso no hay nadie que merezca ser abandonado;
(cap. 49) El sabio no tiene un corazón fijo: hace suyo el corazón de la gente;
(cap. 51) La entrega más alta es la que no deja al otro en deuda contigo;
(cap. 62) El Dao nunca rechaza a nadie por su pasado;
(cap. 79) Quien tiene De hace de mediador; quien todavía no lo tiene se pone a roturar la tierra: cada cual tiene algo que puede hacer ya, tal como está ahora.

Séptimo hilo: dejar margen, y saber cuándo basta

Es el hilo más práctico.

(cap. 9) Más vale detenerse a tiempo que llevar el cuenco lleno hasta el borde; cumplida la obra, retírate;
(cap. 44) Cuanto más tienes, más miedo te da perderlo;
(cap. 46) La satisfacción de saber que «ya basta» es la única que dura;
(cap. 59) Quien administra con mesura llega lejos;
(cap. 67) Uno de los tres tesoros es la frugalidad: no meter la mano en todas partes.

Laozi nunca aconseja llevar las cosas hasta el extremo. Lo que repite una y otra vez es esto: deja un poco de margen y podrás seguir adelante.

Octavo hilo: conocerse a uno mismo

De «verse con claridad» a «saber que no sabes».

(cap. 33) Ver con claridad a los demás es inteligencia; verse con claridad a uno mismo es lucidez;
(cap. 47) Cuanto más lejos vas, menos sabes;
(cap. 70) Mis palabras son muy fáciles de entender y muy fáciles de poner en práctica, y sin embargo nadie llega a practicarlas de verdad;
(cap. 71) Saber que no sabes es lo más alto;
(cap. 81) Quien se cree entendido no es, en realidad, verdaderamente erudito.

V. El rumbo de los nueve grupos

Esta serie reparte los ochenta y un capítulos en nueve grupos de nueve. Puestos uno detrás de otro, los nueve grupos dibujan un rumbo aproximado:

Grupo 1 (caps. 1–9): echar raíces. Qué es el Dao, qué es el nombre, y los primeros pares del libro: ser y no-ser, lo bello y lo feo, el agua y el no contender.

Grupo 2 (caps. 10–18): del cuerpo al gobierno. Dejar espacios vacíos, los cinco colores que ciegan la vista, los cuatro grados de liderazgo y la primera vez que la palabra «cartel» se nombra de manera explícita.

Grupo 3 (caps. 19–27): la diferencia entre wo y wu, dos maneras de decir «yo»; no arrebatar; el Dao sigue lo que es así por sí mismo; shan no es bondad. Lo que se había asentado antes empieza a posarse sobre personas concretas.

Grupo 4 (caps. 28–36): la persona noble no es un instrumento; no apoderarse del mundo; llorar después de la victoria; la verdadera fuerza va hacia dentro. Es un grupo de mucho peso, y de él viene el nombre de este comentario.

Grupo 5 (caps. 37–45): mantenerse sin intervenir; cuanto más se insiste en algo, más se diluye; retornar no es retroceder; el gran vaso se libra de quedar terminado. Se pasa de «qué hacer» a «qué no hacer».

Grupo 6 (caps. 46–54): saber que basta es una destreza; restar es más difícil que sumar; esperar es la práctica más difícil; empezar por uno mismo. El grupo más pegado a la vida diaria.

Grupo 7 (caps. 55–63): la fuerza del recién nacido; cuanto más controlas, más desorden; administrar con mesura; no darle vueltas y más vueltas al pescadito; tomarse las cosas como algo difícil. Aquí confluyen el gobierno y la manera de conducirse uno mismo.

Grupo 8 (caps. 64–72): poner la fuerza donde las cosas todavía no han tomado forma; los tres tesoros; ganar sin hacer ruido; saber que no sabes. Recogida: todo lo anterior se reúne en cómo ser persona y cómo hacer las cosas.

Grupo 9 (caps. 73–81): la red del cielo es inmensa; lo blando y débil vence a lo duro y fuerte; quitar a quien le sobra para dar a quien le falta; cargar con la inmundicia del Estado; actuar y no contender. Cierre.

El rumbo entero, en una frase: de «¿qué es el Dao?» a «¿qué debe hacer una persona?», para acabar en «una cosa que cualquier persona corriente puede hacer hoy mismo».

VI. Unos cuantos caracteres que conviene reconocer desde ya

A lo largo de esta serie te toparás una y otra vez con unos pocos caracteres. En los manuscritos de seda, su sentido a menudo no coincide con lo que hoy nos dicta la intuición. Si te aprendes ahora su cara, luego todo irá mucho más fluido:

善 (shan): la mayoría de las veces no es «bondad», sino «ser hábil en algo, saber hacerlo» (caps. 27 y 81).

美 (mei): no es «bonito», sino «ideal, lo que se ajusta a lo que la gente desea» (caps. 2 y 81).

知 (zhi): muchas veces es «creer que se sabe» (caps. 71 y 81).

无为 (wu wei): no es no hacer nada, sino no forzar (caps. 37, 57 y 64).

不争 (bu zheng): no es aguantarse las ganas de contender; en su capa más honda es «no estar siquiera en esa partida» (caps. 66 y 81).

弗 / 毋 (fu / wu): los manuscritos de seda prefieren estas dos negaciones, más duras y más activas que el bu (不) de la versión transmitida (cap. 81: «actuar y no contender», donde ese «no» es fu).

VII. Cómo leer esta serie

Primero: no hace falta empezar por el capítulo 1.

El capítulo 1 es uno de los más difíciles de todo el libro. Si acabas de llegar, quizá te convenga entrar por estos:

(cap. 8) Como el agua;
(cap. 22) No arrebatar;
(cap. 46) Saber que basta es una destreza;
(cap. 63) Trata la tarea como difícil y dejará de desbordarte;
(cap. 76) Todo lo vivo es blando.

Ninguno exige conocimientos previos. Los lees y puedes ponerlos en práctica enseguida.

Segundo: si hay algo que no consigues desentrañar, déjalo pasar.

Hay capítulos que son difíciles sin más (el 14, el 21 o el 42, por ejemplo). Basta con que la puerta esté ahí. El día que llegues hasta ella, la empujarás sin pensarlo.

Tercero: no tengas prisa por «terminarlo».

El propio Laozi lo dijo: sus palabras son muy fáciles de entender y muy fáciles de practicar, pero nadie llega a practicarlas de verdad (cap. 70). Este libro no está hecho para terminarlo, sino para que te venga de pronto a la cabeza en un momento concreto.


Una última cosa.

En el fondo, los ochenta y un capítulos hablan de una sola cosa:

Descolgar el cartel que dice «yo».

Sin cartel, las cosas salen; si no contiendes por el título, lo que estaba en juego acaba siendo tuyo; si no te das tanta importancia, eres tú quien se mantiene en pie.

Y donde el libro pone su último trazo no es en el sabio, sino en el ser humano.

Actúa. Pero no contiendas.

Nos vemos capítulo a capítulo.