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Non Dubito

Cuentos de hadas · 22

Pulgarcita recibe dos veces la invitación de la golondrina: ¿puede irse cuando llegue su momento?

«Pulgarcita»: haber recibido cuidados no significa entregar de antemano todas las estaciones que vendrán.

Han Qin ·

Llega la primavera. Pulgarcita abre un agujero en la tierra para que el sol entre bajo el suelo. La golondrina ya puede volar y le pregunta si quiere marcharse con ella. Basta con subir a su espalda para dejar la casa de la ratona, los corredores del topo y aquel invierno oscuro, y volver a ver árboles y flores. Pero la niña niega con la cabeza. La ratona la ha acogido: si se fuera a escondidas, le causaría tristeza.

La golondrina no la reprende. Tampoco le dice que, puesto que Pulgarcita le salvó la vida, ahora deban vivir juntas. Se despide y sale a la luz. Pulgarcita la ve alejarse entre lágrimas y se queda abajo. Es fácil que lo que ocurre después eclipse esta respuesta: sabemos que acabará viajando sobre el ave hacia un país cálido. Pero aquella primavera decidió de verdad no irse, y la golondrina respetó de verdad su decisión.

Su consideración por la ratona tiene una historia. Antes de llegar a aquella vivienda subterránea, había pasado sola el verano en el bosque: se hizo una cama de hierba, bebió rocío y comió néctar. No es una criatura que desde su nacimiento solo haya podido esperar a que alguien la transporte. Lo que cambia es el invierno: las hojas se secan y su cuerpo diminuto ya no encuentra protección suficiente fuera. Pide un poco de comida a la puerta de la ratona y obtiene un refugio caliente.

Al principio la ratona es amable. Tiene provisiones y la deja quedarse durante el invierno; solo le pide que mantenga limpia la casa y cuente historias. Es una convivencia comprensible: una ofrece techo y alimento, la otra hace lo que está a su alcance. Pulgarcita le tiene cariño y quiere ayudar. Que después la ratona imponga un matrimonio no autoriza a convertir retroactivamente todos aquellos cuidados en una trampa calculada desde el principio.

El topo empieza a visitar la casa. Sus largos túneles, su hermoso pelaje y sus abundantes reservas lo convierten, a ojos de la ratona, en un marido excelente. Para quienes viven bajo tierra, estar a salvo de la intemperie, tener comida y disponer de una vivienda firme son ventajas reales. El problema no es que nada de eso valga, sino que casi no se pregunta a la niña que ama el sol, las flores y el canto de los pájaros si quiere pasar allí toda su vida.

También bajo tierra nace la relación con la golondrina. Al abrir un pasadizo, el topo encuentra un pájaro aparentemente muerto, lo toca con una pata y se felicita por no tener que pasar hambre y frío como las aves. Pulgarcita regresa después sola, lo abriga y, al acercarse, siente un corazón que sigue latiendo. Lo cuida durante el invierno y descubre que una herida en el ala le impidió emigrar a tiempo.

Así pues, la invitación de primavera no es la primera dádiva de un ser fuerte a otro débil. La golondrina puede volar porque la ayudó una niña incapaz de sobrevivir sola a aquel invierno. Sus capacidades entran en juego en situaciones distintas: ninguna da siempre, ninguna se limita siempre a recibir. El ave ofrece llevarla, pero no convierte esa ayuda mutua en una deuda que obligue a partir juntas.

Después de su negativa, la vida no sigue igual. El topo propone matrimonio; la ratona prepara ropa y llama a las arañas para que tejan. Pasa lentamente el verano y se acerca la boda. La niña solo puede asomarse al amanecer o al anochecer para mirar el cielo allá arriba. La buena vida que la ratona recomendaba ha dejado de ser una propuesta: ya es un plan en marcha, hasta con la ropa preparada para ese futuro.

En otoño, cuando Pulgarcita dice claramente que no quiere casarse, la ratona pierde su antigua suavidad. La acusa de no saber apreciar lo que tiene, enumera las riquezas del topo y amenaza con morderla. Los favores pasados siguen siendo reales, pero ahora se invocan para algo muy distinto de limpiar y contar cuentos. El refugio de un invierno se está convirtiendo en autoridad para decidir su matrimonio.

Quedarse en primavera no fue aceptar eso. Tener en cuenta los sentimientos de quien la cuidó no equivale a aprobar todas sus peticiones futuras; quedarse una temporada tampoco entrega por adelantado las que vendrán. Si permanecer una vez significa no poder cambiar nunca, la relación conserva aquella buena voluntad, pero ya no permite que quien la tuvo siga viviendo y descubra nuevas cosas que no puede aceptar.

El día de la boda sale a despedirse del sol, abraza una pequeña flor roja y le encarga que salude a la golondrina si vuelve a pasar. Entonces oye su canto conocido. El ave se dispone a emigrar, se detiene, escucha por qué está triste y vuelve a preguntarle si quiere acompañarla. Esta vez acepta. Se sujeta junto a las plumas de su espalda y vuela más allá de los campos y de las casas subterráneas.

Las dos respuestas no se anulan. En primavera no quería entristecer a quien la había acogido; en otoño no puede aceptar que la obliguen a vivir en la oscuridad. Han cambiado las condiciones y su manera de entender la relación. No tiene que declarar falsos todos los cuidados de la ratona para poder irse; tampoco, porque fueron auténticos, tiene que seguir adelante con un matrimonio que nunca eligió de verdad.

Por eso importa la segunda invitación. La golondrina no le recuerda que ya le había dado una oportunidad ni presenta el encierro actual como un castigo merecido por no escucharla. Atiende otra vez a su respuesta presente. La ayuda no se vuelve un examen que solo se puede hacer una vez y cuyo fracaso demuestra después quién veía más lejos. Pueden encontrarse en otra estación sin que ninguna tenga que declararse culpable de la decisión anterior.

Eso no obliga a quien ayuda a esperar eternamente en el mismo lugar. La golondrina se fue en primavera y en otoño sigue su propia migración; no ha dejado su vida suspendida junto al agujero. Puede volver a ayudar porque sus caminos se cruzan de nuevo, no porque ahora le corresponda vigilar todas las elecciones de Pulgarcita. La niña conserva la posibilidad de responder otra vez; el ave, la de seguir volando.

Un vuelo anterior, menos recordado, permite ver mejor esta relación. Pulgarcita ató su cinturón a una mariposa y el otro extremo a la hoja sobre la que flotaba, para aprovechar su fuerza. Un escarabajo se llevó de pronto a la niña, pero la mariposa pudo quedar atada. Ella se preocupa; el cuento no aclara su destino. También ella, por la urgencia de avanzar, había ligado la suerte de otra vida a su propia necesidad.

Este episodio no invalida la ayuda que recibe después. Sí impide que la libertad sea solo algo que ella debe obtener. Necesitar irse no permite olvidar si quien presta su fuerza también puede hacerlo. La primera vez el cinturón ata a la mariposa a una hoja; la segunda, después de una invitación expresa, sujeta con seguridad a la niña sobre su compañera de viaje. Una misma unión puede pertenecer a relaciones muy distintas: estar bien atado no basta para estar seguro, ni moverse basta para ser libre.

En el país cálido, la golondrina no decide que su nido será la nueva casa de la niña: le ofrece escoger una flor. Allí hay personas de su tamaño y un príncipe que quiere casarse con ella. Pulgarcita lo encuentra encantador y acepta de viva voz. Los demás le regalan alas para pasar por sí misma de una flor a otra. El cuento ofrece aquí una felicidad real; no hace falta condenar por anticipado esa nueva vida como prisión para mantenerse alerta.

Las alas no importan solo porque sean bonitas. Antes otros podían llevarla del agua al árbol, del subsuelo a un país lejano. Ahora puede desplazarse por sí misma. Sigue necesitando flores, amigos y una vida compartida; no se ha convertido en alguien que no dependa de nada. Pero ya no es preciso que un ser más poderoso quiera transportarla cada vez que va de un sitio a otro. Conviene conservar este cambio concreto.

El príncipe le cambia el nombre porque no le gusta el anterior. El texto no desarrolla una negociación: queda ahí una desigualdad. Pero tampoco dice que a ella le duela. Podemos recordarla sin inventarle un agravio. Aceptar un final feliz no exige declarar perfectos todos sus detalles; reconocer lo que sigue sin explicación tampoco obliga a retirar la alegría que sí ha aparecido.

A la golondrina le cuesta despedirse. También ella quiere a la niña que la cuidó durante el frío, pero ha de aceptar que ha elegido otra vida. Canta para la boda y sigue su viaje. Si salvar una vida diera derecho a compañía perpetua, quizá no fuera la ratona quien tuviese mayor motivo para exigirla. Sin embargo, el ave no convierte el haberse salvado mutuamente en un título sobre el futuro de Pulgarcita.

En primavera ella se queda dentro y la golondrina se va. En otoño quiere salir y el ave la lleva. Entre las flores encuentra un lugar propio y la golondrina vuelve a marcharse. Lo bueno de esta relación es que no necesita reducir tres despedidas a una decisión correcta para siempre. Una ayuda puede sobrevivir a una negativa y el viaje compartido puede terminar después de haber servido. Que ambas sigan viviendo no vuelve menos verdadero lo que se dieron.

Fuentes

Ensayo independiente en español a partir del texto chino completo. La nota de versión identifica la edición y el alcance de la lectura que fundamentan ese texto; no presenta una nueva investigación de todas las fuentes originales. Los silencios del cuento se mantienen abiertos, sin atribuir pensamientos que no narra.

Nota de versión y lectura

Base textual: «Pulgarcita» (Tommelise), de Andersen, 1835, con referencia a la traducción inglesa íntegra de Jean Hersholt, Thumbelina, conservada por el Centro de Estudios de Hans Christian Andersen. El texto chino de partida conserva las invitaciones de primavera y otoño y sus respuestas distintas; el cuidado inicial y la posterior imposición matrimonial de la ratona; el rescate del ave, el verano vivido sola, la mariposa atada cuyo destino no se aclara, y el matrimonio entre las flores, las alas, el cambio de nombre y la partida de la golondrina. Las acciones animales se leen como narración de un cuento, no como conocimientos de biología.