Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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039 / 108 · Cuando el mundo nos rehace

Su Shi, ¿quién tiene miedo?

Bajo la lluvia de Huangzhou, la poesía no promete dejar de sufrir. Abre un poco de espacio para seguir viviendo.

I. Un poema sobre la mesa del interrogatorio

En 1079 llegan funcionarios a Huzhou y se llevan detenido a su prefecto, Su Shi.

Los poemas que circulaban entre amigos pasan a otra mesa. ¿De qué se burla este verso? ¿A quién señala aquella imagen? Las críticas a las Nuevas Políticas y las palabras de un escrito oficial se reúnen como pruebas de irreverencia. Las metáforas del poeta se convierten en sogas en manos ajenas.

Su Shi discrepa de Wang Anshi sobre las reformas y su aplicación. Pero el proceso conocido como el caso poético de la Terraza de los Cuervos no es una riña entre dos escritores. Los censores que acusan, las facciones y el poder imperial entran en la vida de una persona. Terraza de los Cuervos era un antiguo nombre del Censorado.

Permanece preso durante meses. En poemas dirigidos a su hermano Su Zhe piensa a quién dejará encargada su familia si muere. Aquel hombre que después encarnará la serenidad cree de verdad que quizá nunca atraviese de nuevo esa puerta.

El interrogatorio termina en una sanción, no en una ejecución. En 1080 llega a Huangzhou con un título militar nominal, sin permiso para participar en el gobierno y con restricciones de residencia y movimiento. El emperador le ha dejado la vida; no le ha devuelto la que conocía.

Dos años después escribe allí las rapsodias del Acantilado Rojo. Su fama posterior no convierte la cárcel en un precio que hubiera sido legítimo exigirle.

II. No fue una caída en línea recta

También conoció otros días. En 1057 el joven Su Shi aprueba los exámenes y Ouyang Xiu admira sus escritos. Junto con su padre y su hermano gana reconocimiento entre los letrados. Desempeña responsabilidades reales en la administración central y local.

Después de Huangzhou vuelve a la corte y ocupa cargos importantes, entre ellos uno en la Academia Hanlin. Cuando los adversarios de las reformas quieren anularlas en bloque, vuelve a disentir. Cada medida tiene ventajas e inconvenientes; saber quién la ideó no basta para juzgarla. Regresar entre aliados no obliga a entregarles el propio criterio.

Sirve después en Hangzhou, Yingzhou, Yangzhou y Dingzhou. Los conflictos de la corte influyen, pero no todos esos destinos son destierros. Aún puede hacer cosas. En Hangzhou, limpiar los cauces, socorrer a quienes pasan hambre y atender a los enfermos también pertenece a su vida, no a un currículum sin relación con sus poemas.

El destierro a Huizhou llega en 1094; el de Danzhou, en Hainan, en 1097. Aumentan las distancias. Conseguir comida, medicinas y alojamiento se vuelve una dificultad concreta. Lejos de lo familiar, cada vez mayor, tiene que resolver obstáculos materiales todos los días.

Nos gustan las trayectorias sencillas: éxito juvenil, descenso, triunfo del espíritu. Su camino incluye partidas forzadas y responsabilidades recuperadas, decepciones y jornadas dedicadas a los problemas de otros.

No nos apresuremos, por tanto, a declarar que nunca se quebró. La frase convierte demasiado fácilmente a los demás en fracasados. Miremos primero cómo alguien capaz de sentir miedo y decepción encontró maneras de enlazar un día con el siguiente.

III. El viento y la luna de Huangzhou

Vive en Huangzhou entre 1080 y 1084. Los ingresos disminuyen; hay una familia que mantener y gastos que contar. Su amigo Ma Zhengqing lo ayuda a conseguir unas antiguas tierras militares al este de la ciudad. Un pensamiento no las convierte en cultivo: hay que desbrozar, esperar las cosechas y depender del tiempo.

Ladera del Este: Dongpo. El nombre que casi eclipsará al suyo empieza siendo un lugar de trabajo. No demuestra que alguien pueda inventarse sin deber nada a los demás. Detrás están la ayuda de un amigo, el esfuerzo familiar y los vínculos con los vecinos.

En la primera Rapsodia del Acantilado Rojo, de 1082, la tristeza llega con la flauta y las palabras de un invitado. Nuestra vida es breve; el río parece interminable. Si desaparecieron los héroes antiguos, ¿qué podrá dejar una existencia tan pequeña?

El anfitrión no manda callar al dolor. Habla del agua y de la luna, de lo que cambia y de lo que permanece como dos maneras de mirar. Después aparecen el viento que recibe el oído y la luz que encuentra el ojo. Al final no hay una victoria solitaria, sino algo que tú y yo podemos disfrutar juntos.

El viento y la luna no sustituyen una comida ni anulan una condena. Abren otra ventana: fuera del cargo perdido sigue habiendo un mundo que el cuerpo puede sentir y alguien que puede sentarse a tu lado. El invitado ríe, se lavan las copas y se vuelve a beber. Amanece. La compañía forma parte del desenlace.

En el poema que recuerda el Acantilado Rojo, también de 1082, el río arrastra hacia el este a los héroes del pasado mientras el poeta advierte sus propias canas. La amplitud de la mirada no lo coloca fuera del tiempo. Le permite mirar un poco más lejos desde dentro.

Otra composición, con la melodía Ding Feng Bo, empieza bajo la lluvia. ¿Por qué no cantar y caminar despacio? Bastón de bambú, sandalias de paja, capa de lluvia: ¿quién tiene miedo? Pero el poema continúa. El viento primaveral despeja la embriaguez; siente algo de frío. Desde la colina lo alcanza una luz oblicua.

Al final vuelve la vista hacia el lugar donde llovía. La lluvia, el claro y la mirada hacia atrás ya no pertenecen al mismo instante. Esos pasos importan. No tienen por qué demostrar que nunca más volverá a sentir miedo.

IV. También podía llorar

Quedarnos solo con «¿quién tiene miedo?» ocultaría los poemas de la Fiesta de los Alimentos Fríos, escritos también en Huangzhou. Allí las puertas imperiales son inaccesibles y las tumbas familiares están lejísimos. Quien escribe sobre la luna también escribe sobre un fogón, una vivienda precaria, la lluvia persistente y las distancias que no puede recorrer.

No tuvo que volverse incapaz de ira o desesperación para adquirir el derecho a escribir. Tampoco hace falta imponerle una curación perfecta: primero miedo, luego iluminación y, desde entonces, inmunidad. Un corazón no avanza de forma tan ordenada.

En Huizhou escribe que, con trescientos lichis al día, aceptaría quedarse en Lingnan. Es una exageración gozosa, no un registro de su dieta ni una cancelación legal del destierro. El gusto sigue ahí. También la capacidad de disfrutar de algo.

Al cruzar el mar hacia el norte en 1100 pone, en un mismo par de versos, el peligro de morir en el sur y lo extraordinario de la experiencia. El peligro no desaparece. Tampoco recibe el monopolio de las palabras.

Además, Su Shi no deposita toda respuesta en la mente. Como funcionario combate inundaciones, hambre y enfermedad. Sabe que las personas necesitan diques, comida y cuidados. Disfrutar de una brisa no es un argumento contra mejorar las condiciones de vida.

Lo que nos conmueve no es que ya nadie pueda herirlo, sino que la herida no dicte necesariamente todas las frases que quedan. Quien no consigue escribir o sonreír no ha suspendido una prueba de esfuerzo. Su dificultad para recuperarse no reduce la responsabilidad de quien le hizo daño.

V. Junto a Du Fu

Du Fu escribe sobre el hambre, las levas y el desarraigo. Pero el sufrimiento no se derrama sin elaborar sobre el papel. Elegir quién habla, dónde termina un verso y cómo un techo agujereado conduce a los techos de los demás exige arte y juicio.

El poema sobre la cabaña destrozada por el viento de otoño va desde su propia cama mojada hasta el deseo de cobijo para los letrados pobres de todas partes. No es un hombre roto que solo sabe registrar lo que pasa. Dentro de su desgracia formula una exigencia para desconocidos: también ellos deberían tener dónde vivir.

Su Shi toma a veces otro giro bajo la lluvia de Huangzhou. Si este aguacero me ha dejado así, ¿puedo volver a mirar mi relación con él? Un movimiento dirige la atención hacia los otros; otro afloja una reacción que parecía inevitable.

Son énfasis de algunas obras, no funciones asignadas de por vida. Du Fu también escribe alegría y amistad. Su Shi también se ocupa de la injusticia y la miseria pública. Uno no mira únicamente hacia fuera ni el otro únicamente hacia dentro.

Ambos trabajan una y otra vez el lenguaje para que una experiencia difícil resulte accesible a otra persona. Los poemas de Du Fu están cuidadosamente construidos; la serenidad de Su Shi contiene penas todavía sin reposo. Leerlos de cerca descubre seres más ricos que dos etiquetas contrapuestas.

No hace falta apresurarse a decirle a Du Fu que lo supere, ni ordenárnoslo al leer a Su Shi. Un poema puede añadir una respuesta posible sin quitarnos el derecho a las respuestas que ya tenemos.

VI. Junto a Li Bai

La negativa de Li Bai a doblegarse ante los poderosos tiene la energía de quien se da la vuelta y sale. Pero su vida también recibió golpes. Tras implicarse con el príncipe Yong fue encarcelado y condenado al destierro en Yelang; obtuvo el perdón durante el viaje. No era una excursión elegida.

Los dos conocieron caminos decididos por otros. El poeta que vuela en sus versos también puede marchar bajo custodia. Perder la libertad no siempre deja una salida elegante.

Cabe una comparación más modesta. Algunas frases de Li Bai abren una puerta y rechazan someterse. Algunas de Su Shi buscan un rincón donde respirar cuando, de momento, marcharse es imposible. Irse y asentarse pueden ayudar a seguir viviendo.

Poder abandonar una restricción injusta sigue siendo una libertad real. La seguridad, la comida suficiente y el reencuentro familiar no se sustituyen con un cambio de ánimo. Un buen poema escrito bajo coacción no demuestra que la coacción carezca de importancia.

La frase que sitúa la patria donde el corazón encuentra paz suele aparecer bajo el nombre de Su Shi. Pero en su obra quien la pronuncia es Rounu. Él escucha la respuesta de otra persona y la conserva.

La libertad no suena solamente como «no podéis conmigo». A veces se oye al reconocer que otra persona tiene su propia manera de decir cómo quiere vivir.

VII. Junto a Bada Shanren

Bada Shanren, Zhu Da, vive la caída de los Ming y el establecimiento de los Qing. Su Shi vive las luchas de facciones y los destierros de los Song. Son situaciones políticas distintas. No necesitamos convertir a uno en un fragmento roto para que el otro sea una pieza indestructible.

Bada pinta peces, aves y lotos; también deja caligrafías y poemas. Los silencios de los relatos sobre él requieren su contexto. Mientras tanto, las obras siguen encontrándose con nuevos espectadores. Hay blanco en el papel y una voz en el pincel.

Las cartas y los poemas de Su Shi conservan risas y aflicción. Los cuadros de Bada ofrecen miradas, distancias y cosas que no terminan de decirse. El volumen no es la única medida de una expresión.

Un espacio sin pintar puede detener la mirada. Un poema puede desplegar un cambio de sentimiento. Son posibilidades de las obras, no una escala donde perder una dinastía solo autorice el silencio y perder una carrera permita todavía hablar.

Leyendo a Bada quizá aprendamos a no exigir que alguien lo explique todo. Leyendo a Su Shi, a escuchar el dolor que aún permanece junto a la risa. Ninguna de esas lecturas vence a la otra.

Guardar un lugar para Su Shi junto al puente no exige retirar el de Bada. Pueden estar allí juntos sin que uno tenga que convertirse en el ejemplo del fracaso del otro.

VIII. Donde el corazón puede descansar

Una amnistía permite a Su Shi salir de Hainan en 1100. En 1101 muere en Changzhou, a los sesenta y cuatro años. Después de tanto camino, el viaje termina allí.

Ese último trayecto no lo devuelve a Meishan. De joven había regresado a Sichuan para guardar luto familiar: su tierra no era una lejanía abstracta. Más tarde creó vínculos en otros lugares. Echar de menos el origen y vivir aquí pueden ocurrir a la vez.

La frase célebre aparece en el prefacio y en el final de otra composición Ding Feng Bo. Su Shi le pregunta a Rounu, que había acompañado a Wang Gong al sur y regresado, si Lingnan no debía de ser desagradable. En el texto ella responde que su tierra está donde su corazón halla paz.

Antes de convertirse en máxima sucede algo pequeño: la respuesta de una mujer desplaza la expectativa del poeta. Ella no es mero material para demostrar la serenidad de él. Escribir sus palabras no convierte su voz en propiedad del escritor.

Podemos oír una resonancia con las preguntas de Huineng sobre el apego. Pero la vacuidad budista no significa que nadie necesite ayuda externa, ni la paz del corazón elimina el hambre o la necesidad de un hogar. El budismo y la vida cotidiana pueden conversar sin demostrar una misma fórmula de libertad incondicional.

En Huangzhou un amigo lo ayuda a obtener tierras. En Hainan lo acompaña su hijo y lo apoyan habitantes del lugar. La paz no tiene por qué ser una victoria solitaria lograda al retirarse del mundo. A veces crece entre una comida, una conversación y alguien dispuesto a echar una mano.

IX. ¿Quién tiene miedo?

Su Shi dejó poemas, letras de canciones, prosa, caligrafía y pintura. Merece la pena leer su manera de afrontar lo que ocurre. Pero las obras no caben en una garantía de autoayuda: decide no romperte y nadie podrá herirte.

Él no ofrece esa garantía. Un gesto más pequeño está más cerca de sus versos: ya ha llegado la lluvia; probemos a dar unos pasos. Admitir el frío cuando hace frío. No rechazar el calor cuando aparece el sol.

Dejémoslo entrar ahora en el puente imaginario de esta serie, con una copa de vino. Una figura nacida de nuestra lectura entra por un momento en una imagen.

Están Du Fu, Li Bai y Bada. Su Shi no necesita demostrar su superioridad con una sonrisa. Quizá escucha primero. Si alguien aún no quiere hablar, deja libre el sitio a su lado.

Se levanta viento en el puente. Bebe y mira a lo lejos. Tal vez sonríe; tal vez guarda silencio. Haber dicho «¿quién tiene miedo?» no le ha quitado el derecho a sentirlo.

No lo leemos para aprender a culparnos de que todavía duela. Cuando el dolor ocupa mucho espacio, un poema puede recordarnos que también cabe algo más.

¿Quién tiene miedo? Dejemos que siga siendo una pregunta. Después, algo más despacio, demos unos pasos más.

Notas de lectura y fuentes

Los versos se han recreado para esta edición y se conserva la atribución de la respuesta a Rounu. Sesenta y cuatro son años cumplidos, distintos de los sesenta y seis de la cuenta tradicional. La escena del puente es una imaginación literaria.

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Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。