Un trabajo puede quedarse en trabajo. Se hace con cuidado, se recibe un sueldo y se vuelve a las demás partes de la vida. No hay nada mediocre en ello: gran parte de las tareas esenciales del mundo se sostienen con esa responsabilidad sin épica.

A veces la actividad crece hasta volverse algo más. Alguien adopta el proyecto como propio, piensa más allá de su puesto y desea que continúe después de su marcha. Esa transformación puede dar sentido, pero no es algo que la empresa adquiera al contratar.

Una organización puede pedir que se tome en serio su objetivo. De ahí no se sigue que la familia, la salud o los proyectos personales deban ceder siempre. Cumplir bien una función y convertirla en misión de vida son compromisos distintos.

El lenguaje de la vocación se vuelve peligroso cuando reemplaza la negociación. Limitar las horas extra probaría falta de pasión; pedir criterios, falta de confianza; marcharse, falsedad de toda lealtad anterior. La vergüenza ocupa el lugar de una orden explícita.

Una misión auténtica puede ser exigente, pero su coste debe poder entenderse, reconsiderarse y rechazarse. La empresa puede crear un propósito digno de ser compartido. No puede ordenar el movimiento interior por el que otra persona decide hacerlo suyo.