086 / 108 · Cómo sabemos
Thatcher: pensarlo y no volver a pensarlo
Su convicción cambió Gran Bretaña. Del mostrador de una tienda a la pequeña bandera del puente, queda una pregunta: después de decidir, ¿todavía se puede abrir la puerta?
I. «Esta señora no dará marcha atrás»
Octubre de 1980. Congreso del Partido Conservador. Recesión. El paro aumenta. Dentro del partido y del propio gabinete hay quienes piden cambiar de rumbo: aflojar el ajuste, volver a estimular la economía.
Margaret Thatcher sube a la tribuna. Pronuncia una frase que se repetirá durante décadas.
«Den ustedes marcha atrás si quieren. Esta señora no dará marcha atrás». You turn if you want to. The lady’s not for turning.
El auditorio se pone en pie y aplaude.
Se puede oír algo más que un recurso retórico. Si escuchamos una manera de conocer el mundo, aparece otra declaración: ya lo he pensado; ahora no voy a pensarlo de nuevo. Reconsiderar no sería apertura, sino debilidad. Ese es el peligro que sigue este ensayo, no un veredicto sobre cada una de sus decisiones.
Hay una fórmula aún más corta, conocida por las siglas TINA: There Is No Alternative. No hay alternativa.
No «no encuentro una propuesta mejor». Ni «por ahora, esta parece la mejor opción». No hay otra. Punto.
Lo dice una mujer formada en química. Thatcher estudió en Oxford y trabajó en cristalografía. Observar, formular una hipótesis, ponerla a prueba, corregirla: en el centro de esa práctica está la posibilidad de estar equivocado.
En esta declaración política, la dirección se invierte. Ya no dice: podría equivocarme. Dice: ya he decidido. La respuesta es una sola. Se acabó la discusión.
II. La hija del tendero
1925. Grantham. Una tienda de comestibles.
Su padre, Alfred Roberts, lleva el negocio. Metodista. Concejal y, más tarde, alcalde. Estricto. Ahorrador. Lee mucho, sobre todo biografías e historia. Ni alcohol ni baile en aquella disciplina familiar. Su hija se encarga de devolver sus libros a la biblioteca y traerle otros.
En la ética familiar que ella evocará una y otra vez, el mundo no te debe nada. Lo que quieras, gánatelo. No gastes más de lo que ingresa. No des por sentado que alguien pagará tus cuentas.
Suena a economía. Pero empieza detrás de un mostrador. Cada día, venta a venta, el dinero entra y sale. Si la mercancía comprada hoy no se vende, ¿qué harás mañana? No siempre puedes esperar que alguien te rescate. Tu tienda. Tu vida.
Ese mostrador marcó profundamente su instinto político. Un país no es una tienda, desde luego. Sin embargo, ella hablaba de las finanzas públicas recurriendo a la libreta de una casa o un comercio: no se puede vivir indefinidamente del crédito; la inflación devora los ahorros; a su juicio, exigir subidas salariales sin aumentos de productividad no se vuelve justo por ejercer presión. Una discusión abstracta de políticas se convierte así en un juicio moral cotidiano.
No tuvo que esperar a leer a Hayek para adquirir esas intuiciones. Una anécdota célebre la presenta golpeando una mesa de reuniones con Los fundamentos de la libertad: esto es en lo que creemos. No es un acta indiscutible de lo ocurrido. Pero capta un gesto reconocible: la teoría no solo enseña cosas nuevas; también confirma lo que uno ya creía. El mostrador le había dado parte de la respuesta. Hayek le dio un lenguaje más amplio para decirla.
Este es el movimiento que el ensayo reconoce en ella: primero llega la convicción; después, la confirmación. Recuerda a Dirac y también a McClintock. No porque sus pruebas tengan la misma validez, sino porque los tres reconocieron una dirección antes de completar el camino. Dirac partió de las ecuaciones. McClintock, de su sensibilidad hacia el organismo. Thatcher, del mostrador de una tienda.
III. Cerrar la puerta
En este recorrido por las maneras de conocer, Thatcher hace algo distinto de las siete figuras inmediatamente anteriores: cierra la puerta por propia voluntad.
Comte rellenaba las grietas. No pensaba que estuviera cerrando puertas: creía que nunca habían existido. Popper trazaba una línea, pero admitía que al otro lado había algo, solo que no era ciencia. Dirac oía voces detrás de la puerta. Qu Yuan escribía poemas fuera. Fichte preguntaba dónde estaba la puerta. McClintock entraba. Weil la mantenía abierta y esperaba.
Thatcher cruza, se vuelve y echa la llave. No niega que exista la puerta. Niega que sea necesario volver a abrirla.
Leída así, TINA no se limita a afirmar que hay una sola respuesta. Dice: he encontrado la respuesta; aquí termina la discusión.
No es un cierre pasivo. Cerrar porque no se han visto otras posibilidades sería ignorancia. Aquí se ha visto, se ha considerado, se ha decidido. Y después se ha cerrado.
Es más poderoso que la ignorancia. Y más peligroso.
IV. Ella y Churchill
Thatcher admiraba a Churchill. Su estilo político, la cadencia de sus discursos y su negativa a rendirse llevan su huella.
Pero su relación con la puerta cerrada no es la misma.
En mayo de 1940, el gabinete de guerra sí debatió si debía buscar negociaciones. Churchill impulsó la decisión de continuar resistiendo. Cerró aquella puerta. Pero negarse a capitular en esa guerra no tenía por qué significar negarse a reconsiderar todas las cuestiones posteriores. También había un Churchill que pintaba, escribía y criaba cerdos. Tras perder las elecciones al terminar la guerra, se dedicó a sus memorias. Esas otras facetas sugieren al menos esto: se puede no ceder en un asunto sin sellar toda la vida.
La negativa de Thatcher nos hace preguntar otra cosa: ¿puede una puerta cerrada provisionalmente volverse definitiva? «Ahora no hay alternativa» se desliza hacia «nunca habrá alternativa». El mercado deja de ser una opción que deba probarse, la privatización deja de ser una herramienta y los sindicatos dejan de ser una fuerza con la que negociar y buscar equilibrios: pasan a ser un enemigo que derrotar. Es la tendencia de un credo, no la afirmación de que sus gobiernos jamás negociaran ni rectificaran políticas.
Churchill cierra para ganar una guerra. En el contraste que propone este ensayo, el credo de Thatcher cierra porque ya no reconoce al otro lado nada que merezca discutirse.
Son dos movimientos diferentes. El cierre táctico dice: hay algo más allá, pero este no es el momento. El cierre convertido en convicción dice: más allá no hay nada que merezca ser escuchado.
V. Ella ganó
Thatcher ganó.
No solo tres elecciones generales. Cambió el terreno sobre el que se discutía.
La intervención económica, las empresas públicas, la negociación colectiva y el Estado del bienestar habían sido pilares de la política británica de posguerra. Con ella cambió su posición, aunque no desaparecieron todos. Más tarde, el Nuevo Laborismo de Blair aceptó muchas reformas de mercado y desarrolló sus propias políticas sobre esa base. Blair no se limitó a deshacer a Thatcher. Por decirlo con una imagen: seguía bailando sobre el suelo que ella había vuelto a colocar.
Ese es el poder de cerrar una pregunta. Si se mantiene la determinación el tiempo suficiente y se consigue suficiente éxito, no cambian solo las respuestas: cambian las preguntas. Buena parte del debate pasó de si había que privatizar a hasta dónde. Los adversarios no desaparecieron, pero tuvieron que volver a ganarse un lugar desde el que hablar sobre aquel suelo nuevo.
Ahí está también el peligro. Cambiar las preguntas puede significar que algunas dejen de hacerse. ¿Adónde van las que quedan fuera de la discusión? Permanecen como aquello que no cabe en el marco.
Las cuencas mineras del norte de Inglaterra. Fábricas que cierran. Comunidades que pierden su base económica. El paro de larga duración instalado en la vida de una generación. Su pregunta —¿qué nos aporta esta economía de mercado?— apenas consigue mover la premisa de TINA. Thatcher sí hablaba del sufrimiento del desempleo, incluso en aquel discurso de 1980. Pero reconocer el sufrimiento no es reabrir la elección del camino. Si ese dolor nunca puede hacer que el camino vuelva a discutirse, las personas siguen quedando fuera de lo que el marco puede acoger.
Lo que queda fuera no desaparece por sí solo. Se acumula. En el referéndum de 2016, el malestar de algunas antiguas regiones industriales volvió a hacerse sentir. Pero el norte no votó como un bloque y ninguna línea recta desde Thatcher explica el Brexit: la soberanía, la inmigración, la edad, la educación y décadas de políticas posteriores también intervinieron. Lo que este ensayo quiere escuchar es una voz que la mejora de las cifras nacionales no había apagado: estamos aquí, debajo de vuestro suelo. Nos habéis olvidado.
VI. Cerrar también permite algo
Hasta aquí podría parecer una acusación. Pero esta serie no quiere abandonar a una persona dentro de un veredicto. Después de nombrar el daño, todavía hay que preguntar: ¿qué fuerza la sostuvo?
¿Tiene algún valor para el conocimiento el propio acto de cerrar?
Sí.
En el ensayo anterior, la atención de Weil consistía en hacer espacio dentro de uno mismo para dejar entrar al mundo. Es una manera de conocer. Hay, sin embargo, otro momento: cuando uno ya sabe hacia dónde ir. Entonces quizá no necesite recibir todavía más, sino evitar que cada nueva interrupción lo aparte de lo decidido. A veces hace falta cerrar.
En un campo de batalla no se puede detener uno a cada paso para volver a plantear desde el principio si debería librarse esa guerra. Se ha decidido. Ahora toca actuar.
La crisis a la que Thatcher quería responder no era inventada. Gran Bretaña había sufrido una inflación superior al veinte por ciento a mediados de los setenta, acudido al FMI en 1976 y atravesado conflictos laborales que desorganizaron servicios públicos en 1978–1979. Algunas empresas estatales dependían mucho de las subvenciones. Esos problemas seguían entrelazados cuando llegó al poder en 1979. En una situación así, se puede desear de verdad que alguien diga: por ahora, basta de discutir. Empecemos.
Thatcher lo dijo. Soportó la oposición dentro de su partido y un odio duradero fuera de él. Pero los costes sociales de la huelga minera, del paro y de las comunidades rotas no fueron simplemente sus costes. Los pagaron muchas personas que no habían elegido aquella ruta. Su valentía no borra esa diferencia.
En cierto momento, conocer exige pasar de explorar a ejecutar. Explorar es seguir preguntando, considerar otras vías, dejar que el mundo entre. Ejecutar es concentrar las posibilidades en torno a una decisión y ponerse en marcha.
Ambos movimientos pertenecen al pensamiento, pero avanzan en direcciones opuestas. Explorar ensancha; ejecutar concentra. Explorar siempre acaba siendo indecisión. Ejecutar siempre acaba siendo rigidez. Hay que poder pasar de uno a otro.
El problema, por tanto, no es solo haber cerrado. Es olvidar que se puede volver a abrir. Una táctica —ahora no hay alternativa— se convierte en credo: nunca habrá alternativa. Queda clausurado el camino para buscar de nuevo.
VII. Frente a Arendt
Thatcher y Arendt. No es una pareja evidente.
Una es política; la otra, pensadora de la política. Una decide; la otra estudia a quienes deciden.
Pero entre ambas aparece una de las tensiones importantes de este recorrido: pensar y dejar de pensar.
Arendt nos enfrenta a una pregunta más áspera: ¿cómo puede la negativa a preguntarse qué se está haciendo llevar a participar en el mal? Su análisis de Eichmann no es simplemente un asunto de poca inteligencia. Los tópicos, la obediencia y los procedimientos pueden interponerse entre una persona y su juicio. «¿Debo hacerlo?» cede su sitio a «¿cómo lo hago con mayor eficacia?». Eso no reduce el genocidio a un defecto psicológico. Pregunta cómo una acción culpable puede convertirse, para quien la lleva a cabo, en algo que ya no necesita examinarse.
Thatcher no es Eichmann. Pensó seriamente, consideró otras posibilidades y las descartó. La TINA que nos ocupa no nace de no haber pensado nunca. Aparece después de pensar, cuando se da por terminada la tarea.
La pregunta sigue ahí: ¿cuándo se puede parar? ¿Quién decide que ya se ha pensado suficiente? Si lo decido yo mismo, ¿cómo sé que no estoy cerrando demasiado pronto?
Si prolongamos esta conversación imaginaria, la respuesta desde el lado de Thatcher sería: no lo sabes. Pero tienes que decidir. Si esperas a tener certeza, nunca harás nada.
Desde el lado de Arendt llega un recordatorio: empezar a actuar no significa entregar el juicio. Haber tomado una decisión no te exime para siempre de preguntarte qué estás haciendo.
Ninguna de las dos exigencias puede anularse. Quien cierra tiene que responder ante las personas excluidas; quien insiste en seguir pensando también debe explicar cómo actuar a tiempo. No significa que Arendt despreciara la acción: es uno de los centros de su obra. La pregunta vuelve a nosotros. El mundo no esperará a que acabemos de pensar. Pero tampoco dejará de plantearnos preguntas nuevas solo porque hayamos empezado a actuar.
VIII. A la entrada del puente
En este puente imaginario, Thatcher llega con pasos pesados. Tacones. Bolso. Ese bolso que nunca abandona contiene todo lo necesario. Documentos. Cifras. Está preparada.
Sube al puente y mira alrededor. No contempla el paisaje. Evalúa: ¿es sólido? ¿Cuánto peso soporta? ¿Quién trabaja? ¿Quién está perdiendo el tiempo?
Comte hojea su calendario. ¿Sirve para algo? Popper discute. ¿Ha producido algún resultado esa discusión? Dirac escribe una ecuación en el aire. ¿Se puede aplicar? ¿Convertir en un producto? Qu Yuan está sentado junto al agua. ¿Qué hace? ¿Tiene trabajo?
Su mirada pasa por Weil. Se detiene. Está delgada. En este encuentro inventado, Thatcher ve primero a alguien a quien no comprende: puedes trabajar, puedes ganarte la vida, ¿por qué te empujas hasta ese borde? No conoce toda la maraña de la enfermedad, la alimentación y la muerte de Weil. Pero reconoce otra cosa: convicción. Inquebrantable. Opuesta a la suya, sí. Y, sin embargo, esa forma de decidir y no volver atrás le resulta familiar.
Encuentra un sitio y se queda muy erguida. Mira al frente. Ni a izquierda ni a derecha. Sabe qué hay delante: el camino que ya ha elegido.
Churchill está en alguna parte. Quizá no a la entrada; quizá debajo, pintando. Ella mira un instante en esa dirección. Él la entendería. También cerró puertas. Pero el Churchill de este puente sabía que aquel cierre era provisional.
La puerta de ella es permanente.
Abre el bolso y saca un papel. Solo cuatro letras: TINA. Lo fija a la barandilla. Como una pequeña bandera.
Llega el viento. El papel se agita. No sale volando. Está bien sujeto.
Desde abajo suben sonidos. Los de las poblaciones mineras del norte de Inglaterra. Fábricas que cierran. Una generación que pierde su trabajo. El sonido de lo que ha quedado fuera.
Ella lo oye.
No vuelve la cabeza.
Esta señora no dará marcha atrás.
Notas de lectura y fuentes
Las puertas, el suelo y los encuentros del puente son interpretación y ficción literaria, no diagnósticos psicológicos ni actas históricas. La mirada limitada de la Thatcher imaginaria sobre Weil no explica la muerte de esta.
La negativa a dar marcha atrás aparece en el discurso del 10 de octubre de 1980. En el del 21 de mayo también aparece la idea de que no hay una alternativa real, sin afirmar aquí que sea su primer uso. La anécdota incierta del libro sobre la mesa se refiere a Los fundamentos de la libertad, no a Camino de servidumbre.
Las finanzas de un Estado no son las cuentas de una familia; tampoco desapareció la oposición a privatizar. El voto de 2016 no se explica solo por Thatcher ni por una única motivación. Pensar y juzgar, en Arendt, no equivale a renunciar a actuar. Los textos y estudios siguientes respaldan estas distinciones. Para la biografía, véanse también Charles Moore y John Campbell.
Margaret Thatcher — Conservative Party Conference, 10 October 1980 · Margaret Thatcher — Conservative Women’s Conference, 21 May 1980 · Margaret Thatcher Foundation — Hayek and Friedman (archive introduction) · Churchill Archives Centre — Thatcher biography · IMF history — the 1976 British negotiations · Bank of England — UK inflation history (Staff Working Paper 1135) · Nurse & Sykes — differing local votes and the limits of “left behind” explanations · Hannah Arendt — Thinking and Moral Considerations (1971) · UK Foreign Office — Halifax and the 1940 peace initiatives
Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。