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Arendt: ¿quién juzga en tu lugar?
Órdenes, costumbres, explicaciones elegantes: todo está listo. ¿Quién sigue juzgando? Del tribunal a la página inconclusa, la pregunta vuelve también a Arendt.
I. Fue a mirar
Jerusalén, 1961. Adolf Eichmann comparece ante el tribunal detrás de un cristal blindado.
Hannah Arendt ha llegado como reportera del New Yorker. No quiere limitarse a leer una lista de crímenes. Quiere escuchar cómo este hombre concreto habla de lo que ha hecho.
Ante crímenes así, resulta fácil esperar un monstruo que se reconozca a primera vista.
Detrás del cristal, sin embargo, hay una cara que no desentonaría en cualquier oficina.
Arendt describe su apego a las frases hechas: el deber, las órdenes, la obediencia, la carrera profesional. Eso no demuestra que careciera de convicciones antisemitas, ni mucho menos que no fuera malvado. Investigaciones posteriores, sobre todo acerca de sus declaraciones y actividades en Argentina, han destacado su compromiso ideológico y la construcción deliberada de su personaje. Que un acusado se presente como mero ejecutor no basta para creerlo.
Organizaba deportaciones que enviaban a personas a la muerte. Los nazis y sus cómplices asesinaron a seis millones de judíos; Eichmann fue uno de los principales organizadores de ese genocidio. Su aspecto corriente no reduce su responsabilidad. Nos quita, más bien, la comodidad de creer que el mal puede reconocerse por la cara.
Sus reportajes aparecen en 1963 y se reúnen en Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal.
«La banalidad del mal» se convierte pronto en una expresión famosa. A veces tan famosa que se recuerda sin volver a preguntar qué quiere decir.
No quiere decir que los crímenes sean insignificantes ni que sus autores sean inocentes. Arendt señala que las acciones atroces pueden convivir con un lenguaje vacío y con la evasión del juicio. Pero su retrato de Eichmann sigue sujeto a las pruebas históricas. Un concepto poderoso no vuelve incorregible a quien lo formuló.
II. No pensar
Aquí, no pensar no significa ser incapaz de calcular u organizar, ni quedarse un rato mirando por la ventana. Eichmann sabía planear, maniobrar, buscar poder. La pregunta es si esas capacidades pueden servir también para mantener a distancia otras preguntas.
¿Qué estoy haciendo? ¿En qué estoy convirtiendo a estas otras personas? ¿Por qué una orden habría de resolver esas preguntas por mí?
Un horario puede ser exacto, un transporte eficaz, un informe impecable. Pero cuando las personas vivas se vuelven cantidades que procesar, la precisión no garantiza la legitimidad. Hacer bien un trabajo y tener razón al hacerlo son dos cuestiones distintas.
Hay una advertencia de Arendt que merece escucharse: la crueldad no siempre enseña los dientes. El odio y las convicciones pueden apoyarse en deberes y rutinas que impiden preguntar. De ahí no se deduce lo contrario: que todo mal carezca de intención o que una distracción sea ya un crimen.
Entonces recordamos a Simone Weil. Ella nos pide atención para quien sufre; Arendt nos obliga a preguntar en qué estamos participando. Una pregunta: ¿has escuchado a esta persona? La otra: ¿puedes responder ante ti mismo por lo que estás haciendo?
No son dos versiones de la misma teoría. Pero, juntas, las preguntas se iluminan. Una explicación demasiado ensayada puede tapar a la persona que tenemos delante y ocultarnos también a nosotros mientras actuamos.
III. Dos maneras de cerrar una puerta
En el ensayo sobre Thatcher vimos cómo «no hay alternativa» puede clausurar una discusión. Podemos recuperar la imagen de la puerta sin equiparar las controversias políticas de una dirigente democrática con un genocidio.
Comparamos dos hábitos del lenguaje. No estamos dictando sentencia sobre la constitución interior de dos personas.
Uno dice: ya lo he pensado; no hay nada más que discutir.
Puede ser el resultado de una decisión meditada. También puede convertirse en un escudo contra nuevas pruebas. Necesitamos juzgar; hacer que un juicio particular quede a salvo de toda pregunta futura es otra cosa.
El otro dice: yo no decidí; solo ejecuté.
La frase manda las razones a otra parte, como si quien firma, organiza o actúa pudiera salir de los hechos. Donde hay elección y acción, la responsabilidad no desaparece porque cambie la gramática.
No por eso debemos decir que dentro de Eichmann no había «nadie». Convertirlo en una cáscara vacía podría borrar precisamente la responsabilidad que debe asumir. Hay que preguntar cómo una persona concreta apoyó, impulsó y defendió sus actos, no decretar que nunca tuvo un yo.
Tampoco la autoposición del yo de Fichte sirve de diagnóstico psicológico de un criminal. El hilo de esta serie permite una pregunta más sencilla: cuando dices que esto no tiene nada que ver contigo, ¿puedes retirar de la historia todo lo que hiciste?
IV. También ella debe responder
Tras publicarse el libro, Arendt queda en el centro de una controversia feroz.
Uno de sus puntos más delicados es el tratamiento de los consejos judíos. Los nazis impusieron o aprovecharon esos organismos. Bajo amenazas, algunos dirigentes cumplieron exigencias de registro, requisa y deportación; otros demoraron, se negaron o ayudaron a la resistencia, a veces pagando su negativa con la vida. No se pueden borrar las diferencias de lugar, momento y coerción.
Decir que ella solo contó una verdad que nadie quería oír no zanja la disputa. Hubo objeciones al tono, pero también a las generalizaciones, las pruebas y la valoración del margen de elección bajo el terror. La responsabilidad de los perseguidores no puede trasladarse a las víctimas. Examinar acciones concretas exige considerar las amenazas que las rodeaban.
Hubo ataques injustos y amistades rotas. Pero las comunidades judías no hablaron con una sola voz, ni Arendt careció por completo de apoyos.
Podemos recordar a Qu Yuan, el poeta chino de un ensayo anterior: ¿cómo seguir en pie después de decir algo que no es bien recibido? Ese eco no garantiza cada frase de Arendt. Ser independiente no equivale a ser infalible.
También podemos recordar a Barbara McClintock, sin convertirla otra vez en un genio al que nadie escuchó durante treinta años seguidos. Las disputas científicas y públicas requieren pruebas y razones. Que alguien encuentre oposición no demuestra que haya dicho «demasiada verdad».
Arendt pedía no entregar el juicio a la autoridad. Al leerla, tampoco debemos entregarlo al nombre de Arendt. Puede ser alguien con quien discutir seriamente, sin convertirse en alguien a quien esté prohibido cuestionar.
V. La vida del espíritu
Después del juicio, pensar y juzgar siguieron preocupándola. ¿Cómo hacer algo más que resolver una tarea con inteligencia: detenerse para examinar la tarea misma?
La vida del espíritu debía ocuparse del pensamiento, la voluntad y el juicio. Arendt murió en 1975, a los sesenta y nueve años, antes de redactar el volumen previsto sobre el juicio. Según su editora Mary McCarthy, en la máquina de escribir quedó una hoja con el título «El juicio» y dos epígrafes. No una página vacía salvo por el título.
La imagen es inolvidable. No significa que muriera ante la máquina ni que jamás hubiera empezado a pensar sobre el juicio. Ya existían sus lecciones sobre Kant y otros trabajos. Falta el volumen proyectado y concluido, no toda la reflexión anterior.
Pensar, querer y juzgar son actividades distintas en su obra. No forman una cadena de producción automática: se enciende el pensamiento y sale la bondad.
Siguiendo a Sócrates, examina la conversación silenciosa de una persona consigo misma. Después de hacer algo, ¿puedes vivir a solas con quien lo hizo? El «dos en uno» nombra una experiencia del pensar, no a dos habitantes literales del cráneo.
Esa conversación puede interrumpir un cómodo «todo el mundo lo hace». Quizá no produzca de inmediato una regla, pero impide que una regla repetida parezca no necesitar explicación. Juzgar exige además volver a las situaciones y considerar otras perspectivas, no limitarse a ganar una discusión dentro de la propia cabeza.
Pensar no es un seguro moral ni un examen de ingreso en la humanidad. El descanso, el agotamiento, la enfermedad o el deterioro cognitivo no privan a nadie de su valor. No se trata de examinarnos a cada segundo, sino de no convertir «no lo pensé» en una exención permanente de responsabilidad.
VI. Entre las vidas anteriores
Fichte nos ayuda a ver la actividad del sujeto; Arendt insiste en la responsabilidad de actuar. Se pueden leer juntos sin convertir a la segunda en una «prueba negativa» del primero. Declarar que el autor del mal no tiene yo no explica el mal.
Weil pide a su propia urgencia que retroceda para dejar hablar a quien sufre. Arendt nos hace detenernos ante nosotros mismos y ante otras perspectivas. Retroceder no es desaparecer; pensar no es ocupar todo el escenario. Ambas pueden recordarnos que nuestras explicaciones no deben vivir la vida ajena en lugar de quien la vive.
La puerta de Thatcher recuerda que una decisión no debe poner fin a las preguntas. El lenguaje de las órdenes recuerda que ejecutar no basta para quedar libre de responsabilidad. Las situaciones no son moralmente equivalentes. Una metáfora plantea una pregunta; no sustituye al juicio histórico.
Yukawa, a quien acabamos de leer, hizo encontrarse a los libros antiguos con la física. Su intuición no era ausencia de pensamiento, ni Zhuangzi produjo directamente la teoría de los mesones. Yukawa dejó espacio para una respuesta aún desconocida; Arendt volvió a convertir una respuesta habitual en pregunta. Son aperturas distintas, pero ninguna puede prescindir de la realidad.
VII. Natalidad
Arendt no escribió solo sobre el mal. Escribió también sobre el comienzo: la natalidad.
Quien llega al mundo no es solo otra copia de un patrón existente. Alguien hablará, actuará y se encontrará con otros de una manera que antes no existía. Esa posibilidad arraiga en que cada uno llega como alguien nuevo.
La idea ya era importante en La condición humana, de 1958. No nació después del juicio de Eichmann como la mitad luminosa de un cuadro simétrico. Tampoco toda acción nueva es buena: lo inesperado puede destruir tanto como dar esperanza.
Sin embargo, el pasado no ha escrito todas las frases del futuro. Podemos comenzar cosas, pero vivimos también entre relaciones de poder, peligros y restricciones. «Siempre puedes empezar de nuevo» no debe transformarse en una acusación contra quien no tiene una salida segura.
La responsabilidad de Eichmann debe examinarse a partir de sus decisiones y actos, no de una supuesta pérdida de su condición de nuevo comienzo. Quitar a otro su condición humana no es el camino más fértil para continuar el pensamiento de Arendt.
Un comienzo puede ser pequeño: una negativa, tomar la palabra en público, varias personas que deciden no seguir como antes. No ocurre solo dentro de una cabeza. Necesita una respuesta y un espacio donde encontrarse y actuar.
Pensar puede interrumpir la repetición automática; la natalidad impide reducir toda política a repetición. Su relación no es la de un interruptor con una bombilla. Que el mundo deje sitio a los recién llegados depende también de la vida que construimos juntos.
VIII. En el puente
En este puente imaginario, Arendt se acerca con un cigarrillo en la mano.
Es una imagen familiar, no el motor de su pensamiento. Dejemos que se detenga a mirar a las personas reunidas aquí.
No examina quién merece tener un yo. Todos están ya presentes. Quizá quiera preguntar: esa frase que acabas de decir, ¿estarías dispuesto a pensarla otra vez?
Comte hojea un calendario. Clasificar ayuda a ordenar el mundo. Ella mira las casillas y luego a quienes están al lado. Los nombres del calendario no han dicho todo lo que esas personas tienen que decir.
Thatcher está muy erguida. No tienen por qué ponerse de acuerdo aquí, ni hay que convertir a Eichmann en una vara para medirla. El puente puede dejar lugar a la discusión: ¿cómo tomar una decisión firme sin cerrar el paso a quienes lleguen después?
Weil escucha. Arendt la mira y recibe también un recordatorio: poder vivir con uno mismo no significa haber escuchado el sufrimiento ajeno. La conversación interior necesita una ventana, no solo un espejo.
Arendt encuentra un sitio para sentarse y saca un cuaderno.
¿Qué escribe?
Quizá una pregunta que nosotros ponemos bajo su pluma: cuando ya están listas las órdenes, las costumbres y las explicaciones elegantes, ¿cómo juzgo esto que tengo delante?
Recordamos la hoja en la máquina, con título y epígrafes, pero sin un texto terminado. No era un vacío absoluto. Tampoco una respuesta final que nosotros tengamos derecho a completar por ella.
Está sentada en el puente y sigue escribiendo.
Tal vez termine una página; tal vez tache una línea. Alguien habla a su lado y ella levanta la cabeza. La pregunta no está solo en el papel.
No se trata de no parar nunca. Se trata de no entregar nuestro juicio para siempre.
Notas de lectura y fuentes
Sobre Eichmann y los consejos judíos: United States Holocaust Memorial Museum. La investigación posterior se presenta mediante la información editorial pública de Eichmann Before Jerusalem, de Bettina Stangneth, sin afirmar una relectura íntegra. Hay que distinguir interpretación del juicio, defensa del acusado y compromiso ideológico. La coacción ejercida sobre los consejos no transfiere la responsabilidad de los perseguidores a sus víctimas.
Pensamiento y moral: conferencia de Arendt de 1971. Nacimiento y pluralidad: pasaje del diario de 1954 reproducido por el centro Arendt de Bard. La natalidad ya aparece en La condición humana (1958); no es un examen para ser persona. Pensar, querer y juzgar siguen siendo distintos. Las imágenes cotidianas son interpretaciones, no definiciones exactas.
El título y los dos epígrafes siguen el testimonio de Mary McCarthy citado en el prefacio de Linda Zerilli. La Biblioteca del Congreso conserva también materiales sobre Kant. El puente, las preguntas, la ventana y el espejo son ficción, no citas históricas. Las comparaciones con Fichte, Weil, Thatcher y Yukawa no identifican sus teorías ni equiparan controversias políticas con genocidio.
USHMM — Adolf Eichmann · USHMM — Jewish Councils (Judenraete) · Bettina Stangneth — Eichmann Before Jerusalem (publisher overview) · Hannah Arendt — Thinking and Moral Considerations (1971, pp. 417–446) · Hannah Arendt Center — Born into a World of Plurality (1954 diary passage) · Linda Zerilli — A Democratic Theory of Judgment, preface (quoting Mary McCarthy) · Library of Congress — Arendt papers, Judging: Excerpts from Lectures on Kant’s Political Philosophy
Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。