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Non Dubito
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NON DUBITO · Lecturas de cine · 1 / 3

En cuanto firmó, dejó de llamarse Chihiro Ogino

Han Qin (秦汉) · Edición en español: 7 de octubre de 2026

En este ensayo

Reescritura independiente en español del original chino

Nota sobre la edición: El original chino ofrece lectura en caracteres simplificados y tradicionales en una misma página. En él se revisaron detalles de la película y algunas formulaciones; esta versión española parte de ese texto.

Un despacho. Una mujer enorme sentada detrás de una mesa.

Sobre la mesa hay una hoja. La niña escribe su nombre, trazo a trazo: 荻野千尋, Ogino Chihiro.

Cuando termina, la mujer baja la mirada y comenta lo ostentoso que es ese nombre.

Después alarga la mano y hace un pequeño gesto con los dedos.

Tres caracteres se desprenden del papel, vuelan hasta su palma y quedan encerrados en el puño. Cuando abre la mano, en la hoja solo queda 千.

A partir de ahora, le dice, te llamarás Sen.

Son dos minutos decisivos. Ha habido amenazas, pero el acto de firmar lo lleva a cabo la propia Chihiro. Son los dos minutos más importantes de toda la película.

Porque en este mundo la regla no admite dudas: quien olvida su nombre ya no puede volver.

I. No le cambian el nombre: se lo quitan

Muchos ven aquí algo parecido a adoptar un nombre artístico o un apodo profesional: uno entra en cierto oficio y empieza a llamarse de otra manera. Pasa a menudo.

Pero Miyazaki muestra el mecanismo con una claridad que no deja lugar a confusiones.

Yubaba no se limita a decirle que ahora se llama Sen. Arranca aquellos tres caracteres del papel y los guarda en la mano. Es un acto físico, visible, con peso. El nombre se convierte en algo que puede arrebatarse y custodiarse: se lo quitan a una persona y lo meten en el bolsillo de otra.

Haku explicará con toda claridad las consecuencias. Él mismo no ha podido irse porque olvidó su nombre. Ya ni siquiera sabe quién es. Solo sabe que es el aprendiz de Yubaba y que trabaja para ella.

Aquí, por tanto, el nombre no es una forma de llamar a alguien. Es el hilo que lo une al lugar del que viene. Si se corta, la persona se queda. Se queda para siempre, trabajando.

Yubaba dirige una casa de baños y necesita mano de obra. Su manera de quedarse con los nombres es más eficaz que cerrar puertas, poner guardias o recurrir a la fuerza: quien queda atrapado así ni siquiera piensa en huir, porque ya no sabe adónde podría escapar.

II. El contrato se firma voluntariamente

Conviene detenerse en un detalle.

Yubaba ya la ha amenazado. Pero, al llegar al contrato, es Chihiro quien escribe su nombre de su puño y letra: si quiere quedarse a trabajar, tiene que firmar.

Chihiro ha entrado por su propio pie en el despacho. Ella toma la pluma. Ella escribe, trazo a trazo, su nombre.

Todo el procedimiento es impecable.

¿Y por qué tiene que firmar? Porque sus padres se han convertido en cerdos, porque su cuerpo empieza a transparentarse y porque no tiene ninguna otra forma de permanecer allí que encontrar un trabajo.

Esa es la verdad del contrato: la firma es voluntaria en la forma, pero en la práctica no hay una segunda opción.

Yubaba llega a invocar una regla que suena bastante razonable: quien no trabaja se convierte en animal. Parece una forma de orden, incluso de justicia. Tú trabajas; yo te dejo vivir.

Lo que nunca dice es que el precio de ese trabajo será tu nombre y que, una vez perdido el nombre, el trabajo ya no tendrá final.

Un contrato redactado con claridad, firmado sin equívocos y tramitado conforme a todas las reglas termina por retener para siempre a quien lo firma.

III. Cuando le quitan el nombre, la persona empieza a colaborar

Nada más firmar, llevan a Chihiro a trabajar.

Más tarde, Haku le devuelve su ropa. En ella encuentra la tarjeta de despedida con su nombre y se da cuenta de que ya estaba empezando a olvidarlo.

No ha pasado ni un día.

Es entonces cuando Haku la advierte. Tiene que recordar su nombre, no olvidarlo ni un momento. Él ya no consigue recordar el suyo.

La conversación deja al descubierto lo más despiadado de la película: a quien le han quitado el nombre no hace falta vigilarlo. Él mismo empieza a colaborar.

Todos los empleados de los baños, las ranas, las babosas, los pequeños seres de hollín de la sala de calderas, giran alrededor de su puesto. Allí es muy fácil reducir todo lo que una persona es a lo que sabe hacer.

El empleado rana quiere oro porque lo único que permite acreditar el propio valor son los resultados. Los demás pasan de despreciar a Chihiro a agasajarla según cómo haya hecho su trabajo ese día.

La casa de baños no es una cárcel en el sentido habitual. Es un lugar donde la gente se esfuerza por voluntad propia y acaba encontrando natural la equivalencia que allí se establece.

IV. Cómo se convirtieron sus padres en cerdos

Volvamos al principio.

Una familia de tres se pierde en coche, cruza un túnel y llega a una calle desierta. En uno de los locales hay comida humeante por todas partes. No hay nadie.

El padre se sienta y empieza a comer. La madre también. Chihiro les dice que eso está mal, que los van a regañar. Su padre le responde que no pasa nada: papá está aquí, tiene tarjeta de crédito y dinero en efectivo.

Comen hasta convertirse en cerdos.

La secuencia suele leerse como una sátira de la codicia o una alusión a la burbuja económica. Ambas lecturas tienen sentido. Pero hay otra más cercana al asunto central de la película.

Fijémonos en la lógica de lo que dice el padre: si puedo pagarlo, puedo tomarlo.

No pregunta de quién es la comida, por qué está allí ni qué reglas rigen en ese lugar. Solo comprueba una cosa: tiene capacidad de pago. En su mundo, eso basta para tener derecho.

Las reglas del lugar, en cambio, parecen funcionar al revés: quien no trabaja se convierte en ganado.

Dos sistemas de reglas. Uno mide a las personas por su dinero; el otro, por lo que producen. Parecen opuestos, pero son las dos caras de lo mismo: el derecho a ser alguien depende de lo que uno pueda aportar.

Los padres de Chihiro quedan atrapados en el primero. Chihiro, en el segundo.

V. La empujaron hasta allí; no lo eligió

Quiero terminar este ensayo volviendo a la Chihiro del comienzo.

No es una niña valiente. Al principio de la película va tumbada en el asiento trasero, de mal humor, abrazada a un ramo de flores marchitas y triste por tener que cambiar de escuela. Le dan miedo la oscuridad y el colegio nuevo. Camina agarrada al brazo de su madre, que le pide que deje de pegarse tanto a ella porque no puede andar.

Cuando entran en el túnel, Chihiro no para de decir que no sigan, que vuelvan. Nadie la escucha.

La niña a la que empujan dentro de ese mundo tiene diez años, está asustada y habla sin que nadie le haga caso.

Esto importa. Lo que viene después no es la historia de alguien valiente por naturaleza que hace cosas valientes. Es la de una niña con miedo que, sin posibilidad de retroceder, se ve obligada a aprender una cosa detrás de otra.

Primero se agarra a la mano de Haku, cierra los ojos y se traga la pequeña pastilla que él le da. Después suplica a Kamaji, a través de una rendija, que la acoja en la sala de calderas. Luego entra en el despacho de Yubaba.

Cada vez tiembla. Y cada vez lo hace.

De principio a fin persigue una sola cosa: que sus padres vuelvan a ser quienes eran y regresar a casa con ellos.

No quiere hacerse fuerte, demostrar nada ni llegar a ser alguien importante en ese mundo. En un lugar donde todos calculan cuánto valen, ella es la única que no tiene intención de quedarse.

Por eso podrá salir. De eso tratará el próximo ensayo.

Este ensayo se basa en la película El viaje de Chihiro (2001), escrita y dirigida por Hayao Miyazaki y producida por Studio Ghibli.